martes, 23 de noviembre de 2010

CARTA A LOS REYES MAGOS

Para los dioses
una recesión eterna,
para la tierra
un Delorian sin marcha atrás,
para Occidente
un terrorismo de conciencia,
para Oriente
una plaga de dudas.

Para la banca
la abolición de los números,
para el Estado
el derecho de inmolación,
para las banderas
una capa de gris inflamable,
para los políticos
éxamen de vocación.

Para las guerras
sexo consentido,
para las empresas
relatividad,
para la competitividad
olvido,
para los libros
educación emocional.

Para el futuro
un shock de utopía,
para las princesas
invisibilidad,
para los reyes
repúblicas mixtas,
para las dictaduras
soledad.

Transtorno bipolar para los dogmas,
para las verdades
media razón,
para las locuras
algún mecenas cuerdo,
para la cordura...
un mordisquito de obsesión.

Para los caminos
mil y una direcciones,
para los sueños
un polvo con la realidad,
una cerveza por las decepciones,
un vino
por volverlo a intentar.

Para las respuestas
un espejo de preguntas,
para los códigos
la libertad del mar,
para las terapias
un pulso de poesia,
para los niños
asilo
en Nunca Jamás.

Para las mentiras
un castigo de cumplimiento,
para las confesiones
un té de luna y hachís,
para los susurros
el calor del silencio,
para los atrevidos
luz
y porvenir.

Para las sonrisas
trabajo de doble turno,
para las lágrimas
baja laboral,
para las crisis
paciencia y futuro,
para la inocencia
ganas de jugar.

Para ser malos
noches oscuras,
para el frío
tranquilidad,
para las miradas
furtivos encuentros,
para el vértigo
ansias de volar.

Para las redadas
fugas imposibles,
para los miedos
algo que agarrar,
para las bajadas
locales grises,
para las subidas
límite de velocidad.

Para respirar...
ritmos más lentos.

Para vivir...
vida nada más.

lunes, 30 de agosto de 2010

La rutina

- “Llegó en una hora, cariño… Nada, lo de siempre, se ha retrasado el cierre…Que va, que va, una tontería… Moratinos que se ha caído de la escalerilla del avión en Cuba… y Arévalo este, que se cree que está en Antena 3, se ha empeñao en darle dos columnas…”

Javier silenció su móvil y abandonó la doble fila. Como cada martes giró a izquierdas en lugar de a derechas, provocando la doble turbación en el microcosmos de su Audi A-8: los alaridos de error en el GPS, la extraña sensación de ahogo que produce el roce del pene con el pantalón vaquero. Javier, como cada martes desde hacía más de diez años, no puso remedio ni a la una, ni a la otra: le gustaba que hubiera una voz censora que a cada instante le recordaba que debía dar la vuelta, y le gustaba sufrir un poco por no hacerlo. Ya saben las del morbo son aguas caprichosas, complementarias a la calma moral.

Como siempre, Javier aparcó en el vado del taller colindante al número siete de la calle Chinchilla. Tras apagar el motor llevó su mano hacia el doble fondo del techo del coche, extrayendo un pequeño juego de llaves, como prefacio a la entrada en la finca. Llegó al quinto piso jadeando, con el estómago volátil y el corazón en llamas; y es que hay cosas que nunca cambian por mucho que te enfrentes a ellas una y otra vez.

Cerró la puerta tras de sí y cogió aire. Por alguna razón, el dióxido de carbono de aquel apartado lugar de 50 metros cuadrados era el único que no se le enquistaba al pecho, que fluía por su cuerpo como una madre lo hace por su casa. Cruzó el escueto pasillo y allí estaba ella, de espaldas, sentada sobre la cama, observando tranquila un mundo que no les pertenecía.

No hubo palabras, entre otras cosas porque nunca las había habido. Javier se sentó junto a ella y comenzó a besarla suavemente sobre el cuello: primero despacito, sin llegar a tocar, rozando; luego en sostenido, absorbiendo, marcando los labios; finalmente liberando saliva y lengua al paso de la boca por el lóbulo derecho. Ella resistía digna los primeros envites: así había sido siempre y así debía ser; y siguiendo el melódico paso del canon establecido, su mano izquierda fue desertando de la conciencia colectiva, llamando a revolución a órganos, músculos y sentidos, liberando a Javier del dolor, de la cárcel de vivir en un pantalón vaquero.

Tras el rescate, comenzó el masaje; la recompensa. Primero ondulante, al tacto de la palma de la mano, con la mirada esquiva en la ventana, al paisaje del más allá. Como cada martes, el encendido de las farolas marcó el final del prólogo, y su cabeza dejó por fin las ataduras del exterior para concentrarse en Javier, en sus bajos fondos. Matando cerebro y excusas, soplando vida a las perversiones: Ya estaba allí la noche con su velo santo de lícita locura.

En ese punto Javier cerraba los ojos y gemía al cielo, alargando su tronco en una autopista de de músculos y huesos; ella, cauta, recorría la senda meticulosamente, con sus debidas paradas y respetos: al ombligo, al pezón, al Everest del cuello. Y para celebrar la barbilla un mordisco: el primer encuentro, el cara a cara de comerse sin perder la noción de los tiempos. Partiendo del roce, del suave matiz de empezar a ser uno. De acomodarse los cuerpos: de tocar, sentir y compartir al milímetro. Calentándose, aumentando el ritmo, eliminando lastre, lanzando con violencia sus cuerpos sobre la cama. Como parte final del rito se miraban un instante, en silencio, con las pulsaciones en ataque de histeria y el corazón medio temblando. No se mediaba palabra porque no hacía falta: hay infinitas formas de decir te quiero.

Y por fin la anarquía, el animal que late dentro. La ansiedad por partir, él eterno deslizar de las bragas. El fulgor del arranque, el chasquido de la primera penetración. El ardor de seguirnos viviendo, de tocar las teclas adecuadas, de hacer del punto débil una compensación. De cagar el reloj y tirarlo en una esquina. De no parar, de innovar, de ser la resaca del mar, la más puta de cada esquina. De soñar en vuelo acrobático sin motor, en perfecta sincronía, tan alto y sucio que si existiera un dios… caería cegado de rodillas. Luego, esclavos de vivir en tiempo, la eclosión, el final, el toque maestro. El orgasmo de ahogarse en un mundo negro y creerlo todo blanco: si sientes sin pensar, es que estás amando.

Y de repente… ¡¡Zas!! La puta realidad. Ostia y vuelta a la rutina, al hacer de siempre, de todos los días. Javier se dejaba caer y se tumbaba absorto boca arriba, sobre el lado derecho de la cama. Ahora el cielo se revelaba desgastado, con una quemazón inquietante junto a la bombilla. Vuelta a los cálculos, a los movimientos. Javier alargaría su mano y extraería de la mesilla un cenicero con un mechero y paquete de mini-puritos en su interior. Se fumaría uno tranquilo, pues cuando lo acabase y tornara su cuerpo, ella ya no estaría ahí.

Pero el azar cuenta y a veces hay un detalle que desvela, que cambia la rutina. Antes de atravesar la puerta, ella se tornó y buscó voz, la encontró a medias:

-Javi… hay que ingresar mañana el dinero para la operación de mamá… al final son tres mil por cabeza y no dos mil…

Javier asintió sin mirar, prendiéndose el puro.

-A primera hora lo tienes… Ojalá el dinero fuera el único problema…

Y es que para colmo, a Moratinos, le pillaron esa noche de travestismo y magna borrachera por la feria de su pueblo.

lunes, 5 de julio de 2010

Una historia y un cuento

* A mi tía Nina *

La historia arrancó ya hace tiempo, y tiene como protagonista a una princesa. Una infanta que nació sin reino, en una larga cuesta de castillos de pizarra. Fue la última de un linaje crecido y acunado entre montañas… fue la quinta punta, la que se fue, la que faltaba, la que cierra la figura y forma la estrella, la sonrisa inesperada: No hay nada como un torbellino para darle vidilla a una casa.

La princesa creció acompasada al vals del ganado y sus cencerros, al sabor de la leche mazada, a las generaciones que comparten colegio, a las correrías de monte a través, de las muñecas desgastadas, a los tablaos de la mesa de comer, dos durillos y a levantarse la falda… Aprender a valorar, a no querer de más, a no echar nunca nada en falta; al calor de la leña y al café de puchero, suspiros de filluelas y empanada.

Pero el reino, que pertenecía a otros tiempos, se apagaba… Y los reyes cogieron a la princesa, carretera y manta; adiós al silencio, a la bondad, a las estrellas… el precio del progreso es claudicar, es alienarse a la colmena. Y allí, a pequeños saltos, a base de robar cosquillas y croquetas fue la larva mariposa, mujer la niña princesa... cambiando campos por mercados, cabritos por peces espada; perdiendo mofletes, ganando figura, educando la mirada.

Y lo que tiene ser la pequeña es que puedes jugar a revolucionaria… hacer lo que otros no pudieron, reinventar el pentagrama. Que nos gusta la luna… pues le damos cuerda… y ¡¡a bailarla!!; que no nos vale el nombre, le achicamos letras hasta que nos suene a hada… que vivir es irse reinventando a uno mismo, que hoy es día domingo, y juega la Tentación blanca.

