viernes, 25 de septiembre de 2009

Las desventuras de Paquito España (Vol. VII)

Mandaban las circunstancias pero Paquito España seguía viéndose incómodo con traje y corbata. Anudó el lazo varias veces sin encontrar ningún conato de armonía por lo que asumió llevar un borrón negro bajo la garganta. Los trajes son unos ropajes caprichosos y eligen muy bien la planta que los lleva, pudiendo elevarte a una grandilocuente estampa o denigrante a un sucedáneo castizo de Charles Chaplin. Dependía de tú físico, pero también de tu alma: hay personas que la tienen de chándal y otras de aleaciones más nobles, entre Armani y Christian Dior. Paquito andaba más ajustado al primer grupo que al segundo, pues entre sus virtudes no se encontraba la clase. Tampoco la proporcionalidad pues su aspecto hubiera sido otro si la chaqueta no superara con creces su talla, por mucho que intentara disimularlo con un par de dobleces. Su cara tampoco favorecía el cuadro: parecía la de la peor de las resacas, sólo que el día anterior no habían pasado más que un par de carajillos por su garganta. Su móvil sonó, anunciando al otro lado al bueno de Venancio Urrutia.

-Paco, ya salgo.
-Vale, voy bajando.

Paquito España recogió una hoja de la impresora y se la guardó en el pantalón. Había estado con aquellas letras toda la noche y apenas había podido escribir un par de párrafos. Por muy natural que esta sea, es muy difícil hablar de la muerte. Forma parte de la vida sí, pero sigue siendo demasiado ajena a todo lo que conocemos. Para Paquito, habían sido ya demasiados siglos derramando teorías para explicar y sosegar su incertidumbre de fundido a negro, y ninguna había llegado a convencerle del todo. Pensaba que la muerte era sólo eso, muerte, como clímax final al drama de la vida. No pensaba que hubiera nada más allá, ni si quiera que lo hubiera habido antes. No hay que buscarle un significado porque ya lo tiene: ponerle el punto y final a las cosas. Aquello sin duda era una losa existencial sobre sus hombros, pero había aprendido a llevarlo con soltura. Entendía y envidiaba aquellos que sí creían, pues cuentan con una cota de malla inquebrantable contra el dolor, y eso puede ser clave ante los envites de la vida. A otros, como a Paquito, les tocaba recibirlos a pecho abierto, sin un cuento de hadas al que aferrarse, con un Godot que nunca llega. Por eso las palabras no salían, por eso se apagaba la retórica y la teoría. Aquella noche, la mente clamaba suspensión. Antonio Fuensanta, Toño, un viejo amigo de Paquito, había finalizado ciclo, de súbito planeado, como una vieja ménade de la soledad.

Venancio Urrutia, en el momento de recoger a Paquito con su irreductible Renault 21, no reflejaba mejor cara.

-Así que al final no pudisteis verlo.
-Que va… en el tanatorio decían que imposible… parece ser que tiene la cara destrozada…
-Joder… el suicidio fijo ¿no?
-Sí, Ramón dice que hasta ha dejado un video… él no lo ha visto aún, lo tiene la policía…
-Vaya mierda… y yo hace un mes la bronca que le eché por quinientos putos euros… joder.
-Da igual tío, hay cosas que sólo son cuestión de tiempo.

Paquito y Venancio llegaron muy pronto a la Almudena, por lo que la necrópolis se encontraba prácticamente vacía. Solamente saludaron a un par de personas, con las que tampoco guardaban gran confianza. La hora, poco más de las ocho y cuarto de la mañana, daba una pequeña luz de serenidad en el cementerio. Los primeros rayos se colaban entre las cruces de las tumbas y los mausoleos más antiguos, dejando una extraña sensación de equilibrio, como si nada pudiese turbar lo que allí se guardaba. A Paquito le gustaban los cementerios porque valoraba su silencio, su contención brumosa, su aire a unos tiempos mejores, su lección de relatividad. Los camposantos mantienen vivos los miedos y tabúes que se han ido escorando en los demás órdenes de la vida por lo que de alguna forma todavía se soportan sobre los hilillos del misterio, como si fueran sus puertas las mismas que las de la muerte y hubiera que ir callados para no toparse con ella. Como si la única barrera entre tú y la parca fuera el silencio.


Silencio para despedir a Antonio Fuensanta como antítesis al día que se conocieron, en los bulliciosos tiempos de la okupa de Embajadores. Paquito llevaba allí más de un año y ya era uno de los hombres más ilustres de la casa. En las horas en las que no embotaba su cerebro se dedicaba a escribir y dirigir unas obras de teatro que luego representaban en el Centro Cultural del barrio, que contaba con unas instalaciones bastantes decentes. La calidad literaria de las mismas dejaba algo más que desear. Un día de marzo aparecieron con una cámara un par de estudiantes de Comunicación Audiovisual con el objetivo de hacer un documental sobre cómo era la vida allí. Paquito, que andaba sin hacer nada, se ofreció para guiarles y pronto estableció una gran conexión con Toño, que a primera vista le pareció “un enjuto ser batido con el don de la desgracia”.

Eso sí, con un toque especial para poner la cámara, para tambalearnos con la imagen y poseernos, para sentir en nosotros su dolor paciente. El documental, estrenado en la propia okupa, fue un éxito, aunque sólo le valiera a efectos morales, lo académico sólo valoró un escurridizo siete y medio. Toño fue haciéndose un asiduo visitante, entre otras cosas por la mutua admiración que había surgido entre Paquito y él. Uno admiraba la consecuente vida del primero, que a su vez veía al segundo como un diamante en bruto. Sin duda tenía los conocimientos y el talento, pero había algo más: sufría. Por él y por todos y por eso todas sus ideas giraban entorno a un pesimismo, que resultaba mágico y bello en el fluir de los planos. Para Paquito Toño nunca fue un director, sino un poeta visual. Una de esas personas absortas por encontrarse más cerca de los conceptos que de la propia realidad.

Además, junto a ella, fue clave en la recuperación de Paquito, que andaba entonces sumido en el mayor de los barrancos: el espejo de sí mismo. Paquito nunca hubiera salido de aquello sin aquel puñado de personas que le obligaron a aferrarse. Antonio Fuensanta eludió la peor parte de Embajadores y sólo se dio a la bebida, el más venial de todos los males, a la par que realizó un par de cortos, bastante premiados dentro del circuito underground. La 2, en la entrega anual de sus premios, le calificó como la más firme promesa del siempre decaído cine español. Y él, mientras, empeñado en seguir sufriendo.


Tras un par de bostezos, el cielo rompió a llorar lo suficientemente suave como para no hacer daño, simplemente dejándose ver, haciendo constancia del duelo. Fueron llegando más personas, acompasadas con el goteo. De repente, dos figuras hicieron que el vacío estómago de Paquito España se quebrara en escorzo. Miriam y Carlos cruzaron la puerta, de la mano. Los cuatro se vieron y la pareja pareció disimular, tomando la dirección contraria. La maniobra, muy evidente, no pasó desapercibida para nadie, mucho menos para los infractores. Seguramente por eso recularon y tras un abrupto giro de cuello marcaron las miradas. Mientras se acercaban, Paquito lamentaba en la forma en la que se podían pudrir las relaciones, por muy justificado que estuviera todo. Con Venancio, los saludos fueron cálidos. Los de Paquito, agrios; al menos en lo que concernía a Carlos. Miriam, por su parte, asumió el rol de romper el hielo:

-Por poco no nos enteramos…. Llegamos ayer de la India y todavía andamos con el Jet-lag ¿Cómo está Ramón?
-Yo le vi bien. Teniendo en cuenta las circunstancias.
-Ya… oye lo del suicidio… ¿Qué fueron? ¿Pastillas, coca…?
-Se pegó un tiro.

Hablaban Miriam y Venacio, mientras que Paquito y Carlos se mantenían en un tenso segundo plano, jugando a la Guerra fría. Paquito detestaba esta situación, pero sabía que era hija de las circunstancias. Los errores nos marcan mucho más que nuestros aciertos y aquello era el resultado de un cúmulo de muchos de ellos. Por suerte para sus venas arteriales, la comitiva fúnebre hacía su entrada en la Almudena, desviando la atención del tenso silencio. A su cabeza, de un luto azul marino, caminaba Ramón, cogido del brazo de una señora menuda, bañada por un absoluto negro sólo contrastado por sus cabellos blancos.

Ramón Cagigal era músico sobre todas las cosas. Guitarra de Los Acordes desentendidos, un grupo de blues-fusión de la capital, no entendía el mundo sin sus notas, sin sus punteos sostenidos. Era una persona torpe para la vida y genial para el pentagrama, como si su equilibrio personal nunca fuera tal. Poseía, además, un humor grueso, con toda una batería de chistes de barraca y kalimotxo que solía disparar a los cuatro vientos una vez pasaba la aguja de las cuatro de la mañana, su hora bruja de la inconsciencia, como siempre revelaba en las disputas previas. Eso sí, era un sujeto con una total incapacidad para perpetrar el daño ajeno, con una sensibilidad casi etérea. Ramón carecía de hipoteca inmobiliaria, pero poseía una mucho mayor, la solidaria. No había ONG pagana que no recibiera aportación suya, y sus apadrinamientos ya subían la decena. Era, digamos, una buena persona, lo que es ser mucha más que la mayoría, sea cual sea el baremo que tomemos como referencia.

