martes 25 de mayo de 2010

El reflejo del retrovisor

Ya había hecho esto alguna que otra vez. El humo, el murmullo somnoliento de los obligados motores y el no acabar de arrancar ni pararse, significaba una gran tentación para el aburrimiento. Más impulsados por instinto que por conciencia, mis ojos comenzaban a buscar otras realidades, otras formas con las que jugar de manera virtual, otros mundos donde encontrarse. Eso sí, bien parapetado tras el retrovisor, dirigiendo una mirada morbosa e indirecta, vacía de responsabilidad y llena de minúsculos sueños eróticos. Nunca hallaba respuesta, nunca la buscaba, pero mi paso diario por el atasco tomaba, en mi revuelta imaginación, un toque de novela folletinista. Vivir en Madrid significa vivir en retención, una retención aulladora, maloliente y enfermiza. Una eterna retención que te lleva y te trae en continuos puntos muertos. Que se lleva tu tiempo de una forma permisiva, tolerada, como quien roba un mechero. A mí esto, más que una molestia, me resultaba un lujo. Vivir en retención significada darme un paseo furtivo, cazar imágenes de la realidad, trasnocharlas en mi cerebro y luego regocijarme en mi más oscuro yo, gracias al más superficial tú. Cada uno con sus perversiones.

Creo que era martes, aunque tiempo después el calendario se empeñaría en desmentirlo. Era uno de esos martes de Liga de Campeones donde el afán por llegar a casa producía el efecto contrario, los embotellamientos se eternizaban y el Carrusel deportivo ejercía como banda sonora para un cuadro costumbrista de nervios, blasfemias y sueños competitivos. A pesar de que no era un partido excesivamente relevante, se podían oler los nervios de la gente por llegar a sus casas.

La empresa no era tarea fácil, gracias a la yinkana multiaventura en la que se había convertido la capital desde que la alcaldía comenzó un faraónico proceso de reconstrucción urbanística. Zanjas, calles cortadas, puentes reconvertidos a túneles, túneles amplificados a fosas sépticas... un bello caos goyesco, digno del surrealismo francés y un auténtico quebradero de cabeza para unos penitentes que combatían la desolación diaria fabricando chistes de mal gusto contra los gobernantes.

Era, en resumen, un día perfecto para ejercitar mi entretenimiento automovilístico favorito. Además, el anochecer se estaba acometiendo de una manera limpia y despejada, lo que hacía que todo el paisaje, desde el ornamental al perverso, se viera con mucha más nitidez. Con el primer parón, mi rostro dibujó su tradicional sonrisa de felicidad.

Y comencé mi trabajo. Recoloqué los retrovisores y lancé mis punzadas visuales en todas direcciones. Agua. El paisaje era desolador. Sólo veía hombres ensimismados en la homilía radiofónica, seres tan poco sugerentes para mí que terminé por concentrar la mirada en la carretera. Hasta que note algo extraño.

En el retrovisor interior del coche que me precedía había unos ojos que me miraban incesantemente. Unos ojos negros, subterráneos, mortalmente inquisidores. Dos pupilas de profundo azabache esculcaban mis movimientos, desnudaban mi interior y violaban cualquier minúsculo retazo de intimidad que podría guardar mi conciencia. Una eléctrica sensación de incomodidad recorrió mi cuerpo en su totalidad. Disimulé buscando unos discos en la guantera, aprovechando para esconderme tras el frontal del coche. Cuando retorné, los ojos seguían ahí, con el mismo fuego en las pupilas. No se cortaba lo más mínimo, como nunca me había cortado yo antes: Cazador cazado.

Tras progresar unos pocos metros, con intento fallido de cambio de carril y posterior lluvia de pitidos, insultos y vituperios varios, el tráfico se volvió a detener. Y no sólo la circulación. Mi corazón, la tierra, el tiempo. Todo pareció congelarse mientras ella abría lentamente la puerta de su Mazda azul. Los inquisidores ojos pertenecían a una mujer morena de mediana edad, caminar gallardo y superioridad ante el mundo. Vestida con un traje caro, parecía la típica ejecutiva que mantiene a sus subordinados en una doble tensión constante de miedo y morbo. Superado por las circunstancias, sólo pude ser testigo cuando abrió la puerta de mi coche y espetó con tranquilidad:

-Paso por aquí todos los días. Cuando volvamos a pararnos, estaremos un rato…. La Orquídea –dijo señalando una cafetería a unos treinta metros- tiene unos servicios bastante limpios. Llevo yo los condones.

Asentí por inercia: atribulado, perdido, con el crédito y la conciencia en algún universo paralelo. Mi mayor fantasía tomaba forma al fin, y más que excitación sentía miedo. Al arrancar de nuevo, mi automóvil se caló un par de veces. Volvieron los pitidos, aunque esta vez poco importaron. Al detenerme, ella ya estaba entrando en la Orquídea, ante la estupefacción de los que se percataron que dejaba parsimoniosamente su coche en medio del carril central. Reconozco que me amilané, me convencí de que no iría y, cuando me di cuenta, estaba cruzando la puerta del bar. Una vez allí, no había marcha atrás: crucé el umbral de los baños y el huracán me absolvió. Sin mediar una palabra, manipuló mi cuerpo a su antojo; me subió, me bajó, me gritó, me amenazó, creo que llegó a pegarme. Me acarició como sólo puede acariciar una diosa y me llevo con sus besos a sensaciones de acceso limitado, luego, dentro de ella, sin pensar un solo instante rezaba por no salir jamás de allí. No sé cuanto duró. Ni si yo estuve a la altura. Ni si quiera se molestó en dejar su nombre.

Al salir del café, mi coche bloqueaba el carril central y las bocinas, como si de un despertador se tratasen, me devolvieron la conciencia. Su coche había desaparecido y yo retomé la marcha todavía bajo estado de shock. El tráfico fue dejando paso a una circulación fluida, y las velocidades aumentaron. Aún así, yo iba reducido en un tenso flote, apto para conducir pero con los reflejos mermados. Pasados un par de kilómetros, frené en secó tras haberme pasado un semáforo en el siempre legítimo ámbar. Tan en seco, que un BMW que pasó tras de mí, no supo reaccionar y arrolló el endeble caparazón de mi Ford Fiesta. Perdí la conciencia, la espina dorsal y tres mil euros en el juicio. Me culparon de no haber calculado bien las distancias a través del retrovisor.