Y todos se metían con ella… pero a la princesa no le importaba. La lluvia de buen gusto, ni moja ni araña, lo que viene y va en la piel, en el corazón escampa. Y decían… “qué se nos hace mayor, que no se nos casa”… y no faltaban candidatos, faltaba que dieran la talla… que llenarán el alma a la princesa, que la embrujaran, siendo el mundo tan pequeño… ¿Por qué nos echamos en falta?

Y la princesa ahí seguía, en su Universidad, batiendo sus alas blancas… viendo pasar otoños e ingenieros, inspirando detrás de la barra… y allí, echándole miraditas de soslayo, un principito estudiaba y estudiaba… y soñaba, entre noches de café, desvelo, números y fórmulas abstractas, con ponerle un reino a la princesa, y ser digno de robarle un beso, y ser el contrapeso eterno que diera equilibrio a su cama.

Él la perseguía y la princesa se escapaba… ya no era la niña que andaba y caía, tenía ya las rodillas magulladas, cada primavera soñar se vuelve más caro, será que florecen las canas. Será que la madurez conlleva desconsuelo, que la chispa se aletarga, que cuesta más creer, que hay un miedo que nos ata, que no nos deja ver aunque se deslice la miel… muy cerquita de la cara.

El príncipe insistía e insistía y la princesa… la princesa se dejaba ¿Un cine? ¿Un vermut? ¿Una sonrisilla con tapa? Rato a rato el mismo aliño, azúcar para dos, a compartir una de magia. Si por algo destacan las certezas es porque nadie las para: El paraíso lo eres tú, no lo es Madrid, nunca lo fue Guadalajara… contigo no lo digo por decir, contigo no sé qué me pasa. Y poco a poco ganando terreno, rebajando las distancias, sin quemar, a fuego lento… me gusta tanto cuando duermes porque luego puedo verte despertar.

No sé si eres tú o si soy yo, que cuanto más lejos me voy es cuando más te echo de menos, es aterrizar y es encontrar el cielo… de repente ya no tengo miedo, será porque estás ahí. Y no parar de reír y de brillar con la mirada, ¿Qué hay un precipicio? Salto si tú saltas… Que no hay pasta para un castillo pero sí la hay para una buhardilla estrellada… la Tierra puede seguir dando sus giros que aquí… no va a pasarnos nada. Y así perdiendo el yo y el tú, ganando en el nosotros… uno más uno no son dos ¡¡uno más uno es uno solo!! Cosidos al corazón, recíprocamente devotos. El principito hinchado de valor, rodilla en tierra y alma en vuelo, le tendió su anillo a la princesa… y a ella derretida y tierna, se le cayó un “Sí, quiero”.

Y es aquí donde acaba la historia porque hoy… hoy empieza el cuento. Y ese os toca escribirlo a vosotros, en el bis a bis de irse haciendo viejo. La canción de seguiros conociendo, de rebelaros a la apatía, de llegar mucho más lejos… un cuento que nunca se acaba, que vive de coleccionar momentos. Mirándoos a los ojos, de igual a igual, el uno para el otro. Saber que hay mucho más… pero que sólo sois vosotros: Dos cositas dándole sentido a este mundo de locos.

martes, 25 de mayo de 2010

Se busca...

Se busca claridad y certeza
para patrón donde ordenar los sueños.
Se busca tesón,
capacidad,
clarividencia
y un argot para enebrar un verso.

Se busca alternativa a un mundo
que vive con criterios de empresa,
Se busca banda sonora
original
sin esos mismos acordes de mierda...
se busca gurú
de emoción conceptual,
y alicates que deshagan las cadenas.

Se busca maestro evocador
de talentos destilados en las venas,
se buscan llaves impotentes,
echadas a la huelga,
se busca apuesto y valiente mechero
con aversión a las banderas.

Se busca alguna intersección
donde no me pierda...
donde quepamos todos,
donde lo mismo dé la ida
que la vuelta,
se busca retrospección cultural
para reconvertir en fastos las miserias,
se buscan adicciones al verbo amar,
y aficionados a la comedia.

Se busca primera persona del plural
con dones para aligerar el alma,
con paciencia para relativizar...
para tirar
de un corazón a rastras;
Se busca segunda oportunidad...
por si sale error
y damos la talla,
y en esta dulce confusión...
¡¡Zas!!
Las coordenadas...
sin voluntad ni ganas de huir:
Acoplado al parnaso
del lado izquierdo de tu cama.

Se busca un yo
con tintes de canalla
con capacidades de aguacero
con el ala ancha.
Se busca fe
absurda y ciega
que salte al vacío de espaldas,
que sepa creer
sin promesas previas..
que reduzca,
magulle
y tumbe
a esa maldita niebla,
que disfrazada en mueca de silencio
grita varios metros bajo tierra.

Se busca argumento
con un narrador
que no vaya a tientas,
que nos diga que todo vale,
que nada pesa,
que todo gira
y pasa,
que nada cesa...

Se busca una dulce mentira
que diga que vivir
vale la pena.

miércoles, 21 de abril de 2010

El eje (IV)

IV

Ernesto ya se despertó de pie. Estaba vestido y la herida parecía no sangrar. Al levantar la camiseta observó que su apéndice estaba cutremente grapado con cinco hebillas recubiertas de polvo. La visión era del todo insana, pero al menos la grieta había cesado de manar. Y, al menos, no estaba solo. Había muchos seres por allí. Tanto humanos como animales: gordos, melenudos, tullidos, tarados, llorones, una centena de ojos asustados, un montón de miradas perdidas y soslayadas entre sí. Había patos, perros, gorilas, incluso un delfín con un áurea acuífera (una especie de pecera móvil), que intentaba sin fortuna salir al exterior. Parecía aquello un congreso de lo absurdo, un reloj de Dalí sobre la cara de El Greco.

A la derecha de Ernesto dos hombres se peleaban por lo que parecía una plátano de color gris piedra. El de la derecha, grande y con una cicatriz grapada sobre la nuez del cuello, golpeó con una tosquedad maestra la cara del rival, para después enterrar su cara de un pisotón en la nuca. El otro, rubio, casi albino de piel, se agitó rodando un par de metros. Quedó boca arriba, enseñando una enorme herida grapada en el pecho que se fue abriendo con lentitud. El líquido amarillo brotó con el coraje de un volcán que lleva esperando siglos su oportunidad. Avanzó con firmeza y en su espesura recubrió el cuerpo hasta hacerlo desaparecer. La reacción del homicida fue curiosa: Primero se agitó en victoria, bulló de la forma más natural que puede bullir un ser vivo, se amó. Luego miró receloso una sombra amarillenta del suelo. Miró la huella que había dejado su viejo enemigo y sintió miedo. Miedo de él mismo y de los demás, y empezó a dar vueltas y a mirar en todas direcciones, buscando signos de hostilidad. De vez en cuando los sentía, reculaba un poco, y luego otro poco, y luego un poco más, hasta tener al fin la seguridad de una pared a sus espaldas. Luego le debió de venir la inseguridad de mirar al frente, porque movió durante horas dos pequeños bloques de piedra, hasta forma el hogar más sólido de todos los que estaban conviviendo allí. Luego, salió fuera, satisfecho, con su plátano en la mano, a sabiendas de que había llegado más lejos que cualquiera en su pequeño universo. Por último, se tragó su plátano. De un bocado, sin deleitarse. El plátano entro fugaz y salió con lentitud por la cicatriz que aquel viejo hombre tenía en la nuez, derramando el ya maldito líquido color amarillo intenso. El hombre, aún así, yació sonriente, con el deber cumplido. Y murió solo porque, como durante todo su periplo, nada ni nadie le estaba observando. A nadie le importaba: murió sólo como mató sólo, como temió, como huyó, como se aseguró. Solo.

O al menos, así lo veía Ernesto. Un Ernesto al que todo le da empezaba a dar igual. Estaba cansado, hastiado, alienado al desconcierto. Y se empezaba a ver irremediablemente como uno más. Una jodida mota más dentro de un vómito superior, una horrible nota dentro de un concierto disonante y absorto. Uno más dentro de aquel absurdo, de aquella cuerda locura.