Ramón se soltó de la mujer y dio unos breves pasos hacia nuestros amigos, a los que besó y abrazó de una forma sostenida, como si intentara que no le soltaran nunca.

-Bueno, al menos ha venido su madre…
-Carmina es una buena mujer… de otros tiempos pero una buena mujer… Por cierto tenemos que esperar unos veinte minutos a que venga el cura… parece ser que esta noche a reventado una tubería en O’Donell y anda el tráfico un poco atascado…
-¿Hay cura?

Paquito se sobresaltó. Podía esperar cualquier cosa de este entierro, menos un sacerdote.

-Su madre… Mira, hablamos ayer… me lo pidió llorando... Yo quería incinerarlo, pero bueno…
-Él quería que lo incinerasen.
-Está muerto ¿no? Pues ya está. A él ya no le va importar y a su madre le hace mucho… No voy a ponerme a discutir por eso… es absurdo. A mi me hace menos daño que lo hagamos a su forma del que le haría yo si lo hiciésemos a la mía.
-Toño odiaba a los curas.
-Venga Paco… Al fin y al cabo es una forma de despedida… -A la vez que decía esto, Venancio Urrutia se encendió su quinto cigarrillo en lo que iba de mañana, a pesar que lo había dejado hacía un mes-. El padre no ha querido…
-Hace muchos años que Toño se quedó sin padre.


Concretamente once, aunque ni el propio Antonio Fuensanta senior pudiera concretarlo con seguridad. Fue una noche de miércoles, de conciertos, y de cubatas en la sala El sol. Los acordes desentendidos eran teloneros del único concierto de Tom Waits de ese año en España. Su actuación, algo indiferente para algunos, dejó extasiados tanto a Toño como a Paquito, que no dudaron en acercarse por iniciativa del segundo a charlar con la cantante, una vez finalizado el show del genio de californiano. La chica, una bella morena con aspecto de duende, tenía carreta y les dio conversación, por lo que Paquito ya entró en el terreno de las ilusiones. La cosa se fue calentando y tras un par de visitas al baño acabó derivando sobre la viabilidad en la capa de ozono, que de alguna forma terminaron por relacionar de manera directa con el conflicto palestino-israelí. Fue entonces cuando apareció Ramón en escena. Y lo hizo como una verdadera estrella del rock: con una frase memorable, irrebatible, producto, seguramente, de los delirios del speed.

La cosa se fue liando y al final acabaron todos en la casa del batería, un personaje de cincuenta y siete años, que no paraba de fumar en pipa una especie de tabaco aromático que le importaba un amigo suyo de Tailandia. El lugar, un ático en plena Plaza de la Olavide, parecía sacado de Madrid, o más bien elevado sobre él, a una distancia que te permite tocarlo sin sufrir ninguna de sus perturbaciones. La decoración, configurada a golpes de recorrer mundo, te daba la sensación de entrar en un templo éxotico y lejano. Sensación potenciada por todo lo que allí corría, en línea recta a todos lados. Para colmo, los únicos vecinos eran una pareja de ancianos afiliados al sonotone, lo que de inmediato convertía al parnaso en un sitio ideal para celebrar fiestas. Aquel era un sitio divino, pero dedicado a Baco.

Paquito no recuerda mucho de aquella noche: le cebó el encanto de la misma y acabó plasmado como un graffity conceptual sobre un pequeño sofá que había en la terraza. Para no variar la tendencia habitual la cantante decidió juguetear con Venancio Urrutia, un hombre que marcaba los pasos de la seducción como nadie y que solía birlarle con elegancia todas sus presas. Pero como la natura es sabia y compensa, la había lastrado también con un importunismo natural, del tipo de cagadas incómodas que nos surgen en el día a día por falta de retrovisor y un lazo en la lengua. En una errónea decisión confundió el cuarto de baño con la habitación de invitados, descubriendo a Toño y a Ramón en plena exploración conjunta. En ese momento, Venancio llegó a dos conclusiones: que su amigo era homosexual y que él no lo estaba tomando con la naturalidad que le exigía su moral libertina. Sobre todo si tenemos en cuenta que se quedó petrificado, sin decir ni hacer mueca alguna, durante unos eternos quince segundos. Como la cara del pobre Antonio Fuensanta era otro poema, Ramón se encargó de romper la situación:

-Ehh… ¿estás bien? Vosotros sois… Yo creía que tú…
-No, no… yo… perdón.

Venancio salió de la vuelta turbado, robóticamente, como si le estuvieran dibujando en stop motion. No es que le incomodara la situación, tenía bastantes amigos gays y era un asiduo a las noches en Chueca, simplemente estaba atónito. Antonio nunca les había contado nada y ni había dado muestras de ello. Alguna vez le había visto con alguna chica y que no tuviera más relaciones simplemente lo achacaba a su timidez extrema y bueno, por qué no decirlo, a un rostro que sugería más bien poco. No sabía por qué, pero aquello le había impactado, de alguna extraña forma había trastocado su mundo. Con la ansiedad del momento, incluso despertó a Paquito para contárselo, pero éste, ya inmerso en la realidad de los sueños, solo dijo a todo que sí por condescendencia. Venancio volvió con la cantante, aunque esa noche su cabeza vagaba por ningún sitio. Aún así, no lo debió hacer del todo mal: compartieron un par de fogosos meses.

La reacción de Antonio Fuensanta padre al hecho, fue muy parecida a la de Venancio Urrutia, aunque con unos letales agravantes: el silencio, la petrificación, la ausencia, aquello que alejó a Venancio durante quince segundos, lo hizo eternamente con su padre. Sólo hubo una oferta de reconciliación, y fue demoledora: la entrada a un centro psiquiátrico para que fuese tratado. Padre e hijo nunca habían estado muy cerca, pero desde aquella confesión, desde aquella anagnórisis vital, simplemente habían dejado de coexistir, tomando paralelas que se alejaban por un carácter huraño cerrado, que ambos compartían con una exquisita igualdad.


Llegó el cura y lluvia pareció darse un descanso. Junto al féretro, plañían al muerto junto a la madre algunos de los familiares más cercanos: Iñigo y Juan, sus dos hermanos, además de una serie de tíos y primos que Paquito no llegaba a identificar del todo. Por supuesto, junto a ellos se encontraba Ramón. Además de los ya sabidos habría otras doce personas, una cifra nada desdeñable si tenemos en cuenta la recesión social que sufrió Antonio Fuensanta en los últimos tiempos. El cura leyó un pasaje de la Biblia, iniciando el ritual de despedida, el último adiós. Es curioso, a pesar de vivir en sociedades desmitificadas, como seguimos recurriendo al rito en cuanto a lo relacionado con el ciclo de la vida: nacemos, crecemos, morimos; y todo el proceso se realiza de acuerdo a los cánones: llevando bombones al recién nacido, soplando velas año tras año, guardando pésame y duelo en el cierre de persianas. Honrando y buscando un significado a esta vida nuestra que a veces nos resulta tan remota.

Don Ernesto, como se llamaba el sacerdote, centró su perorata en los valores que tiene la vida en sí misma y en la obligación de todos de luchar por ella. Dijo todos esos tópicos cristianos bien intencionados, que suenan como un cuarteto de cuerda pero que se encuentran en su gran medida huecos. O al menos eso le parecía al bueno de Paquito que, aunque intentaba no escucharle, no paraba de rebatirle en voz baja. Cuando llegó a la parte de “la salvación eterna” le salió un respingo que fue advertido por la mayoría de los presentes. Aún así, la disertación fue breve, lo que se agradece en estos casos. A los curas habría que valorarlos no por la profundidad de sus palabras sino por la brevedad en el discurso, por hacer la tortura más breve. Tras las notas vacías, llegó el turno de las voces cercanas, de la última oda al exánime, responsabilidad de Ramón Cagigal y Paquito España.

Paquito se acercó al atril más por alma que por piernas, ya que sus extremidades deambulaban sin fuerzas, obviando estabilidad alguna, como si llegando allí pusiera un primer pie en su propio féretro. Ramón subió con una bolsa y de ella extrajo una pequeña estatuilla: un Goya. Lo enseñó y arrancó el espontáneo aplauso de los presentes. No medio palabra, no hacía falta hacerlo, tampoco hubiera podido: Con lágrimas en los ojos lo posó sobre el ataúd, y junto a él dejó un enorme clavel blanco.


Toda existencia tiene su punto álgido, su fotografía grabada en hilos de oro, su momento mágico. Dicen que la figura primaria que mejor representa la forma de las cosas es la elipsis, por eso nos batimos ondulando. De mejor a peor, arrastrando el pasado, pero siempre como en un carrito de feria rusa subiendo y bajando, hasta llegar al punto máximo, a la culminación. Luego la vuelta, el sabor a pasado. Claro, que como vivimos en un mundo de clases, estos picos tienen calidades: para algunos será el día que ganaron un balón de oro para otros, el día que una persona con corazón de oro les llevó un balón de trapo para engañar los cansinos pasos del tiempo en la aldea.