De repente, un enorme ruido lo inundó todo y un extraño animal apareció serpenteando la montaña. Era un elefante gigante que se levantaba unos cincuenta metros del suelo, a través de unas finísimas patas que se recortaban en el cielo de manera irreverente. El elefante llevaba una gran vagoneta de metro, de más de cinco plantas habitables, sobre su lomo. Se paró en la ladera y de él cayeron muchísimas sogas de esparto, barnizadas con color caqui, teñidas en la nuez del espanto. Escalar se presentaba como la única forma de acceder a él, porque hasta allí seguían blandiendo las los hados de la lógica. Las criaturas se amontonaron en filas y empezaron a subir. Ernesto estuvo hábil y logró acceder a la cuerda de los primeros. Empezó a ascender de manera liviana, fácil: incluso su predecesor, un gigantón peludo vestido únicamente por un insultante tanga fosforito, le parecía una rémora para su ascenso. Luego el ritmo fue decayendo, deshaciéndose como un náufrago barco de papel que esclavizado al océano, va dejándose un poco de tinta a cada envite de las olas. Sus músculos ganaron en tensión y fueron perdiendo toda capacidad de movimiento. Fueron reduciéndose, gimiendo en silencio, preparando una subversión contra la voluntad que explotó, digamos, en el ecuador del camino. Ernesto se paró y oteó, y vio como en la tierra los animales, enloquecidos por la injusticia biológica que es impedía optar al extraño tren, arremetían contra todo: contra aquellos humanos que habían decidido quedarse, contra aquellos animales que como ellos habían llegado al fin del camino, contra las finas patas del carruaje, que los seccionaban con la eficacia de un yakuza japonés. Todo ello edulcorado por una lluvia de cuerpos derrotados que se caían dibujando manchas de un horrible color amarillo intenso. Ernesto resopló, dio dos nuevas brazadas. Se ahogó en un grito cuando el tanga de su predecesor le rozó en su caída, siguió subiendo. No pensaba demasiado, hacía tiempo que no podía. Sólo ascendía, sólo respiraba para subir: se había convertido en el peón de una cadena de montaje inspirada en la rutina, como un medio de un fin que desconocía. Hubo un momento en que ni sintió dolor, hubo demasiados minutos en los que se apagó la luz y el equilibrio: pero llegó. Y se sentó en la segunda planta, agradeciendo más el silencio del lugar que el fin del esfuerzo.

Y allí esperó entre la frontera de la vigilia y el sueño hasta que el convoy decidió moverse. Cuando giró la cabeza, vio sentado dos filas hacia la izquierda a Tomás, su viejo compañero de habitación. Sonrío y fue en busca de su abrigo. Cuando tocó el hombro del viejo republicano, vio que le reconocía por el brillo de sus ojos. Intentó hablarle:

-Aufá, Aufá aná samos…
-Gojen…fendo

Ernesto descubrió que había perdido el don de la palabra. O al menos en su faceta inteligible. Era una sensación extraña que ya había experimentado alguna vez, aunque siempre debidamente drogado. Él estructuraba unos pensamientos en su mente más o menos cuerdos. Y estos, en su filtro con la realidad perdían el hilo de la coherencia, y eran escupidos como pictogramas fonéticos indescifrables. Era una sensación de impotencia gris y Ernesto empezó a jurarse así mismo que no volvería a beber, ni a fumar, ni a esnifarse todo haz de luz que se cruzase frente a sus ojos. Lo veía claro: la redención había caminado junto a él mucho tiempo y nunca se había atrevido a darle la mano. Ahora que ya era más parte de un todo que un todo aparte se sentía profundamente desgraciado, fugaz y anacrónico, un reo sin derecho a una mísera condena. Y se dio la vuelta y dejó a Tomás clavado en su asiento, ahogado en su propia miseria.

En los tres metros que había de distancia hasta su asiento a Ernesto se le fueron cayendo los sentidos como si su alma fuera un bolsillo manirroto: primero descubrió que el sepulcral silencio podía no ser tal si tenía en cuenta que todo lo que rodeaba aquel vagón irredento explotaba en un festival pirotécnico: nubes, soles, alguna luna despistada; todos se inmolaban al paso del convoy por ellos. Y destellaban en colores desubicados, en rojos evocadores, en negro vida, en verde casamiento: en colores que se revelaban ajenos a Ernesto y su mundo. Seguramente sería que los caminos de Ernesto y el mundo se había separado hacía ya algún tiempo, y aferrarse a ellos era sólo un síntoma de temor más.

Luego se cayeron el olfato, el gusto, su poco tacto. Se sentó unisensorialmente y buscó la tierra firme con lo único que tenía: sus ojos. Y vio como un raíl recorría en paralelo a las díscolas patas del elefante. Sobre él un Talgo avanzaba firme y sereno. En perpendicular un Ford Fiesta blanco intentaba suicidamente cruzar al otro lado ante la obviedad de lo imposible. El tren arrasó al coche, revolcándolo, aplastándolo, cegando los ojos del pobre Ernesto. Tras el blanco inicial, todo lo esculpió el negro.

V

La oscuridad es uno de esos lugares donde florece la imaginación. Y ahora, Ernesto era todo oscuridad. Ya no era una era una persona, se había convertido en un sentimiento. Era un quejío abstracto, un vuelo: Ernesto no flotaba, se había convertido en la partícula cinética que convierte al reposo en viento.

Al principio su nueva forma era la del miedo. Sentía como si una prensadora abrazara su alma y la plegase sobre sí misma. Más que dolor, aquello le proporcionaba un cosquilleo hueco, una amenaza, una inseguridad, un temor a no saber dar los pasos adecuados. Ernesto no se sentía como un náufrago, como una patera abandonada en mitad de la nada. Se sentía condenado a vivir en la deriva de unos mares caprichosos, de unas aguas equivocadas e irrecuperables: de unas aguas que sólo te arrastran hacia un trozo de desierto o hacia una frontera de rocas malcriadas.

Unas aguas frías, hondas, racionalmente deshumanizadas.

Y aún así, no se sentía solo. No recordaba la existencia de nadie más. Era él, experimentando sobre algo en cierto modo extraordinario. Sobre algo que no entendía y que le hacía sentirse muy pequeño. Sobre algo extraño. Incluso llegó a pensar que era un error, una chispa equivocada, el roce adecuado entre dos cositas que no son nada y que explotan para serlo todo. Y tuvo su primera revelación: era algo no deseado, un aborto fallido. Un dislate maravilloso. Y se sintió protegido, abrigado por mantos que ni se ven, ni se oyen, pero que saben como mentirle al frío y mandarlo a las sombras baldías y doblemente polares. Él era lo extraordinario. Aquel mapa onírico de emociones le pertenecía en cierta manera, era su regalo de cumpleaños. Y ya no le llevaban las mareas, él era la marea, y navegaba rompiendo la corriente, dando cabezazos ruta natural de las aguas, se sentía omnipotente, era todas las cosas, y todas las trastocaba un poco a su manera. Era dictador y estrella, era un trazo roto y el roce del tiempo.

Y cuando avistó tierra, un bofetón le hizo virar a la izquierda, acabando con él y su esencia metidos en una cueva de luz blanca. Tanto tiempo acostumbrado al negro provocó un temblor en Ernesto, que volvió a su estado natural pequeño.

La paz no tardó en volver: era la luz blanca. Ahora era destello. Ahora era llanto. Ahora era un dedo en su boca, era sosiego. Ahora era abrazo, era un caballito metálico esclavizado a la rueda del parque, era un Mikasa con tendencia a juntarse con las mallas, era un acorde de un Dylan protestón. Ahora era un temblor, era un beso, era una vuelta a casa a las horas de la amnesia. Era ron, tequila y kalimotxo. El amanecer que no asoma solo. Ahora era un aplauso, un chiste, ahora era una mesa de borrachos riéndose del vino, era una cama acompañada, ahora un perdón.

Era aquel sueño cuyo techo eran las estrellas. Era llave que eriza al bello, era un compromiso de beso eterno, era ir de excursión al fútbol con papá.

Era la primera calada y la última, era un minarete acusador, era un ascenso y caída hacia su cuerpo, era el relato perfecto, era el corazón del un Tour de chapas mal pintadas, era un analgésico etéreo y relativo a los parámetros de la salud.

Estaba y era en muchos sitos, todos los papeles en uno: era fotograma, actor, director, era el del dinero, era guionista, montador y técnico, era el que pone todo, el artista. Una puesta de sol en Santa Sofía. Era un sándwich de jamón a taquitos. Era el último queso del trivial. Era un triple maravilloso. Era un Dic con Coca-cola bebido a tres manos. Era un temblor extraño en el estómago. Era un correr victorioso delante de una manada de policías. Era tranquilidad, y también mucha risa, era un saco dormilón en popa, era la secuencia de la derrota perfecta. Era pan con nocilla. Era un petardo sonriente ante el temor a la clerecía. Era un futbolín, era una timba eterna, era una siesta a la orilla de la Torre Eiffel, era un manifiesto de juventud comunista.

Era la sonrisa de tener un puñado de versos por diario.

Era ausencia, una página en blanco.

Era un recurso literario, una conversación existencial de litrona y pantalón vaquero, el humo del tren, era un cinco en Teoría y práctica de la comunicación real. Era el que paraba el reloj de la aguja del recreo, una broma en la cara del miedo, era los dos euros del reintegro, era olor a tarta de hachís. Era una llamada perdida a las tres de la mañana, la voz que nunca temblaba, una riada de mochilas de excursión anarquista por Berlín; era ese tranvía que perdimos a tiempo, era olor a lluvia, era un tatuaje al fuego del carmín, era el sabor del beso perfecto, era vivir la vida viviendo sereno.

Era el grito y el orgasmo, era los primeros celos.