Para Toño ese día fue sin duda cuando le concedieron el premio de la Academia al mejor cortometraje. Tras un par de proyectos menores e in cresendo a la par que su relación con Ramón (que prometió romper una racha de promiscuidad que duraba ya casi diez años), se aventuró en su gran obra de trece minutos. Tras un par de subvenciones y algunos robos (perpetrados a sonrisa y pistola: “ya te ponemos en los créditos”) dispuso del dinero necesario y acometió un rodaje de una semana en un pequeño caserío en Galdakao, una población vizcaína cercana a Bilbao. Como la historia iba de realidades mágicas, la conexión entre el equipo no podía ser menos, teniendo cada plano un engranaje total de cada una de sus partes. Al fin y al cabo el cine consiste en eso: aunar voluntades en una sinfonía común, en un mismo ritmo, a un mismo son. Claro, que si sumas amistades todo se consigue más fácilmente: Venancio era el actor principal (un anarquista ermitaño en plena crisis existencio-sexual), Carlos, el Director de fotografía; Miriam la script. Hasta Paquito tenía un pequeño papel, que realmente fue una excusa barata para que no se perdiera el viaje. La banda sonora, por su puesto, llevaba la firma de Ramón.

La obra, agilizada en montaje, rozó la soberbia y arrasó en todos los festivales en los que fue exhibida. Por su puesto, esto no pasó desapercibido por los medios, que le dedicaron varias entrevistas y reportajes a Antonio, uno de ellos incluso para El País semanal. Cócteles, fiestas, días que se empalman con las noches a la sombra de Lavapiés. Antonio volaba sobre una burbuja sin norte que le llevaba a una punta a otra de las cosas, y lo hacía con naturalidad, desprendiéndose paulatinamente de todos sus tabúes y miedos, volviéndose menos genio y más artista. La joven figura enjuta y puritana que había conocido Paquito se había tornado en un sucedáneo de Sabina aún conservando sus halos de Dalí. Ramón tenía mucha culpa de ello, a ambas partes de la delgada línea roja. Le inspiraba, la motivaba, sólo sorprenderle era motivo suficiente para superarse día tras día, para obtener formas distintas, para seguir creciendo. Le había creado tal impacto que sólo vivía para mantenerse enganchado a él, vía al arte de la imagen. El otro lado, el de los bailes con la dama blanca al acordeón de la luna, también llevaban su influjo. Por aquellos tiempos, Ramón era más epicúreo que el propio filósofo, pero con una sobriedad abismal. Se metía de todo, a todas horas, y nada parecía afectarle: el mismo temple, los mismos chistes, el mismo brillo en la cara, las mismas ganas de seguir viviendo. Era de esas personas que habían optado por ofrecer siempre la cara amable, fueran cual fuesen las circunstancias. Si lo hacía por miedo o por coraje daba igual, al fin y al cabo este es un mundo donde no se valoran las intenciones sino los resultados.

Antonio Fuensanta, durante esos años, no es que sufriera una transformación, simplemente fue descubriéndose a sí mismo. Natural de un pueblo de Segovia y tercer hijo en una humilde familia que regentaba una carnicería, nunca tuvo una educación demasiado compleja, ni en el fondo ni en las formas. Sólo en la sencillez y las buenas intenciones, en ser feliz con ir viviendo. Aunque nunca se sintió integrado y huyó de allí en cuanto pudo, sí tenía un lastre cultural, masificado en su carácter introvertido. Una especie de bloqueo que le mantenía atado, que no le dejaba ser él. Unas cadenas que reventaron el día que conoció a Ramón y se enamoró de él. El día que su homosexualidad saltó como un volcán que lleva tanto tiempo latiendo, que una vez abierto ni el mismísimo silencio lo puede callar. Una vez hallada la llave del presente, Antonio fue dando portazos al pasado, alejándose cuanto podía de él. Sentía la necesidad de borrar y liberarse, de dejar espacio libre para todo lo que estaba por venir. Lo que cortó de raíz casi todo contacto sucedió el 24 de julio de 2005, cuando Toño y Ramón contrajeron matrimonio de forma legal, gracias a la nueva ley aprobada por el entonces voluntarioso gobierno socialista unos días antes. De hecho fueron la tercera pareja en hacerlo, una valiente medalla de cartón bronce. Aun así, para Ramón aquel tercer puesto siempre fue una decepción. Siempre decía que no fueron la primera por motivos políticos, sin dejar muy claro cuales eran dichas razones.

Si a Paquito le preguntaran un concepto que definiera aquel nuncio no dudaría: felicidad. De los contrayentes, de los amigos, de una bucólica villa granadina que se volcó en la ofrenda. A Venancio y a Paquito les tocaron ser padrinos ya que Iñigo, único familiar directo de Antonio que acudió a la celebración, declinó las responsabilidades oficiosas. Fue el único borrón, el resto rozó lo etéreo. La ceremonia se celebro en unos Jardines del siglo XIX cercanos a Segovia, hermosos de por sí, pero elevados por varios centenares de rosas rojas y blancas. Aquello no parecía el lugar común: parecía el núcleo rural de la primavera. Paquito nunca había pensado demasiado en ello pero aquel día llegó a la conclusión de que las bodas homosexuales eran mucho mejor que las heterosexuales, en la forma y en el fondo. Tenían el sentimiento de pureza y unión, pero también el de reivindicación y lucha. Parece algo simple pero no lo es: se cuentan con los dedos de la mano los lugares en el mundo en el que dos personas del mismo sexo pueden amarse sin ningún tipo de traba burocrática, sin clandestinidad. Por lo demás, mantenían las constantes que dan a las bodas su categoría social de evento extraordinario: el marisco, las actualizaciones vitales en familiares y amigos, los buenos deseos, las promesas, un gran vino, los bailes imposibles de algún tío Amancio, los académicos círculos de pacharán y puro; esos intrépidos botones que poco a poco te van liberando hasta la divina recesión. En lo particular, Paquito encontró la compañía de una prima hermana de Ramón que residía desde hacia diez años en Suiza y que llevaba un sugerente vestido rojo. Por alguna extraña razón, o por devenires del momento, ella comulgaba con el siempre complicado humor de Paquito, algo que ya de por mera estadística era un logro. En una recíproca comunión, él se mostraba muy comprensivo con los dolores de espalda de ella, provocados por un doble peso frontal que le mantenía hipnotizado. Por tanto, la noche, que ya prometía bastante, empezaba a tomar los carices de las jornadas memorables. Pero no hay que fiarse del destino, en el fondo es cabrón un poco cachondo, y sus vadeos son siempre imprevisibles: la mujer tenía los últimos retazos de la regla y un avión que salía en nueve horas después hacia tierras helvéticas donde, por cierto, le esperaba su segundo marido. Paquito, que por aquel entonces estaba en una fase muy empírica, no paró hasta constatar ambas cosas por su propia mano.

Antonio y Ramón empezaron entonces su vida en común, su sueño, su pequeño proyecto de pares entrelazados hacia el denominador único, hacia un elevado bien común. Aislados en diáfano piso que alquilaron junto a la plaza de Vázquez de Mella, llegaron a desaparecer del mundo durante algunos meses. Ellos se bastaban y no había ningún otro factor externo que motivase una interrupción en el cruce de sus ojos, que por algún magnético motivo no podían parar de mirarse. Sobre todo Antonio, que empezó a sufrir una dependencia total de su esposo: no veía nada más allá de él. Bueno, sólo una cosa, que le asilaba aún más: su trabajo. Ramón seguía llenando bares y Antonio creando, con una exactitud cada vez más enfermiza, encerrándose durante horas y horas en un improvisado despacho sin amueblar, con la gratitud del wi-fi del vecino. Tras varios meses, entregó a una productora el borrador del guión de su primera película. El interés fue inmediato, pero los costes de la misma estaban en el rango de los directores estrellas y no de los noveles, por lo que le pidieron que la reescribiera. Cuando el arte depende del dinero se topa constantemente con él; como una aleación de agua y aceite condenada a fundirse en el núcleo. Como este es un mundo de dólares y no de ideas, Antonio accedió a simplificar las cosas, a intentar abaratar conceptos sin desnudar su esencia. Algo bloqueado, recurrió entonces a un escritor que si bien no era el más talentoso de su agenda, sí era en quien más confiaba. Hablamos, como no, de nuestro queridísimo Paquito España.

Paquito, que por aquel entonces no entendía nada de escritura audiovisual rechazó en un principio la oferta, al no sentirse capacitado y por temor a lastrar más que a ayudar a su amigo. Al final, la insistencia de uno y las necesidades tanto económicas como motivacionales del otro hicieron que se conformaran la dupla. Paquito se lo tomó muy enserio y pasó un par de semanas encerrado con los eruditos de la materia: McGee, Linda Seger, Xavier Pérez; buceó por los libros con una ilusión ya desconocida para él, tomó conciencia. Y olvidó las torturas del reloj y la apatía durante unos intensos cinco meses. En jornadas de ocho horas que se solían multiplicar si Ramón, a lo duende del parque, llegaba cargado de reconstituyentes, fueron cambiando una historia que partía pretenciosa y que fue tornándose en algo más puro y simple, más humano. Dieron la vuelta a todo para dejarlo como estaba, discutieron, sacaron segundos mágicos tras interminables minutos de infértil silencio. Al entregar el resultado, llegó la bomba: habría que esperar algunos meses más, pero el largometraje podría interesar en Hollywood.


Paquito sacó su discurso del bolsillo y estiró el papel despacio. Aquel era el resultado de una noche en vela y no estaba seguro si aquello sólo eran otra sarta de fonemas vacíos, al extremo contrario pero en paralelo a Don Ernesto. Aún así, clavó su mirada lejos, aclaró su voz, y empezó a derramar entre dientes:

Toño, hoy de repente te has ido. A tú manera…

Empezó leyendo despacio, lo suficientemente pausado como para darse cuenta de lo hueco de sus palabras. Cada oración tenía menos significado, menos fuerza, su voz era cada vez menos convincente. Aún así, como Don Ernesto, sólo con la belleza del ritmo y la grandilocuencia de los términos consiguió emocionar a los presentes, soltar algunas lágrimas.

Acabó entre sollozos, haciendo inaudible el final del discurso. Sólo pudo mirar a Ramón, fundirse en un abrazo a él. El pobre a duras penas intentaba mantenerse firme, al fin y al cabo le tocaba a él el turno de la palabra. Siendo un hombre mucho más sentimental que Paquito, aguantó el tirón como una verdadera roca, teniendo en cuenta el corazón y las circunstancias. Habló de Antonio y lo desnudó. Él que sólo sabía emocionar con las corcheas, había encontrado también las palabras.

Tras una última bendición, Don Ernesto dio vía libre para sellar la tumba. Antonio Fuensanta no descansaría bajo tierra, lo haría sobre un enorme muro repleto de nichos. Los tiempos cambian y el suelo es cada vez más caro: ya sólo los ricos pueden permitirse el lujo de un pedacito de tierra. El ritual, como marcan los cánones, se cerró con los pésames, todo el mundo en fila de a uno haciendo cola, abrazando a Iñigo, cogiendo de la mano a Carmina, besando a Ramón. Paquito realizó todos los pasos con pulcritud, sin desviar un grado el alma del protocolo. Luego, tras algunas despedidas, avanzó junto a Venancio de vuelta al coche. A mitad de camino se dio la vuelta, buscó con la mirada a Antonio. No lo encontró: sólo alcanzó a ver un enorme mural de almas colgadas al olvido.


No en un mural, si no en un enorme cajón de despacho parecía haberse perdido el guión de Antonio y Paquito. Tras el interés americano, lo tradujeron al inglés con la ayuda de Scott, un amigo escocés común a ambos. Hubo una tímida respuesta, pero el interés pareció enfriarse y la cosa nunca terminaba de salir. Para colmo la productora española que llevaba el proyecto quebró, tras un par de aventuras empresariales demasiado arriesgadas para el país en el que vivimos. Antonio, que había empleado demasiadas dosis de esfuerzo en aquel barco que nunca partía, cayó en su primera depresión importante. Sólo fueron algunos meses, pero empezó a construir su caparazón de hierro. Ramón, que por extensión era al que le tocaba sobrellevar casi todo el peso, persistió con su sonrisa días enteros, realzándole y poniendo su hombro para serenar las pequeñas recaídas. Incluso y por mero amor hacia su compañero, decidió retirarse de la noche y sus nubladas consecuencias. Antonio ya era demasiado aficionado a todo, por lo que como par debían alejarse. Y lo hicieron, al menos la mitad del conjunto.

Carlos, que llevaba la fotografía de una serie de notable éxito y calidad a nivel estatal, consiguió que le dieran a Antonio algunos capítulos para dirigir. La cosa no iba mal, parecía comprender hasta donde llegaban sus limitaciones creativas y con el equipo, si bien la relación no era excelente, sí al menos cordial. Hasta que un día reventó. Espoleado por una fuerte discusión con Ramón, llegó al set encendido y empezó a cambiar todo el plan de rodaje, gritando al Ayudante de Dirección si aquello lo había planificado un robot, un mono o su malnacida progenitora. Tras un caótico día donde sólo pudieron rodar tres planos (incluyendo un plano fijo de doce minutos que hubo que repetir ocho veces) y donde producción tuvo que ir hasta tres veces a por cocaína, Toño fue fulminantemente despedido. La cosa podía haber quedado ahí, pero Antonio decidió hundir su nombre un poco más, llevarlo a los infiernos: entró en el despacho del Productor Ejecutivo y le lanzó cinco bombas fétidas a la cabeza. Ya pueden imaginarse el resultado.

Tras un ultimátum de Ramón y varias charlas de los que se revelaron sus verdaderos amigos, decidió ingresar en un centro de desintoxicación cercano a Oviedo. Tras seis meses de aislamiento absoluto (Ramón sólo le pudo visitar por Navidad y por su cumpleaños), salió a la calle. Y no lo hizo vacío, si no con una idea en la cabeza. Un nuevo proyecto. Lo que por fin les sacaría del ostracismo y les llevaría donde debían estar. Paquito que había conseguido su primer trabajo fijo en años (redactor en un periódico gratuito, era el encargado de la sección de sociedad), lo abandonó ipso facto para ponerse al lado de su amigo. Al fin y al cabo la cosa prometía. Y si Ramón estaba tan seguro de que funcionaría, no había base cabal ni científica como para no creerle.

El proyecto se trataba de una mini-serie de televisión, de siete capítulos, uno dedicado a cada pecado capital. Cada uno de ellos, de una duración aproximada de cincuenta minutos se acercaba a los vicios y virtudes de la sociedad española, con una trama aventurera que lo hilaba todo y grandes dosis de comedia, lo que al menos potencialmente, le daba cierto carácter comercial. A Paquito la idea le entusiasmó: eran los guiños del mejor Antonio de siempre, pero con los pies un poco más en la tierra. Ambos se encerraron en su antigua habitación, que pese al paso del polvo y de los años, seguía en un inquietante déficit de muebles. La historia salió limpia y sin muchos problemas estructurales, Antonio la tenía muy bien definida en su cabeza sólo hubo que moldearla poco. La mayor aportación de Paquito fue aligerarla, darle más humor y menos filosofía, hacer la más banal y apta para las mentalidades modernas. Y le costó lo suyo: no es fácil argumentar en las filas de la ignorancia.

Visitaron alguna de las productoras grandes, pero a ninguna convencía del todo. El problema no era la historia, ni los presupuestos, el inconveniente era que no se fiaban de Antonio. No había pasado demasiado tiempo desde su famoso “abordaje al búnker productivo”, como se le conocía ya en la profesión; y poner dinero en sus manos era asumir un riesgo empresarial demasiado elevado. Todas las puertas se cerraban, a la par que la inquietud y el nerviosismo entraban en escena. Cuando parecía que Toño iba a volver a recaer, apareció el giro, el milagro. Jonathan Hughes, un productor inglés recién afincado en España, quería que Siete iras (como se llamaba la serie), fuese su primer producto en nuestro país. Sus medios financieros, algo limitados, hicieron que la cosa se retrasará un poco, pero tras un par de préstamos, con Antonio y Hughes compuestos en sociedad, salió hacia delante, y un pequeño equipo de rodaje se traslado a la isla de Menorca un treinta de junio de luna menguante.

Todo pintaba muy bien y las cosas iban redondas tras los tres primeros días de trabajo. Los dos actores principales, jóvenes pero bastante notorios ya la industria, le estaban dando ese punto más que sólo se consigue en la personalización del concepto. El equipo funcionaba bien y Antonio estaba suelto y medianamente sobrio. Había vuelto a beber y acometer a algunas de sus pequeñas maldades, pero siempre bajo control y equilibrio, como las primeras veces. Paquito andaba también feliz, le habían dado el papel de guionista en rodaje, que más bien equivalía a darle una tarjeta de acceso ilimitado sin muchas responsabilidades. Aún así, y dado los problemas comunicativos que tenía el bueno de Toño con respecto a otros seres de su misma especie, ejerció el papel de coach de actores. Era una función que le apasionaba: tenía que hacer comprender a los intérpretes la escena y la relación de esta con sus personajes. Como los actores son unos seres especiales que tienen que similar todo en un tono elevado y metafísico, básicamente se encargaba de concatenar pajas mentales. Algo que le apasionaba y que hacía a todas horas gratis por lo que ya pueden imaginarse la emoción que le albergaba con el hecho que le pagasen por ello.

Se dice que a un set hay que llevarse los deberes muy bien hechos, porque los problemas ya brotan por sí solos, sin necesidad de que nadie les llame. Antonio Fuensanta, adalid del perfeccionismo, bien lo sabía y sólo había dejado al azar los incontrolables. Uno de esos incontrolables es el tiempo, los arcos de idas y venidas del caprichoso sol. Como por necesidades de producción nada se graba cronológicamente hay que tener una continuidad en los planos, un raccord. Cuando grabas en exteriores es normal tirar planos corriendo entre dos ventanas de sol o entre dos noches de nube. O tener que parar todo durante horas porque se ha puesto a llover. Murphy, a pesar de ser un señor con mucho trabajo, nunca falta a una cita por lo que estas putadas son normales, y raro es en la grabación que no se producen. Esta profesión es así, por lo que este tipo de circunstancia se aceptan sin darles demasiada importancia. Lo de Siete iras fue diferente: que aparezca una tormenta de dimensiones tropicales en Menorca a principios de julio es algo fuera de lo normal, sólo al alcance de gafes y acólitos de la desgracia.