Era una hoguera de cuatro escobas y un madero, era el fluir juguetón de volver a tener aquellos nervios, era una mentira pueril rendida al arrepentimiento, era “Como decíamos ayer…”, el deseo. Era un silencio tan sutil y tan lleno…que se prometió no volver a escuchar.

Hasta que fue uno y todos los verbos, y se volvió torrente de melodía, y luego el murmullo del desierto, y luego un oído universal, y luego un camino alternativo a los viejos senderos. Y fue la oportunidad y la cogió corriendo. Y volvió a ser el Leni trasnochado del pueblo.

El alcohol que quema al grano.
La raya dibujada a dos manos.
El discurso certero.
La espesura redundante que delata al universo.
Y siguió sintiendo.
Y llego a ser la habitación número 301.
Y lo sintió todo una vez más.

Y vio allí el rostro de lo que se hace viejo, con los brazos cruzados, sentado sobre el desconsuelo. En él sintió un camarada, una versión del mismo alma a través de otro espejo, sintió los faroles apagados en la vuelta a la casa, las cicatrices de un camino curtido a hostias, las resacas de unos benditos recuerdos condenados a olvidar.

Y sintió el roce de un calor medio nublado, que de alguna extraña manera, jamás le iba a abandonar.

Y luego vio un rostro roto y arrugado, un cuerpecillo casi caducado que poseía un cuadro de cíclica bondad entre los dedos y el libro de la sencillez cosido a las manos. En ella sintió el dolor eterno de perder una parte de tus huesos: era la caricia más divina que puede tolerar el cielo, la muralla que te permite echar por las noches un par de sueños, sobre la cocina más alta, el amor perfecto.

Y vio más rostros. Y, ya medio apagado, se alejó de todos ellos. Ernesto fue clavándose sobre el gólgota de unos ojos azabache magnético. Unas pupilas sublimes, grandes, perdidas sobre lo eterno. Una luz evocadora, familiar hasta para un hombre sin recuerdos. Fue deslizándose despacio. Se volvió un cosquilleo, y ya sin un gramo de miedo, sintió ser un latido a doble bombo con el don de mover el mundo.

Y comprendió el valor real de vivir un segundo.
Y lo degusto despacio.
Como ese único beso.
Y cuando por fin fue ella, se dejó llevar.
Cosido, de soslayo, como siempre a la expectativa: dulce y amargo.
Tenía cirrosis, cincuenta y dos años de depresiones crónicas, y treinta y cinco putos euros en el banco.

miércoles, 24 de marzo de 2010

El eje (III)

De repente, el cansancio desapareció. La salida al exterior daba a una carretera de montaña angosta y no muy bien asfaltada, con el cutre gusto propio de las redes secundarias. Aún así, Ernesto por fin empezó a sentirse bien: el aire acogedor no entiende de estéticas y sí de sensaciones. Decidió caminar siguiendo la dirección de una brisa simbólica, por el mero placer de dejarse llevar. El lomo del monte se erguía redondeado y apuesto, dejando entrever unas rutas que esquivaban a las escobas y al cantueso, reinas florales del contexto por motivos propios.

A Ernesto se le cambió la cara tras sortear el primer valle. Una fila de casas antiguas, con tejados de pizarra y hombros de adobe, se descolgaban de manera juguetona por la ladera. En primera línea, una pequeña ermita daba la bienvenida al pueblo. El típico cartel con el nombre de lugar se encontraba desenfocado, movido al estilo de una fotografía sobreexpuesta de luz, y dejaba transcribir, mediante formas que se asemejaban al humo espeso, la forma de las nueve y cincuenta y nueve. Ni había nombre, ni hacía falta: aquel lugar era el pueblo de su padre. A Ernesto se le empezaron a amontonar imágenes por la cabeza, imágenes de verano, de baño, de todos los sueños, de todo el tiempo,...de lo malos que éramos con la noche, y de lo buenos que éramos con el mundo despierto... Imágenes que olían a pan con miel, a empanada, a hogaza de leña y a café de puchero... y de repente se paró en su padre. Hacía tiempo que Ernesto no pensaba en él, lo que era bastante extraño. Desde que murió, hacía ya unos tres años, no había día en el que Ernesto no recabara en su padre. Realmente empezó a admirarlo públicamente, sin rubor, desde su muerte.

Rubén, como se llamaba, fue un caso raro en la aldea, extraordinario, ya que, en tiempos donde solo existía el campo, consiguió una beca continuar sus estudios. Favores de otras épocas, donde esfuerzo y talento necesitaban de padrino para poder desplegar las alas. Obviamente no desaprovechó la gracia, salió licenciado y, para bochorno de su mecenas, terminó trabajando de abogado laboralista. De esos de chaqueta de pana y retrovisores a sus espaldas, por temor y precaución ante los amigos de infamia, sobrinos de Cristo-rey. Rubén, como tantos, tuvo su época de héroe, de carreras ante los corceles grises, de caídas y detenciones, del horror de días enteros en la Dirección General de Seguridad. A pesar que mucho de aquello sonara a historieta trasnochada, era éste el lado preferido que Ernesto tenía de su padre. Curiosamente solo llegó a conocer el otro, el de centrista en lo político y liberal en lo económico, amén de déspota ocasional en lo concerniente a su casa. Eso les separo un poco en vida, como un velo apoltronado que no les permitía tocarse del todo. Con su separación, el velo se había roto.

Luego recayó en la herida, que seguía fluyendo, de una manera casi imperceptible, con su tenue color amarillo muerte. Se internó en la villa, que representaba un aspecto desértico en lo relativo a la fauna y de una normalidad absoluta en lo relativo a todo lo demás. Las casas, superpuestas las unas sobre las otras, iban flanqueando una cuesta muy pronunciada, que a su vez se iba rozando con el lomo de la sierra. Ernesto veía todo aquello como lejano y familiar: los chopos, el olor a ganado, las fuentes defendidas a hierro y espada por escuadrones de abejas. La vista podría abrirse hasta el infinito sin encontrar apenas errores propiciados por la mano del hombre. Era todo un ruido silencioso de vida, un murmullo tenue que abrigaba sin llegar a molestar.

Ernesto daba por sentado que allí no encontraría a nadie, pero una vez más se equivocó: nunca había sido hombre de buenas intuiciones pero en su nuevo estado de conciencia ya las había perdido por completo. Ya alcazaba la casa de sus abuelos, cuando observó una figura. Estaba a unos veinte metros, junto al célebre manantial de Tío Castrado, juntando sus labios con los de la fuente. Ernesto se acercó despacio y la figura se tornó, resultando ser mujer, cicatriz en alma y reminiscencias de depresión perenne…

- ¿Carmen?
- ¿¡Leni!?…

Leni era uno de las muchas sinécdoques a las que Ernesto había hecho frente a lo largo de su vida. En su juventud, vivió el orgullo de clase como si fuera suyo, llegando a ocupar puestos significativos dentro de las Juventudes Comunistas de Madrid, viviendo con todo pero imaginando que no tenía nada. Sus conversaciones, verdaderos alegatos revolucionarios (ya hablara de la subida del IPC, las fiestas patronales o la canción del verano), le bautizaron como Lenin. Los Simpsons y algún canuto hicieron que todo eso degenerara en Leni. El pobre Leni

- Estás vivo… y aquí…

Lo que siguió fue un abrazo que duro milenios pero que podía haber durado toda la eternidad. Ernesto y Carmen permanecieron pegados con tanta fuerza que debieron plegar el tiempo sobre sus mentes, porque por sus cabezas volvía a ser verano. Estaban los dos, y había una hoguera, y estaba Yago sobre el carro intentando que funcionara el casete de aquella vieja radio. Y Melissa, y Jaime, y Víctor… todos cantaban como si invocaran a un Baco tan borracho como ellos, como si de verdad nunca existiese mañana y todo durara un momento. Había chistes y cómodos silencios, y batucadas de cajón flamenco, y alguna pelea, y algún que otro beso, y Ernesto y Carmen, siempre en primer plano, siempre de contexto, mirándose de soslayo a los ojos, valiéndose del tiempo…

- Niña… que bien que estés por aquí…
- No sé… subí a por agua para comer… o eso creo… la verdad que no vi a nadie para la mesa… me da igual. Me siento libre ¿sabes? Como si no pesara nada…

La risa de la niña provocó también cierta levedad en Ernesto. Para él, realmente sólo había existido ella. Nunca habían estado juntos, pero siempre habían estado cerca. Carmen había sido musa en tiempos de poeta, sueño en tiempos de añoranza y decepción en tiempos de duda. Había algo de ella que estremecía a Ernesto, que lo descolocaba oblicuamente, que lo llenaba de un desierto de resaca de varios días. La adoraba tanto que nunca había podido gozarla, por el vértigo propio de la perspectiva. Sólo era libre en su cabeza. Y allí, perdido, había vivido mucho más que la mayoría, porque allí sólo jugaba lo perverso. Y lo más curioso, aquellos sueños también tenían reverso, pues Carmen tenía idéntica devoción por él. Y sobre todo por sus ojos. Cuando sendos pares se cruzaban, ambos sentían que sobraba todo, a la par que veían en la mirada del otro el alumbre de dos focos contra la ceguera del mundo. En esos momentos, ninguno se atrevió a arriesgar por un premio mayor, por cobardía o por celo, o simplemente porque las cábalas del universo nunca les concedieron pleitesía, ya saben, envidia y duelo. Bueno, una vez, hubo una bajada de guardia con gesto:

Ernesto ya no recordaba el motivo exacto, pero fue un día que se reunieron unos cuantos amigos del pueblo en Madrid. La noche salió como una de tantas; con mucha borrachera, mucho cántico, mucha batalla ganada y algún subtexto con mensaje. A la despedida, en el cara a cara de los besos, sus labios se buscaron tímidamente, llegando a palparse con suavidad ante sorpresa de uno, mini ataque de histeria de la otra y total desconocimiento e indiferencia del resto del grupo. Luego, se fueron alejando. Con las circunstancias, con la pereza, por el peaje temporal que es la vida misma… Carmen se casó, se divorció, tuvo dos abortos, un hijo y una crisis neurótico-paranoide. Llegó tan cansada a su segundo matrimonio, que no le quedó más remedio que ser feliz. Ernesto estuvo a punto de enlazarse dos veces: en una decidió irse al bar y en la otra decidió irse a casa cuando pasaban ya cinco horas de la convenida con el funcionario. Ese día descubrió la justicia poética y decidió quedarse solo. Trabajó como periodista hasta que ningún grupo de comunicación quería contratarle, naufragó como novelista tras un primer buen libro y acabó de traduciendo una especie de novelas rosa que la Junta de Castilla y León repartía por todas las residencias de su Comunidad. Eso, el güisqui, la cocaína, las prostitutas de origen eslavo y sus enfermedades crónicas de pulmón, rodilla y estómago, pueden definir la vida de un Ernesto que se fue difuminando a cada golpe, hasta convertirse en un recuerdo deformado de sí mismo. Su aspecto terminó siendo cansado, con bastantes años ganados al calendario. Carmen, por su parte, había ganado algunos kilos en la tranquilidad de sus últimos años y se la veía con una tez más serena. Aún así, ni rozaba sus tiempos de plenitud: era otra promesa rota.

-¿Damos un paseo? ¡Sí! ¡Un paseo! Vamos al Pinar seco… ¡No! ¡A la Rodada! ¡Vamos a la Rodada!

Sin duda, la Rodada era uno de los pocos lugares del mundo a los que Ernesto podía querer con sinceridad, sonriendo relajado. Uno de los pocos sitios donde no había un mal recuerdo, ni razones para odiar. Se encontraba aproximadamente a un kilómetro del pueblo, bajando por el camino que llevaba al río. Era una especie de mirador natural escondido entre las montañas, una abrupta cabeza enquistada al lomo. Si te internabas por ella y descendías por sus paredes y llegabas sin esguince alguno a las filas de matojos secos, tenías tu premio. Lo que podría ser la prominente nariz finalizaba en una especie de banco de pizarra natural, dejando panorámica al bailecillo geológico. Allí, sentado o puesto en pie, - o emulando con esperpento aquel titánico vuelo-, podías sentir al mundo. Su latido, su levedad, su infinito, su incomprensible razón. Para Ernesto tenía tanto valor, que siempre le había parecido el lugar con las formas más poéticas para el suicidio.

-¡Vamos, porfa!

Carmen cogió la mano de Ernesto y en pequeños saltos le rogó que empezaran la marcha. Ernesto arrancó despacio y dilató todo lo que pudo el roce físico con Carmen. Incluso, le pareció que el viejo cosquilleo aleteaba otra vez a sus anchas.

-Bueno… y… ¿qué tal todo?
-Bien… Voy a trabajar en el Reina Sofía… Estoy muy contenta…
-¿De conservadora?
-De segurata. Estoy en el Guernica de diez a seis… me dijeron que mi curriculum fue clave… que así me implicaría más en defender la obra.
-¿Sigues pintando?
-Que va... joe… se me daba bien ¿verdad?
-Era tú vida…
-Ya… pero era irreal. No tenía el talento necesario… solo se me daba bien.
-A mí me gustaba.
-No eras objetivo… Además, el artista siempre fuiste tú…
-Eso no sé si es bueno o malo…
-Es diferente.
-No lo quisiste para ti… (Ernesto fijo sus ojos pero Carmen retiró la vista). Ni te imaginas lo que me costó decirte aquello.

Carmen cogió fuerzas, retomó el contacto visual.

-¿Te parecieron el lugar y las formas?
-Fue como surgió…
-¿En un tanatorio y con una carta?
-¿Me hubieras dejado hacerlo de otra manera?
-No lo sé…
-Desapareciste. Ni móvil, ni fijo, ni ostias. No me dijiste nada.
-Alejarme de ti formaba parte del acuerdo…
-No volví a escribir una línea ¿Sabes? Ni un puto poema. Me secaste…

Carmen intentó contestar, pero no pudo. Bastante tenía con intentar contenerse. Primero una lágrima, luego otra… y luego el llanto, hondo, animal, como las borrascas que arrasan pueblos, que secan aldeas. Lloraba con un efecto reversible, pues su tez pareció volverse más limpia y fina: cada lágrima emanada abrillantaba su rostro y oscurecía el cielo, que al ritmo de los gritos de la niña, iba pintándose de negro y estrellas doradas. Ernesto la abrazó con fuerza hasta apagar el llanto contra su pecho: esos labios no habían nacido para llorar. Para entonces, la luna ofrecía ya todo su brillo, que siempre resulta suficiente.

-Lo hubiera dejado todo ¿Sabes? Lo hubiera mandado todo a la mierda… todo. No hubiera necesitado nada más… sólo a ti… solo a ti. ¿Sabes que no he dejado ni una noche de soñar contigo? ¿Y sabes cuánto dura realmente cada sueño? Diez minutos. He pasado media vida viviendo diez putos minutos al día… ¿Sabes cuantos minutos tiene un día? Mil cuatrocientos cuarenta. He vivido una proporción de diez minutos cada mil cuatrocientos cuarenta…

Y entonces, Ernesto la volvió a ver. La misma mirada que le había consolado diez minutos al día durante casi mil años. La misma mirada cerrada, picante, los mismos ojos reflectantes que mostraban al mundo en miniatura y al alma humana en su máximo esplendor. La misma mirada que justificaba todo. La niña. Carmen.

-¿De verdad?

Fueron dos palabras y a Ernesto se le luxó todo el sistema digestivo, que en efecto de honda fue desestabilizando todo el cuerpo. Una náusea que ni si quiera recordaba pero que ocupó su lugar con la naturalidad del que nunca se había ido. Del que vuelve a casa. Y, como antaño, volvió a caer en bloqueo, en negro, en nervios. En el silencio. Como siempre.

Como nunca. Carmen había ido acercándose de manera imperceptible, ínfima. Infinita hasta el choque, hasta el primer beso. El beso que te abre la puerta a otro mundo y te encierra en un pareado de rima consonante. Y fue donde tenía que ser, al pie de la Cabaña del cura.

El beso duró siglos, pero a ninguno dejó satisfecho. Siempre se puede mejorar, y a ello se dispusieron de manera entusiasta. Convirtiéndose una perfecta máquina engrasada, en un pareado de dos esclavos: cuando alguno de sus labios, en deserción, trataba de despegarse del otro, la respuesta era un arrebato de pasión iracunda de todo el cuerpo, que se negaba al son de las masas agitadas, de las revueltas que llevan a algún lado. Los ojos tornaban lascivia, las manos naufragaban a su antojo, los cuerpos se buscaban con descaro. Luego, volvía la calma, las caricias, lo etéreo de sentirse el uno con el otro. De respirarse, de explorar y nunca creer verlo todo, de volver a la furia y acabar con sus cuerpos en el suelo. De mirarse y sonreír, de boca al cielo.

-Mira Leni, hay lluvia de estrellas…
-Yo estoy bien. Que se lo pida otro…

A Carmen se le escapó un volcán, tomando forma en sonrisilla placentera.

-¿Por qué has tardado tanto en hacerlo?
-Bueno creo que lo has hecho tú…

Ernesto sacó la lengua a Carmen, que le contestó con un manotazo cariñoso.