Los decorados quedaron parcialmente destruidos por lo que hubo que retrasar todo varios meses, empezando la escalada de aumento de costes. El segundo problema era que Jaime de Quesada, el principal secundario había firmado con una nueva y revolucionaria serie familiar de Globomedia, por lo que se plantearon muchas dificultades para compatibilizar ambos rodajes. Tras muchas discusiones, internas y externas, Antonio decidió sustituirle y volver a grabar todos los planos de Jaime con un nuevo actor. Cambiar de actor en pleno rodaje siempre es complicado, supone un seísmo, un pequeño golpea la confianza, motor primario de las artes emocionales. Las cosas se desnormalizan y supone un riesgo de quiebra. Aún así el chico, que contaba con muy poca experiencia, trajo los deberes bien hechos y aunque no había una especial simbiosis entre él y Horacio Lobos, el protagonista y sorprendente ganador de un premio en Cannes, salió airoso del paso.

No se puede decir lo mismo de James Stwenson, mano derecha de Hughes y al cargo de la dirección de producción. El hombre, de aspecto tranquilo, emanaba un gran halo de seguridad. Lo que en este puesto es imprescindible. Lo trasmitía, eso sí, exteriormente, porque en la práctica era un sonoro desastre. El siguiente envite con el que tuvo que batirse el pobre Antonio Fuensanta fue con la incapacidad de este hombre para coordinarse que el resto de seres vivos del rodaje. Fue cometiendo pequeños errores que en efecto surrealista de bola de nieve tuvieron su clímax en la jornada número doce. Era un día tranquilo teóricamente tranquilo, sólo había que grabar en los decorados, en la mayoría diálogos sin excesiva complicación. Por eso Paquito y Antonio bromeaban tranquilos en el desayuno, comentando la caída de un eléctrico el día anterior, al intentar colocar un foco sobre un tejadillo de madera. Entonces llegó James muy sonriente, diciendo que ya estaban preparados los helicópteros para las tomas aéreas. Como pueden imaginarse lo que cuesta alquilar uno de esos aparatos para rodar no les será difícil proyectar el rostro de Antonio, que duplicó su edad facial sin proponérselo. El drama era evidente: no sólo no tocaba traer los helicópteros, es que ni si quiera era en esa isla donde había que rodarlos. Dichos planos, los más caros de la producción, estaban dedicados al episodio final, que había que grabar parcialmente en la cercana isla de La Cabrera. Por su puesto, dichas tomas fueron suprimidas al instante.

Si las cosas van mal, pueden ir peor. Los tópicos suelen ser poco fiables, pero algunos tienen sus capas de verdad. Otros, como este, rozan la perfección. Antonio, más centrado que nunca, intentaba mantenerse tranquilo, dar una imagen de seguridad al grupo. El barco zozobraba y él, como capitán, debía mantener el rumbo y la fe, ser timón, timonel y marinero. Claro que lo hacía a su manera, para adentro. Revisando sus notas, intentando simplificar todo, dando vueltas al guión y a las formas. Apenas dormía dos horas al día y según iban sumándose dificultades, más intentaba sobreponerse a ellas. Paquito, junto con el primer Ayudante de dirección, eran los portavoces, el nexo que unía la realidad de Antonio con la de sus semejantes, la de un dios con su pueblo. Pero aquel rodaje empezaba a parecerse más a un árbol maduro que a una escultura por pulir, cada golpe que recibía no moldeaba un ser más perfecto, resquebrajaba la figura como un montón de frutas condenadas al suelo.

Y lo hacía a ambas caras de la vida, en el arte y en la ciencia. El equipo técnico, bastante profesional en sus cabezas de cartel pero repleto de meritorios en los puestos de intendencia, empezó a caer en la apatía. Tras un inicio ilusionante, empezaron los problemas. La gente desaparecía del set, los cigarros y las esperas se multiplicaban, las cosas, por alguna razón, nunca estaban donde debían. Los técnicos suelen funcionar como bloque y como bloque fueron perdiendo interés por el proyecto a la par que albergaban serias dudas sobre si llegarían a cobrar. Aún así, las mayores perdidas venían del elenco artístico. Patricia Luengo, la actriz protagonista, sufrió un duro revés: sus padres, junto con su hermano y su cuñada, fallecieron en un accidente de tráfico a la salida del túnel de Guadarrama, en la A-6. Tras ausentarse tres días del rodaje de forma física, su mente nunca volvió a él. Patricia insistía en que quería seguir, pero era difícil ponerse en la piel de otro cuando estaba asido al de ella misma, fundida en dolor y duelo.

El colmo lo llevaba el protagonista, Horacio de Lobos, uno de esos seres con el ego multiplicado varias veces por el de su cuerpo. El sujeto, con un potencial interpretativo brutal, carecía de cualquier sentido de equilibrio emocional. Irascible, fue ganándose enemigos día a día, y la mayor parte del equipo intentaba boicotear sus tomas, para que de alguna forma no apareciera todo lo favorecido que debería. Con Antonio la relación no era mucho mejor, Horacio le discutía cada decisión, intentando convencer de que su personaje no era como lo quería hacer ver. Este tipo de gente es imposible: da igual que hayas creado tú la historia, los personajes, el contexto; para ellos la única verdad es el punto que conjuga la dirección de cada uno de sus ojos. Paquito, que por aquel entonces ya no andaba muy tranquilo, intento hacérselo ver: en una escalada que empezó en las buenas formas y acabó en los improperios. Como siempre, gana el fuerte, la imagen de marca: Paquito fue condenado a estar al menos a cien metros de Horacio y el set.

Cuando faltaban diez días para terminar la grabación, el equipo técnico y artístico se puso en huelga. Con porcentajes variables según el puesto y calidad del individuo, debían cobrar una parte de su dinero antes de que acabara el rodaje, pero ninguno había recibido un solo euro. Venancio, que tenía un papel en el desenlace de la serie, tiró de galones y consiguió serenar un poco los ánimos, lanzando promesas que ni el mismo sabía si se podrían cumplir. Además, por el conjunto de desajustes y retrasos, las jornadas eran cada vez más maratonianas, hinchándose como un globo que sabe que no alcanzará el cielo por el precio de la gula. Todo eran dudas, incertidumbres, caos. Antonio había pasado a la frontera bipolar, que variaba en ciclos irregulares de tres horas: de la apatía a la hiperactividad, de la depresión a muro de carga. Paquito, extasiado en varios frentes, tampoco ayudaba mucho: básicamente gritaba y discutía con todo el mundo, sin discriminaciones por sexo, raza, religión o cargo.

Como guinda, llegó la primera certeza, de manos de un Stwenson desolado: Jonathan Hughes había huido con todo el dinero. El rodaje se acababa cuatro días antes de su conclusión, sin alguno de los planos fundamentales para comprender la historia. Hughes huyó con el botín a lo balsero, por la parte de atrás del barco, mientras el resto de la tripulación intentaba tapar con su cuerpo las grietas. Antonio intentó acabar como fuera, en plan guerrilla, aprovechando lo poco que tenían en mano y no les podían quitar. Reunió a los principales actores y a los jefes de equipo y entre lágrimas les pidió dos días más. Sólo fue uno y medio: Horacio discutió una toma con Antonio, la cosa se calentó, entró en lo personal y acabó al alza, como las buenas tragedias: cruce de puñetazos entre de Horacio de Lobos y Venancio Urrutia, con el protagonista de la obra en el hospital. En el cara a cara siempre ganan los que han estudiado en la calle.

Ahí acabó Siete iras. Antonio intentó montar lo que tenía, incluso consiguió darle un final a la serie, o al menos sugerirlo. Intentó en postproducción arreglar todos los desaguisados, lo hizo en parte. Intentó venderlo pero nadie quiso comprarlo. Y esta vez no valía el debate de las ideas y el dinero, simplemente aquello no era un buen producto. Además, estaba la ruina económica, ya que Antonio, en una obsesión porque nadie pudiera interferir en el proceso creativo, ocupaba también el papel de productor ejecutivo, por lo que la mayoría de las firmas también llevaban su nombre. Con el de Jonathan Hughes. Sólo que esa persona, desaparecida de la faz de la tierra sin dejar un mínimo rastro, nunca había existido, al menos en términos legales. Y ahí fue cuando se acabó Antonio.


Sonaba Wish you were here en la radio del Renault 21 de Venancio Urrutia. Siempre que estaba deprimido escuchaba esa canción, tarareándola en un tono suave y desgarrado. Las canciones tienen el poder místico de llevarnos a lugares y a personas, a estados emocionales tanto de euforia como de melancolía, a esferas y tiempos donde todo era un poquito mejor. Paquito movía la pierna nervioso, aunque de cintura para arriba estuviera abatido.

-La vida no funciona como debería... no respeta al talento.
-Paco, el talento hay que saber llevarlo… no basta con tenerlo, hay que…
-Debería bastar.
-Tal vez… pero aun así hay que saber encaminarlo. Por sí sólo no vale tanto… no hoy en día. Ya no es un bien tan escaso.
-¿Tú crees? Mira a tu alrededor y no me jodas…
-Todo el mundo tiene talento. Cada uno para algo distinto, pero todas las personas tienen algo. Las artes se llevan su porcentaje, como en todo. Tener cierta magia no es nada extraordinario, forma parte del ser humano… otra cosa, es el éxito y ahí ya manda el trabajo…
-¿Trabajo? Y Toño ¿qué? ¿se tocaba los huevos?
-Déjame terminar, coño… manda el trabajo… y la puta suerte. Y él no tuvo suerte. Siempre le pasaba algo, no… no le dejaron crecer. No era lo suficientemente fuerte como para tolerar el fracaso.
-Era un genio.
-Sí, posiblemente… Pero no supo llevarse a sí mismo… su cara… si hasta cuando estaba bien parecía deprimido… no sé, no me hubiera gustado ser él… estar en su cabeza… debía de ser muy difícil. No sé si no supo vivir la vida o fue la vida la que no le dejó vivir pero… no sé yo no le veía capaz de salir de ahí… tal vez esto haya sido lo mejor, sólo era cuestión de tiempo…


Porque la curva vital de Antonio Fuensanta en los siguientes cinco años ya sólo se lanzó en descenso. Sumido en las deudas, volvió a caer en sus infiernos, en los pasados con la atenuante del peso que te va dando la suma de futuros. Decidió anestesiarse para respirar. Mirar sólo a la noche, odiar todo lo demás. Tomó el camino del rencor porque posiblemente no le dieron alternativa, y lo cogió con abnegación y firmeza, como si en alejarse del mundo estuviera su nuevo y definitivo fin. Y con ello, lo fue perdiendo todo. Primero la salud y la conciencia, los amigos, los que se cansaron de numeritos de incomprendido, de bandazos emocionales y sablazos económicos, los que empezaron a ver a Antonio como un arlequín de Callejeros. Sólo se quedaron a su lado un puñado, que por aquel entonces ya estaban más preocupados de Ramón que del propio Antonio. Si al principio, la dependencia en la relación caía en los brazos de Toño, la situación se había invertido. Ahora era Ramón el adicto, con efectos fatales para él. Todas las iras y devaneos, todos los desequilibrios y frustraciones caían sobre el pobre Ramón, totalmente enganchado y deprimido, ocasionalmente golpeado. Encerrado una cárcel menguante, sumido.

Las discusiones, las lágrimas, los continuos cabezazos en el muro de las desilusiones. Ramón empezó por dejar a su grupo y acabó por dejarse a sí mismo, por abandonarse a unos brazos que le repelían y atrapaban con igual firmeza. Como Antonio, Ramón dejó de ser Ramón, dejó su eterna sonrisa en el peaje de ir malviviendo los años. Su mirada, siempre al frente y al cielo, siempre volando en positivo, se fue velando a contraluz. Como si el sol, cansado de iluminarle el camino, se hubiera opuesto a él. En un horrendo cubículo vacío, donde sólo cabía el miedo, disfrazo de certeza: ya nada volvería a ser como antes. Y para él, sin eso no había sentido… Paquito y Venancio lo intentaron todo, desde el aperitivo emocional a las broncas tormentosas. Al final, Ramón capituló y decidió romper con Antonio. Y lo decidió frente a un viejo árbol, en el rincón más escondido del Retiro. Allí donde grabaron a navaja sus nombres hacía más de ocho años. Como su adicción era total, la ruptura tenía que ser radical, abrupta: sólo sin verle podría olvidarlo. Por eso, y tras un par de nefastas recaídas, decidió cortar todo contacto con Antonio, lo contrario a lo que dictaba su corazón, lo necesario. Es duro pero cuando lo que más quieres es también lo que más te destruye no te queda otra que huir de ti mismo, enterrarte en vida para poder renacer de nuevo. Posiblemente estos esfuerzos sean los más difíciles que pueda acometer un hombre por partir del alma propia contra toda voluntad. Ramón fue duro y lo hizo, y como consecuencia rompió los pocos lazos que le quedaban a Antonio con el mundo.

Uno de esos hilos era Paquito que si bien había asumido que era muy complicado reciclar a su amigo, sí intentaba darle algunas dosis de conversación de vez en cuando. Salvo unos meses donde Antonio no quiso ver a nadie, estuvo allí, viendo como la figura se iba sumiendo poco a poco. Al contrario que con Ramón, no intentó reconvertirle, al menos de una forma directa y clara. Sabía que con Toño poco había que hacer. Sólo esperar a que los pies tocaran el suelo… y que lo hicieran con alguna fuerza como para poder despegar de nuevo. El fondo lo tocó cuando se cumplía un aniversario de su ruptura con Ramón: Paquito se lo encontró, casualmente, tirado entre unos cubos de basura junto a la plaza del Grial, cuando deambulaba en busca de compañía para tomar una copa. Andrajoso y sin dinero, le habían echado de su casa y se había tirado a la calle por lo que no le quedó otra cosa a nuestro amigo que recogerlo. Cuando lo reconoció, esbozó sin inmutarse: “Joder Paco, no dejáis a uno ni morirse en paz”.

Paquito lo adoptó en casa y junto con la ayudad de Venancio, consiguieron que si bien no volara, sí se mantuviera a flote. Con sus variaciones emocionales, intrínsecas e imposibles de extraer, fue adoptando un tono gris que al menos le permitía entrar en la gama de color, como siempre decía su psicólogo. Un trabajo de profesor en una escuela de audiovisuales le permitió respirar económicamente y alquilarse una pequeña buhardilla en Carabanchel. Ahí pasó su último año y medio. Bien. Sin ilusiones, sin metas, tirando. Con las drogas fuera, con una bandeja llena de anti depresivos por dentro: las medicinas son pinzas que te sostienen, pero que se pueden soltar con cualquier vientecillo malo. Ramón, una vez limpio, también comenzó a visitarlo de nuevo, renovando el aire. Había vuelto a coger la guitarra e incluso se había atrevido con una nueva relación, un universitario diez años menos que él. Por su puesto, nunca le dijo una palabra a Antonio.

Él decía que le daba igual pero el último golpe se lo había dado hacía un par de meses su otro gran amante, el cine. En Estados Unidos estrenaron un nuevo film, protagonizado por Nick Nolte, sospechosamente parecido a aquella obra maestra que nunca le dejaron rodar. Paquito le imperó a que denunciara, pero Antonio, relajado, dijo que ya no tenía ganas. El asunto, que había indignado a Paquito y llevado su ya natural de por sí antiamericanismo a cotas galácticas, pasó desapercibido ante el bueno de Toño. Ni siquiera pareció enfadarse, sólo le pregunto si era una buena película. Lo malo es que parecía serlo.


Como ni Paquito ni Venancio querían estar solos fueron a desayunar a casa del primero. Como siempre se pasaron media mañana discutiendo, sin llegar a las cotas de la seriedad. Cuando se debatía sobre si ir a comer a un mesón o a un chino, Ramón tocó al móvil de Paquito. Parece ser que junto al cadáver había dejado una nota, a nombre de Paquito, y la policía iba a dejar por respeto que fuese él quien la abriese. Tiraron por lo rápido y se fueron a un kebab, pues habían quedado con Ramón y la Científica a primera hora de la tarde.

De camino allí, Paquito no paró de darle vueltas a lo que podría poner aquella nota. Tal vez era una despedida, una justificación, una confesión post mortem que su delicado carácter no le había dejado acometer en vida. Los oficiales les recibieron en el portal, advirtiéndoles que el escenario todavía no había sido tocado desde el suicidio, sugiriendo que no fueran ellos quien lo hiciesen. Cuando llegó Ramón subieron los cinco y al abrirse la puerta llegó la primera sorpresa: Antonio se había grabado en video el suicidio. Una Red One, cabalgada en un trípode apuntaba hacia una silla en medio del salón-cocina-comedor, manchado por un flash de sangre reseca. Al abrir la nota, no había ni despedida, ni saludo, ni si quiera un qué tal o un siento haberme ido. Era las instrucciones para que abriera un archivo en el Final Cut de su ordenador, donde había pre-montado su despedida, su obra póstuma. El último plano, debía añadirlo de la cinta de la cámara, y ese era la secuencia más violenta que jamás había rodado: su propia muerte.