–No sé… lo imaginé muchas veces… hubo un tiempo en que pasaba horas imaginándote, imaginándonos… despertando juntos, haciendo la compra, en la playa, en el sofá, en algún rincón lejano de la India, encerrándonos en una habitación semanas enteras… qué sé yo…eran otros tiempos. Supongo que llegué a idealizarte demasiado, y eso me bloqueaba…
-Vamos, que no tuviste huevos…
-Tú tampoco hiciste mucho…
-¡Nene! No digas eso… yo me acerqué siempre mucho más a ti que tú a mí. Ibas siempre con ese rollo de la política, el comunismo no se qué, la sociedad que habíamos creado, lo mierda e hipócritas que eran todos… todo te parecía mal… Y cuando empezaste a publicar… estabas ido… te creías el Ché o Jesucristo, o los dos en una versión postmoderna y toxicómana… te perdiste… Ya casi no dedicabas tiempo a hacernos reír Leni,…y eso era lo que te hacía más mono, que a pesar de ser un genio hacías el payaso para hacernos reír… Yo ya había demostrado cosas en su día…
-Eras demasiado pequeña...
-Siempre lo he sido… entrar ahí, a vivir en tú cabeza, no…
-Al menos yo no te habría pegado…
- El sarcasmo lo tienes intacto.
-Perdona…
-Da igual… ¿Sabes? Nunca conseguí pillarme tanto como contigo. Nunca. Ni cuando decidí no cogerte el teléfono, ni cuando me casé, ni cuando aprendí a ser feliz. Nunca fue igual.
-Supongo que con esos años todo se vive de distinta forma.
-O que nadie me volvió a escribir nunca nada... jo… como era la carta…
- Cógeme como si fuera un papelillo.
Miénteme.
Llámame bobo.
Vacía el tiempo, no dejes que corra.
Deja que tus rizos jueguen con el viento.
Eres un tablao.
Un golpe de rabia.
La princesa que heredó la calle
y escupió al cielo.
Dame bola, gitana,
que me pierdo,
que yo te quiero...
Y quiero que me esparzas sobre ti,
ser cocaína y polvo de tu cuerpo.
Y que me lleves lejos.
Cosido siempre a ti,
mi niña flamenca de terciopelo
.

Cuando se utilizan las palabras adecuadas, no queda más que decir. Ernesto y Carmen comenzaron a besarse muy despacio. Sus labios se entrelazaban de manera suave, acercándose y alejándose, estirándose, mordiéndose, abriendo sus puertas a unas intrépidas y juguetonas lenguas que se retorcían musicalmente mientras buscaban hundirse cualquier gramillo de saliva ajena. Al unísono, las manos descendían lentamente por ambos torsos: se buscaban, se juntaban, huían en busca de nuevos mundos erógenos, se glorificaban de encontrarlos, de explorarlos, de activar suspiros y jadeos. Todo empezó siendo un reposado movimiento, un vals de dos cuerpos que se habían anhelado tanto como la luna y su reflejo, y que se habían demacrado en relación a la distancia que les separaban. Se encontraban por fin libres. Luego, una vez tanteado el alma, fluyó el animal, fluyó el sexo. Fluyó el caos y el calor: las ropas volando por el antiguo huerto, para sembrarse sobre él, para decorarlo y hacerlo un poquito más de ellos. Y por fin se sintieron dentro, el uno del otro, en acompasado balanceo, fluyendo a ritmo y compás, como sólo saben hacerlo los versos: en mordiscos, caricias, arañazos y besos. En la sinfonía de tormenta, un solo rayo a dos palmadas del cielo.

De repente, Carmen palpó recayó en una extraña sustancia, que definiría como sangre coagulada de color amarillo muerte. Pensó en obviarla. Luchó con todas sus fuerzas por ello. Se creyó vencedora. Y explotó.

-¡Joder, lo has vuelto a hacer! ¡Mierda! -Carmen se miraba las manos con unos ojos indecisos entre el pánico, el asco y la más dolorosa de las decepciones.
-Es una herida que no sé… pasé por un desfiladero…
-¡¡¡Cabrón!!!

Carmen lloró y corrió desnuda hacia una puerta vallada que delimitaba el recinto que un día fue considerado como suelo sagrado. Desapareció con relativa lentitud y Ernesto no movió ni un solo músculo. Estaba inmovilizado, la herida sangraba con fuerza, todo se derrumbaba en una horrible sensación de dolor. No un dolor físico, sino existencial. Un dolor magnético, un alud mental que tensaba sus articulaciones, que las quebraba una a una; un dolor que sólo podía preceder a un cambio de jerarquías, a un nuevo siglo que observas nacer desde el salón de tu casa mientras el televisor confirma que no estás invitado a formar parte de él. Ernesto vio desaparecer a Carmen bajo el más odioso de los cansancios. Luego, empezó a llover sobre sus ojos, sin saber muy bien si las lágrimas provenían de la atmósfera o de su propia alma. Cuando pudo levantarse, empezó a caminar de forma automática: bajó por el camino de las pozas, siguió senda abajo, ni si quiera miró de reojo al viejo carro de bueyes. Y llegó a la Rodada con una decisión en firme. Una decisión que no llevaría ruido, ni grandes frases, ni si quiera anecdóticos recuerdos. Sólo había un dato, una rebelión. Lo iba a hacer como no había hecho nada antes en su vida: metódicamente. Bajaría el primer tramo de escobas con rapidez. Cuando la senda desapareciera, se descolgaría por el muro, sin precaución ni duda: nada importarían ya las ortigas y los cardos, eran puñales de otros tiempos. Luego reduciría el paso, afrontaría la última fila de cantueso con solemnidad: abordaría el frontal de la rodada, miraría al frente, saltaría.

Al final, más que saltar, Ernesto fue asaltado. Primero con un fuerte golpe en la parte anterior de su pierna derecha, lo que le obligó a clavar las rodillas contra el suelo. Intento girarse, y un objeto extremadamente duro y alargado le volvió a agredir, doblegando a su cuerpo en escorzo contra el suelo. Lo poco que vio: un par de botas militares, un enorme torso, una gorra alarmantemente picuda, una especie de furgón abombado que cambiaba de color a cada rayo de luz. Y algo que se amplificó y deformó sobre su cabeza en las agónicas milésimas siguientes. Una voz, un ruido:

-Otro con demasiado sueño.

jueves, 4 de marzo de 2010

Dos mitades

Creo que soy
la mitad de lo que temo;
el matiz de lo que busco,
el arrabal
de lo que encuentro,
la otra mitad,
lo que pienso y sueño,
lo que tantas veces me digo
y luego callo,
lo que me invento,
lo que sé,
lo que quiero creer,
lo del otro lado del espejo,
lo que quiero ver,
lo que luego veo...
las ansias de jugar
en un mundo acicalado para serios.
Tú,
las canalladas que nos gasta el viento,
el coraje que un día perdí,
mi absurdo bloqueo,
un niño que apuesta
a sereno y viejo...
y que luego se le quiebran las tablas
con unos ojillos bien puestos.
Que se empeña en mirar
como si de verdad existiese un cielo,
como si para no naufragar
hubiera que vivir en un cuento
lejos de la realidad,
a años luz del suelo,
siendo de la bóveda
un lunar
bailando por el universo.
Con licencia para huir,
con una explicación por miedo,
con un hilo invisible,
cosido a ti,
que un mal resbalón y de cabeza al infierno...
que el alma de equilibrista
lleva de serie unos riesgos,
que sólo duermen al reír,
al resplandor de lo nuevo,
de lo que llega y lo que queda por venir,
de no acabar nunca el lienzo,
de sabernos improvisar
un alud a besos,
un camino sin final,
lo que nunca se puede olvidar,
la media mitad
de un mismo comienzo.

martes, 16 de febrero de 2010

El eje (I)

En apariencia nada había dejado su lugar. El armario corredizo, la butaca con la chaqueta de mamá sobre los hombros, las vías, los aparatos luminosos que certificaban que aún seguía vivo. A primera vista, todo era fiel al reflejo que en su mente grabó Ernesto el último segundo de su anterior etapa de conciencia. En apariencia, porque Ernesto tenía una extraña sensación a inerte, como si todo en aquella habitación hubiera caducado pocos días atrás. Hasta el viejo republicano Tomás, compañero de habitación y elocuente rival en el debate, parecía haberse ido con el tiempo, dejando allí su cuerpo en una estática versión de blanco y negro. “Joder, se ha quedao tieso... según como estaba… supongo que era cuestión de tiempo… todo es cuestión de tiempo… hasta dejar de sufrir, de amar, de pensar, de actuar… hasta no ser nada otra vez. Tengo que avisar a las enfermeras.”

Mientras Ernesto pensaba, hablaba en voz alta para la sala. En un momento de mareo, del todo excusable por una tensión que no se había levantado en días, creyó vislumbrar sus propias palabras cabalgando por la habitación, formando sus frases, sus descansos, acentuando el tono con alegres brinquillos; todo se volvió turbulento y extraño, pero por los ojos de Ernesto pasaron desfilando en armonía sus pensamientos forjados en letras de color amatista, en sombreado, con una forma respetuosa con la legalidad vigente en los ejes del espacio y el tiempo. Volaron y desaparecieron, y Ernesto se dispuso a alcanzar el timbre que avisaría a las enfermeras. Se sorprendió de su propia agilidad mental para sorprenderse, y sobre todo, se sorprendió por la frescura que mostraban sus articulaciones: eran livianas como hacía tiempo que habían dejado de serlo, y alcanzaron, con la celeridad que se alcanza lo intrascendente, el blanquecino y funerario mando que comunicaba la recepción de planta con la habitación número 301. En el movimiento se desconectaron dos vías, que le propiciaron un dolor más mental que físico, aunque para Ernesto aquello no fuera más que dos caras de la misma moneda. Apretó el botón varias veces, aunque desde el primer golpe todo sonara excesivamente hueco. Era obvio que nadie respondería, pues el artilugio cumplía a la perfección con el velo de negritud que cubría la escena. En cambio, y más por pánico que por esperanza, continuó golpeando el botón. “Y ahora esto no va… joder. Esto tiene que ser una puta broma”.