Nadie sabrá nunca cuanto tiempo le debía haber costado grabar eso. Paquito estimaba que al menos un año, pero tratándose de Toño podían haber sido unos pocos meses. Tampoco de donde había podido sacar una cámara que valía tanto dinero, aunque todos pensaban que de alguna forma había conseguido robarla. Tampoco si lo que allí aparecían eran actores o no, todo fluía tan natural que parecía como si estuviese pensado. El vídeo, de unos cinco minutos, era un holograma de la vida y Madrid, o de Madrid y la propia vida. Con una voz en off y un réquiem sosteniendo el fondo, Antonio fue montando imágenes bellísimas, de la ciudad y de sus habitantes, en un ritmo prodigioso de planos y efectos que te iba moviendo como una montaña rusa. Y eran eso, imágenes bellas, como si la vida fuera tal. Como si quisiera demostrarnos que la felicidad son momentos, que la beldad no entiende de pobres. Antonio había compuesto un manual alegórico sobre la alegría, sobre un Madrid lúcido y melancólico, sobre las pequeñas estrellas anónimas que de tanto brillar, ni deslumbran. Sonrisas, abrazos, besos, regañinas, idas y venidas de un sol que nunca falla. Vicios, virtudes, regalos naturales por el mero hecho estar vivos. Antonio parecía haber robado esas imágenes, aunque tal acto de señoría no debía considerarse un acto delictivo. También Paquito y Venancio fueron grabados, sin darse cuenta, mientras brindaban por quién sabe qué. Ramón aparecía sólo, sentado junto a un viejo árbol en el Retiro, llorando sin lágrimas en los ojos.

La voz de Antonio acompañaba en todo momento la vorágine visual. Sonaba tranquila, dando a cada sílaba su tiempo justo, recreando cada palabra. El mensaje, conceptual como un Valery en su cementerio marino, iba refrendando la imagen, dándole la calidad literaria que merecía. Nombraba momentos, situaciones, sentimientos, pequeñas y grandes cosas que nos ayudan a tirar hacia delante. Todo lo que valen las cosas, y lo que valemos nosotros con ellas. Mientras avanzaban los segundos, el ambiente se iba sobrecogiendo en la habitación, ante el alumbramiento que estaban viviendo. Nadie decía nada pero todos pensaban lo mismo: cómo alguien que veía así la vida podía haberse suicidado. Paquito sospechaba que Antonio conocía la vida bastante mejor que la mayoría de sus semejantes, pero no en su más amplio espectro, del negro al blanco. En su epilogo había decidido mostrarle al mundo lo primero y quedarse para él lo segundo, como hubiera hecho un buen padre. La última frase, reservando el audio para el plano de la cámara, lo resumía todo: “Luchar por vivir… un final perfecto”.

El negro de la pantalla hizo que todos en sus mentes proyectaran la imagen de Antonio Fuensanta volándose el cerebro. El silencio duro varios segundos, un millón de ellos desde la subjetiva perspectiva de cualquiera de los presentes. Ninguno de los tres amigos vieron nunca la imagen final, hubiera sido demasiado duro. Al final de la nota y tras “un verdadero placer de haber compartido mis días contigo”, Antonio dejaba a Paquito la total libertad de hacer lo que quisiera con el corto. El debate, que lo abrió un todavía muy desorientado Ramón, duro poco.

-No sé… el mundo debería ver esto ¿no?
-Que le den por culo al mundo. No se lo merece.

Paquito se despidió de sus amigos y decidió volver dando un paseo por el centro. Como siempre, caminar le aliviaba tensiones, tan en el orden físico como en el emocional. Por fin conocía del todo a su amigo y por fin con palabras suyas, con su certera mirada. Y de repente empezó a sentirse muy mal consigo mismo. Su discurso en el cementerio había sido impersonal, vacío. Emotivo, sí, pero populista, sin rastro alguno de su amigo. No había sido sincero ni con Toño ni con él mismo. Aceleró el paso, y no paró ni concibió abstracción alguna hasta que se sentó ante la siempre vertiginosa hoja en blanco del word. Y empezó a escribir. Del tirón, vomitando, como se sueltan los sentimientos. Lo volcó todo, sin parones, ni dudas, sin preocuparse del desarrollo, como si hubiera línea directa entre su alma y la computadora. Luego, sólo lo releyó una vez. No quería embellecerlo, no quería formas vacías, sólo lo que sus dedos habían dictado.
Al caer la noche, volvió a la Almudena. Y está vez sí, con batín, bombín y corbata, leyó serio:

Toño, hoy de repente te has ido. A tú manera, sin decirnos nada. Algunos pensarán que eres un cobarde, que siempre hay que pelear por seguir viviendo. Ellos no te conocen. Luchaste, y mucho. Contra ti y contra ellos, contra eso fantasmas de un mundo incapaz de no ver nada más allá de sus ojos, contra el peso de soportar la certeza. Toño, otros dirán que te perdiste, que no supiste leer el tiempo. Que elegiste la sinrazón de la luna antes que el abrigo del fuego. Ellos no lo comprenden: no saben lo que es mantenerse puro porque es nacer… y ya se están consumiendo.
Toño, los que te critican te darán mil motivos sin saber ni uno solo. Te hablará de la vida, de su vida, de tantas cosas que merecen la pena. De las risas, de los amigos, de la música, del viento. Te dirán que a veces, para sentir un segundo hay que vivir quinientos, que hay que saber mirar, que aquí tenemos el vaso medio lleno. Toño, no les culpes, son unos necios. Tú ya viste todo eso, sólo que el cristal de tu cámara impidió que te deslumbrara. O simplemente no lo hizo. Supongo que lo que a nosotros nos vale, era muy poco para ti.
Toño, dirán que eras raro, que nunca fuiste de los nuestros. Y en parte con razón: nosotros sólo somos una suma de reflejos, pero tú… tú tenías la llave hacia el otro lado del espejo. Y desde ahí nos mirabas, nos hacías gestos, tú veías el sol y la lluvia, nosotros solo los celos.
Toño… ¿de verdad es tan cruel el juego?
Dímelo, amigo, aunque sea disfrazadito de sueño, enséñame todo lo que viste, márcame lo que mide un verso. Toño, no estoy triste, estoy contento. Se acabaron. Las frustraciones, los odios, los malos momentos. Ya sólo quedas tú: tus historias, tus paneos… los retales de un mundo que sólo nos quiso querer cuando éramos unos soñadores ingenuos...
Toño… ¿a que sabe el deseo?
Dímelo, amigo, aunque me lo encriptes en un cuento, aunque me mientas y me engañes, da igual, soy otro mediocre necio. Dime que para ser valiente, no te vale con estar quieto… dime que hay solución aunque nos pille muy lejos. Dime amigo, a que sabe eso, lo de volar sin peso… dame un poco de luz que no está de más ver… aunque cada grano sea arena del mismo desierto.
Toño… ¿sería diferente si mandaran los nuestros?
No me respondas, no quiero saberlo…
Toño, en realidad hace años que te fuiste y no sé, ahora es cuando más te hecho de menos… ¿Sabes? Yo tampoco me encuentro. A veces voy, a veces vengo, a veces me rindo y lo intento. Pero cada vez que doy un paso… siento que me pierdo, que no hay sitio, que está todo lleno… que estamos solos, que sólo somos ánimas de un circo pequeño, lágrimas mezcladas con sal que dan la sensación a mar, las cenizas de nuestros muertos.
Toño, ¿Tú también te sentías muy pequeño?
Yo tanto, que a veces ni me veo. Salgo a la calle y me busco, y entre gigantes me encuentro, y me quedo en la cortina de humo, en silencio, con mi libreta vacía, sin estribillo ni punteo: como una triste melodía que se va fundiendo a lo lejos…
Toño, a veces creo que este mundo está muy viejo… ¿sabes? Yo también he dibujado muchas veces ese final perfecto. Pero luego… luego me entra el temblor y vuelvo. A mi póker, a mis chicas, a mis sesiones de terapia con Venancio, a refugiarme en los recuerdos. Veo una peli, sigo unos ojos, escribo un poquito… y a mi forma, no sé, me siento vivo… cansado y gris, anodino, sin ser ni estar, sin rastro de fe en el destino… como uno más, como lo son todos los niños.
Toño no te voy a preguntar por qué lo hiciste, porque tú eres distinto. Naciste con las alas batidas, con el pesado don de ver la vida como si fuera un libro. Ellos no lo entienden, pero tenías mil motivos. En tus raíces blancas, en tu instinto. Tú tenías el don de la sensibilidad del alma, y ese es el peor castigo.
Toño, hoy de repente te has ido. A tú manera, sin hacer ruido.
Gracias por todo, estés donde estés, amigo.

Paquito dejó la nota enganchada al crucifijo y se marchó despacio. Andando, como cualquiera: Ni muerto, ni vivo.

sábado, 13 de junio de 2009

Las desventuras de Paquito España (Vol. VI)

El primer envite del despertador cogió por sorpresa al bueno de Paquito España. Estaba seguro de no haber dormido más de cinco minutos en toda la noche por lo que aquel alarido alarmista no hacía más que refrendar su opinión de que la puntualidad era uno de los mayores pecados del mundo moderno. No le encontraba ningún tipo de sentido emocional, sólo racional y práctico. Consideraba al reloj como el primer objeto esclavizante de la historia y al despertador como su versión más cruel e indiscriminada. Su cuerpo, plomizo, se negaba al movimiento, mientras que su cabeza empezaba a retomar las cefaleas del día anterior. No estaba el bueno de Paquito enfermo, simplemente se encontraba en un estado de total preocupación. Para colmo las tormentosas circunstancias no eran internas si no externas: dependían de terceras personas, no de él. Aquello, no controlar al situación, ser espectador y no protagonista del juego, provocaba grandes dosis de ansiedad en Paquito, a veces llegando a bloquearle. Cuando él era parte activa solamente se abrumaba, como paso previo a una acción deliberadora vía horas de profunda reflexión. Se enterraba con el problema y se ahogaba en su hiel hasta que algún brote de inspiración acudía en su ayuda, y entonces volaba sobre él y sobre todos los hombres hasta los páramos claros, y actuaba en consecuencia a sus pálpitos y reflexiones, siempre en un equilibrado cincuenta por ciento. Por eso odiaba tanto estar al margen, ser la absurda comparsa. Andaba pues muy turbado Paquito España por una situación a todos ojos intrascendente, pero que él consideraba de importancia vital e incalculables consecuencias. Su queridísima prima hermana, la bella y sonriente Celia Castrejana, se había comprometido con un policía municipal.