Ernesto dejó el mando por imposible ya que aquel aparato no guardaba respuesta alguna. Luego, como emergentes tras un arbusto de hiel y coraje, brotaron los nervios. Incertidumbres que barrieron todo, y que dejaron al pobre Ernesto en una catarsis de grado menor, deprimente y totalmente desubicada. Mientras, clamaba de afuera a dentro plegarias que dejaban los Pazos del pensamiento para dibujarse con extrema finura… amenazantes, juguetonas, sobre sus propios ojos. “Esto es la hostia… la realidad me ignora. De puta madre... ¿Cuánto tiempo habré estado en coma? ¿Me habré quedado gilipollas? Mamá dejó su chaqueta aquí... no sé... es todo muy raro”.

Ernesto no fue consciente de lo dilatado de su decisión. Si nos basáramos en las medidas convencionales del tiempo, seguramente corrió más de un día. Su percepción fue otra, de pequeños segundos. Siempre ha habido teorías en lo relativo a la relatividad. Así, tras día y medio (o treinta y dos segundos de rotación terrestre), Ernesto decidió abandonar la habitación por iniciativa propia. Cuidadosamente, fue arrebatando todo los vínculos que le unían a la maquinaria médica y sintió, en forma de punzadas ardientes en su estómago, la gratificante sensación de haber abandonado la artificialidad. Así, de manera muy suave y procurando pensar lo menos posible (le molestaba que sus reflexiones corrieran sin rumbo aparente por la sala), alcanzó la puerta. La manija no ofreció demasiada resistencia, por lo que la hora y media que tardó Ernesto en cruzar la línea, volvió a demostrar lo caprichoso que se comportaba el tiempo en la habitación. Como si realmente su significado careciera de importancia y fuera un accesorio ornamental más.

I

Al fin cruzó la puerta, aunque también podría decirse que la puerta le cruzó a él. Fue absorbido hacia un pasillo que no era tal, por lo que Ernesto pronto concluyó en que estaba loco. “La fiebre, los medicamentos, qué se yo...”. Intento girarse para volver a la cama y empezó a virar en redondo. Primero despacio y luego más rápido, conformándose un remolino de arcoíris sobre su figura; dejando puertas abiertas a su propio reverso, recibiendo una versión mucho más completa de sí mismo a la vez que perdía toda referencia con la madre realidad. Y se sorprendió, de lo que veía y de lo que sentía, de lo que realmente era en relación con las cosas. No estaba tan fuerte como creía, ni su papel tan claro: Tal vez sólo era el nexo celular entre la avalancha de luz y color y su triste figura. Un suspiro después cayó al suelo y se arrastró, o fue arrastrado, por todo el enorme anillo olímpico que era la sala. Si el camino lo hizo en vigilia o en descanso nadie lo sabría responder, y daría igual hacerlo. Ernesto durmió despierto con una intensidad que nunca había logrado en descansos anteriores y, cuando recuperó la conciencia, ya se encontraba inmerso en ese extraño museo.

Las vitrinas y las paredes se fusionaban mediante dibujos goyescos, dando forma a una grandilocuente sala de trofeos. Una estantería que se retorcía en sus formas como si fuera el dolor quien la sostuviera, en un equilibrio tenso de sorprendente eficacia. “Puta medicación… ¿Qué cojones me están dando? Va, tranquilo. Respira y piensa. Estás en la cama, estás en la cama… tienes fiebre y estás delirando. Nada existe, nada está pasando…”. De repente, Ernesto dejó de pensar en sí mismo y empezó a reflexionar sobre lo que tenía alrededor.

Desde luego, el lugar era para vanagloriarse. Medallas, diplomas, motivos... había hasta una copa de grandes dimensiones, orejuda, similar al la de la Champions League. Su leyenda era banal: Segundo puesto. Liga interna de Fútbol Sala. Facultad de Humanidades. Lo curioso es que la inscripción le resultaba familiar, produciéndole una sensación cercana al deja vu, pero de una manera más indeterminada. Era una sensación de vaga familiaridad con el mensaje. Más cercana a la tradición oral que a la experiencia, como si tuviera forma y fondo, pero careciera de una realidad concreta. Su memoria se movía insegura por sus recuerdos; o más bien se movía poco, como una claraboya enquistada en el mar, deprimida porque todo cambia a su alrededor menos ella misma. El sobreesfuerzo le produjo un repelús, e inmediatamente bajó la vista, que topó con una pequeña vitrina que mostraba una evidente dejadez. Ernesto retiró, ayudándose de su batín, el polvo que cubría el pomo del armario. Le sorprendió que fuese de oro y que tuviera un rubí violeta en su epicentro: nada en aquella sala reparaba en gastos. Tras abrirla, sacó una de las cajas que había en su interior. El recipiente, de cartón, ocultaba n su interior más de cien medallas de reluciente oro blanco e inscripciones serigrafiadas en bajorrelieve y con un color de algún metal derivado del estaño. Los mensajes, por surrealistas, dejaron boquiabierto a Ernesto durante un buen rato:

• 03-04-72. Por poner magistralmente la mesa para la comida.
• 12-11-81. Por acompañar a Carlos a firmar el Paro.
• 22-09-78. Por besar a Mamá cuando estaba deprimida.
• 01-07-92. Por dejar organizar la cena de Navidad a Miriam.
• 20-03-88. Por obviar la cita con Marta para acudir al cumpleaños de Julián.
• 19-10-70. Por comer la tarta de arándanos como si te gustara.
• 08-12-97. Por dar limosna al mendigo que sí lo necesitaba.


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“Vaya con los niños pijos... Oro blanco para conmemorar que la criatura fregó los platos... tócate los huevos...”. Ernesto creía fielmente en su locura transitoria y tenía razones para ello. A pesar de que en la estantería sólo cabían dos cajas en vertical, al sacar una, era rápidamente remplazada en su lugar por otra similar, como si el final no existiera nunca. Lo curioso es que las inscripciones de las medallas siempre eran distintas, no había dos iguales. Y Ernesto llego a examinar más de quinientas. Al final, y tras una hora retirando cajas, se dio por vencido. Al levantarse del suelo, se percató de que el mueble tenía una leyenda en la parte superior: “La voluntad es la que da valor a las pequeñas cosas” (Lucio Anneo Séneca). Ernesto soltó su primera carcajada del día. “Joder, con citas célebres y todo.."

Se incorporó y avanzó por un pequeño pasillo mal iluminado que servía para conectar el museo con otra sala. La humedad, que se fue mostrando en un in crecendo majestuoso, le envolvió en un manto de sensaciones: la vieja barrica de vino, el olor a empanada recién hecha, el pan con miel, el aparatoso abrigo de la cocina de leña... ese pasillo parecía extraído de un paraje al que Ernesto había renegado en lo más seguro de su inconsciente, con el digno objetivo de que no se viera condicionado por las veleidades propias de la experiencia. Incluso llegó a oír la voz de su abuela, apremiándole para que llegara a la mesa antes de que las filluelas se enfriasen; sintió como sus pasos se ralentizaban como si estuviera en medio de la pedada, camino de Santa Lucía. También se sumergió en el reflejo de las hogueras sobre el carro, y llegó a recordar el miedo del primer beso, las carreras por la Casa del cura, el torrente de risas vírgenes tras el primer cubata, todo aquello que fue y sobre todo lo que no pudo ser... Entonces vomitó y echó a correr. O al revés, que un par de décimas de segundo no son suficiente para establecer jerarquías. Con la boca pastosa de los efluvios y el batín lleno de lamparones blancos llegó a una gran sala abovedada, con una sobre exposición de luz extraordinaria.

Por alguna extraña razón los colores se encontraban allí totalmente desubicados. Azules, rojos, verdes... sólo el blanco conservaba su esencia, el resto era una fantochada, algo fuera de sí, sin identidad; o al menos, sin la identidad universal que le habían concedido los libros de texto. “Vaya... nunca me había fijado en la extraña belleza el color rojo. Tal vez porque no es rojo... es...precioso, iluminador...magnífico. Le diré a Carmen que, cuando nos casemos, ambos vayamos de rojo... bueno, de rojo no, de este rojo... me preguntó si pasará algo por casarse con un color inexistente a nuestras retinas, si tendría validez o si sólo estaríamos unidos ante una luz que no nos pertenece...”. Ernesto se sorprendió por la profundidad de sus sentimientos, hacía años que no buceaba por su estómago de una manera tan sincera. Seguramente desde que descatalogaron su libro de poesía (Arañazos en el alma, o algo así, ni el propio Ernesto lo recordaba). O desde que Carmen se casó. O cuando se volvió uno de los nuestros, y consiguió aquel trabajo de traductor de novelillas rosa, algo que sirvió para complacer sus escasas inquietudes económicas. O el día siguiente de aquel verso, que fue cuando decidió dejar de hacer poemas. Cuando el alcohol, otrora mecanismo inspirador, pasó a convertirse en un fin por sí mismo. No es que llenara un vacío a base de litros de whisky, siempre fue consciente de todo, es que los fines y los medios siempre le habían parecido unos estúpidos tecnicismos morales. “Y el verde, que verde... es vida. Es como si por su tonalidad corriesen manadas de unicornios flanqueados por ángeles... es como si... ¿De donde saldrá tanta perfección? Mi ojo disfruta mirando así, lo pide, y me sonríe enfocando, disfruta... tanto como yo...”.

Ernesto topó contra una urna de cristal gigante. Tan embelesado en los colores de las cosas, dejó ver las propias formas, lo que le supuso unos segundos de dolor y un incipiente chichón sobre su frente. Tras el aturdimiento del golpe, llegó el del alma. Dentro de la urna había un niño encerrado, desnudo, tremendamente asustado, con sus ojos clavados en un atónito Ernesto. El chaval, completamente desnudo, descarnado, parecía llevar allí toda la vida. No sonreía, pero su busto denotaba serenidad. No tenía buen aspecto, pero se sostenía con firmeza. Es más, sus ojos pedían ayuda y su mirada se la negaba. Ernesto empezó a vislumbrar lo que para él antes hubiera sido categóricamente incomprensible. Leía entre líneas, descifraba los sueños. Se sabía en coma y no le importaba. Todo lo que había en este nuevo mundo le fascinaba y le reportaba algún extraño consuelo. “Y, este niño, no será una excepción”.

El niño le miraba, así que Ernesto decidió recoger el guante. Fijó sus pupilas, su mente, su alma, fijo todo su ser en dos pequeños puntos negros que le escrutaban con una intransigente benevolencia. Y entonces pareció escucharle en su cabeza... ¡Souuuff! Otra vez...¡Souuuuff! Ernesto ciñó su cerebro y se concentró.
Apretó como nunca su mente....

“¡¡Socorro!!”

Entonces, con el mensaje en pleno trámite neuronal, una bota gigante emergió del techo y aplastó la urna con violencia. Luego ascendió de nuevo. Con lentitud, mecánicamente, como recreándose en espectáculo perfecto. Del niño se adivinaban algunos restos por el suelo: una mano, algo que podría ser un trozo de cabeza... Ernesto vomitó de nuevo. El espectáculo le superó; fue todo demasiado rápido, eficaz, banal. No hubo materialmente tiempo para que el héroe salvara a la joven criatura. No hubo ninguna oportunidad... Incluso la luz volvió a su cordura, perdiendo su celestial tono y dejándose caer en las redes de la normalidad, de los tonos concretos. Ernesto dejó el alma en stabd-by y siguió caminando. Cabizbajo, apagado, sin ganas ni aptitudes para obtener conclusión alguna. Tras unos pasos, llegó a lo que se adivinaba como única salida: un portón blanco, marmóreo, adintelado a dos aguas sobre órdenes corintios. En él, había una inscripción de versos incompleta. Rezaba más o menos así:

Detente...
No te dejes escapar.
Aférrate a fuego y alma al corazón del verano.
¡Para!
No sigas....
Sujeta con las pinzas de tender los sueños
todas las mentiras que te haces a diario.
No las desveles.
Déjalas que sigan con su sonata de pecado
y vuelo,
mantente sobre ellas,
bésalas como a un clavo ardiendo,
nunca las dejes marchar,
sean pasado o invierno,
huelan a rocío o a palito de fumar,
sepan a verdad o a farsilla del viento.

Y disimula.
Como si no te hicieras viejo.
Y vive en la ignorancia del gran pulmón
que no encuentra la palanca del resuello.
Y cógeles de la mano,
a la princesa y al cuento,
y llévalos al pabellón,
a las barquitas que dan vueltas por el desierto,
y mira tantas veces como puedas al cielo,
con los ojos del que ve las estrellas,
que nunca sabes de donde parte la esencia
de poder renacer de nuevo…


Ernesto cruzó el portón atolondrado de sí mismo.
El pasillo esta vez era oscuro. No iba incómodo, pues sus medidas se adaptaban perfectamente a la cavidad. No sobraba ni un suspiro de centímetro, y nunca llegó a rozarse. Él tan normal, y el mundo tan extraño.

jueves, 4 de febrero de 2010

De un alma sorda

Tal vez sólo soy
una versión desenfocada de mi sombra,
algo que no se puede ver,
que escuece si lo tocas...
un amanecer que se empeña en salir
sin tener ni un hilillo de aurora.

Tal vez sólo soy
de la música el aroma,
el quejío de unas notas que tienden a huir,
que si las asustas,
se atontan;
que se callan y se esconden en silencio,
que se emboscan...
hay quien nace a ritmo de blues,
y quien tiene el alma sorda.

Tal vez sólo soy
el reflejo de un idiota.
Un niño que se mira a sí mismo,
que hasta se cree sus historias...
de puertas a dentro a volar,
de pena y mora,
un prozac para una realidad
de suma errante de quimeras rotas;
Si la vida es la experiencia,
la dialéctica...
de la dialéctica viene la derrota;
que el querer y el ser andan a la gresca,
y no se soportan...
uno tira para un lado... y el otro,
el otro se planta y le ahorca,
y le enseña los matices de un barro
ennegrecido a la memoria.

Tal vez sólo soy
otra suma de excusas remotas,
unos ojos que se empeñan en mirar
tres palmos más arriba de donde le toca...
ojalá me supiera conformar,
ojalá palpara los límites de la soga...
y pudiera vivir y no pensar,
y ser como tantos
uno más,
ojalá pudiera verter la mediocridad
en el relente embriagador de las olas.

Tal vez sólo soy
la ansiedad de ver
como se rompe cada hora...
ojalá no fuera tan así
y te pudiera ver de distinta forma,
ojalá fuera la objetiva sobriedad,
ojalá no pudiera sentir, ni sufrir,
ni crear...
Ojalá fuera menos yo...
y supiera descansar.

Dormir y despertar...
Mirarte
un segundo,
ponerme a temblar...
Que tú,
sin darte cuenta
empiezas a brillar...
a sonreír e iluminarlo todo,
a hacerlo de verdad.
Si hasta el caos
recupera su sentido...
cuando tú le llevas jugar.

Ponerse a soñar...
como si la vida
hubiera que pintarla,
que lindo si en vez de un sueldo
nos regalaran alas blancas,
ojalá hubiera algún un juez bueno...
que aboliera decepciones y venganzas.
Que nos mantuviera a unos metros del suelo,
haciendo lo que nos dé la gana,
sin ese mazo,
que a la que te despistas,
te tumba la mirada...

Tal vez sólo soy
esa inseguridad nos mata,
un mar que viene y va,
una resaca,
una huella que alumbra y calla,
que llora y ríe,
que se entretiene liando palabras.

Tal vez
sólo tengo miedo al mañana,
al vacío,
a la escarcha,
a no saber seguir,
a volver a cagarla.

jueves, 14 de enero de 2010

Polvo de estrellas

Si quiere ver, vaya aquí,
al circo con destino de pluma y vuelo,
escoja su gama de color,
deje libre el gris
aquí la ceniza vaga libre por el suelo
dibujando
polvo de estrellas
en forma de caminito estrecho.

Hay dos trapecistas:
uno poeta y el otro minero,
uno para la luz,
el otro
para el aliento...
como dos reos,
con su puño y su mala chispa,
con los ojos nublados,
vicios de trampolín y cornisa
para un suicida con condena de payaso:
Siempre aporta más una sonrisa
que un silencio amargo.

Hay un cetro,
una llama que se apaga y no cesa,
que muere y vive,
que se espesa,
que se aferra en batir las lides
de un concierto sin orquesta.

Hay un lienzo en blanco
a rellenear por las promesas,
por las dudas y los riesgos,
por ese miedo que te da una certeza...
Hay una tinta invisible
profanada en la torpeza
de correr a contrapelo,
de ponerle fe a las quimeras.

Hay retales de pasión
porque nacimos de tormenta,
todo duda y contradicción,
deseos entre la niebla...
de flotar becerros de oro
al azar de la impotencia
de bajar y verlo otra vez,
y sentirse como una mierda.

Y luego otra vez
de bruces
la primavera...
No hay mucho más,
lo olvidado y lo asumido,
una tinajilla de aguardiente eterna,
dos palabras en busca de premio,
como si todo lo colmara un sueño,
mil y ninguna respuestas.

¿Quieres pasar?
Toma,
quémame la piedra...
¿Qué no quieres la carpa?
Pues a tumba abierta...
Si no hay futuro
que más da la guerra,
mil y una veces más por ella,
por una herida bien puesta,
cosida a la intuición de alma,
tantas veces fallida y vieja.

¿Qué hay que creer?
¡Pues creemos los profetas!
Y los castillos, y las caricias,
hagámos un pentagrama sin puertas.
Seamos el aire y la incosciencia,
lo que te vacíe y llene,
lo que más duela,
el batín y el ala ancha,
la desidia y el orgasmo,
la ciencia menos exacta,
los segundos que valen años...

Seamos las columnas, los rincones, los versos y la arena...

Seamos lo que seamos
que sólo manden las estrellas...