La cuestión, que puede parecer baladí para muchos, no lo era para el bueno de Paquito España. Si había un estrato que odiaba, que maldecía y execraba ese era el de la policía. Sabía de sus funciones necesarias de control y regulación del orden público, incluso llegaba a comprenderlas, pero la experiencia no había hecho otra cosa que jugarle malas pasadas. Odiaba a la policía y, sobre todo, odiaba a la policía municipal de la capital del reino. A los Nacionales les consideraba algo más dignos y por la Guardia Civil sentía una mezcla entre respeto y pánico: a contraluz parecen el mismo diablo por lo que no conviene llevarles la contraria. Los munipás eran diferentes, más propios de la España de Paco Martinez Soria que de un cuerpo de seguridad de un país occidentalizado. No suelen ser muy listos, por lo que no dominan muy bien el castellano, y salvo algunos privilegiados casos, son pocos los que llegan a conjugar con el usted. Como no suele aparecer mucho por televisión, deben de creer que es cosa del siglo pasado. El estado físico va a la par del mental por lo que resulta complicado creer que alguno de esos hombres pudiera interceptar algo corriendo, a lo más alguna vieja despistada o algún yonki adormecido. Por lo demás, y salvando esa curiosa creencia de que un uniforme les confiere una superioridad estamental sobre el resto de los mortales, eran como la más común de las personas: amantes del fútbol, las cilindradas y las noches locas en Gandía o Benidorm. Es decir, el paradigma de la mediocridad moderna con unas caprichosas dosis de complejo de superioridad. El matarife perfecto.

El juicio es duro, sí, pero para entenderlo hay que naufragar sobre el noble corazón de Paquito España. Y, en modo flash-back, retrotraerse algunos años atrás. Cuando Paquito, hombre más de calle que de bibliotecas, gozaba de la cárcel del cannabis, de su esencia rota. Junto a sus camaradas del barrio, pasaba las horas flotando en esa nube de sonrisas y mareos grises, de concentración máxima en una dispersión absoluta. Paquito consideró siempre el hachís como un regalo de la naturaleza con vistas a sosegar el alma, un dosificador para regularla despacito, para subirla y requebrarla, para apagarla a la última hora del día, con vistas a un descanso fugaz. Pasado un tiempo, desaparecen las carcajadas y el jolgorio, y sólo queda la sensación de bienestar, el aplomo, la pequeña dosis de atoramiento que facilita el respirar. Así, todo acompañaba un porro a Paquito España durante aquellos días, y cualquier excusa era perfecta: coronar un banco, celebrar un encuentro, observar al Guernika, narcotizar alguna princesilla con vistas a robarle un beso.

Hacía tiempo que ya no fumaba con regularidad y cuando lo hacía era incapaz de sobrepasar las tres caladas: cuando has vivido en el vértigo conviene echarse unos pasos atrás para no terminar cayendo. Aún así, aquella mañana sufrió una irrebatable sensación de volver a sus viejos vicios de una manera plena y consciente, como cuando era niño y soñaba. Paquito siempre fue una persona muy adictiva y estaba convencido de que su estado actual no era otro que la consecuencia lógica a una vida de adicciones: a los libros, a la libertad, a lo incorrecto, a su corazón ajado por alguna niña. Su prima, a la que veneraba y protegía de manera equidistante, le había ocultado la relación durante varios meses, por temor a que Paquito no la aprobase y enfriase unas afinidades forjadas a cariño y fuego desde la juventud. Temor infundado, pues Paquito era incapaz de hacer el más mínimo conato de daño a su prima, por mucho que pudiera desearlo. Los dos fueron criados casi íntegramente por sus abuelos ya que ambas ramificaciones paternales trabajaban durante más de catorce horas al día, inconvenientes de la clase obrera. Los primigenios recuerdos de juventud de Paquito siempre estaban asidos a Celia, siete años menor que él, y con la que poseía una relación más propia de hermanos que de primos. Para Paquito, Celia era su enana, su pequeña ninfa de rizos de oro y sonrisa eterna, la pequeña olita que sólo necesitaba de un suspiro para acariciar el mar. Paquito se duchó tan deprisa que el agua apenas rozó su cuerpo: sólo consiguió eliminar la capa de sudor que había cubierto su tez de preocupaciones. Aquella cita le estresaba, como si aquel funcionario del Estado, sabedor de su odio por los cuerpos uniformados fuera capaz de encontrar una excusa perfecta para multarle. Paquito decía que les odiaba, pero realmente lo que les tenía era miedo.

Y es que ser un fumeta en Madrid era lo más parecido a un comunista en los tiempos de Franco: un ser cercano al diablo al que había que presionar hasta reventarle. Más de tres personas jóvenes de fachada alternativa apostados en algún rincón eran consideradas como reunión ilegal y la situación siempre terminaba con un registro. El acoso era total, el acecho constante, el final previsible: ninguno se libraba de terminar colaborando con en las arcas de la Comunidad para la elaboración de algún nuevo túnel, carretera o casual levantamiento de aceras. Realmente, y en comparación con otros países donde la posesión o el consumo estaba penado desde la cárcel hasta la cercenación de algún miembro corporal, la pena era mínima: sólo debías pagar una multa de unos 450 euros. Aún así, y teniendo el cuenta la magnitud del pecado (establecida como delito contra la salud pública en la archifamosa ley Corcuera del 92), seguía siendo una pena moralmente inadmisible. Y teniendo en cuenta la capacidad económica de Paquito España por aquellos tiempos, una losa inquebrantable. Realmente era como jugar al ratón y al gato, ellos perseguían y tú te las ingeniabas para que no te pillasen. Paquito España, junto con sus camaradas, solían parar en un pequeño parque, que carecida de vías de escape pero que contaba con unas medidas de seguridad muy eficientes. Junto a su banco había un pequeño monumento conmemorativo al General Vara de Rey y los héroes del Caney, un episodio de la Guerra de Cuba donde unos trescientos patrióticos españolitos aguantaron más de nueve horas el acoso de 4.000 soldados norteamericanos, que por aquel entonces compartían trinchera por Cuba. La hazaña, respetable, guardaba una trampa: la mayor parte del tiempo se lo pasaron corriendo hacia la costa unos detrás de otros. La estatua, circundada con una verja, era el lugar perfecto para esconder todo tipo de sustancias ya que, con la caída de la noche y sin unos conocimientos debidos de la cantidad de pequeños recodos con los que contaba, era imposible encontrar nada. Si metías la mano lo más que podrías obtener era una cucaracha, que por allí contaban con un mini Estado hiperpoblado e independiente. Esos pequeños seres antinucleares eran, si duda, el mayor apoyo con el que contaban nuestros amigos contra la represión.

Así, con las espaldas bien cubiertas iban superando la mayoría de las jornadas, al menos cuando jugaban en casa. Sólo la aparición de algún grupo de secretas conseguía darles caza. Es típico intentar identificar a la policía secreta y mucha gente se jacta de sus habilidades para ello: realmente es casi imposible, esos señores cuentan con la más común de todas las caras. Si no te fijas mucho, incluso podrían pasar por una sombra. Así, las visitas policiales, un par de veces al día, siempre finalizaban de la misma forma: sin rastro de sustancia ilegal alguna. Los guardias, impotentes, acudían una y otra vez en busca de su premio y, al ver que no lograban nada, al menos se entretenían vejando un poco. Del tradicional vacío de bolsillos, pasaban al cacheo para terminar con un literal toqueteo de bolas. Paquito y sus amigos sonreían falaces, sin esconder lo más mínimo su estado de ebriedad, lo que conseguía encrespar aún más a la autoridad. El caso más obvio era el de Celestino Domínguez, unos de los mayores hermanos y confesor de Paquito España, al que sus ojos tomaban el color de un crepúsculo ojeroso. El inspector, irritado tras unas semanas sin rascar nada, le imperaba:

-Y tú me vas a decir que no has fumado ¿verdad?
-Sí he fumado, señor, pero ya me lo he terminado todo…

En cierto modo, aquel acoso era divertido, y hacía sentirse a Paquito España un poco más rebelde. Él, soñador y contestatario, siempre había anhelado cosas por las que luchar, por las que obtener pequeñas victorias aunque fueran en pírrico resultado. La sociedad donde le había tocado nacer, hija del bienestar y esclava del inmovilismo, le dejaba poco margen de actuación. Los derechos, las libertades, todo había sido conquistado por la generación de sus progenitores, única doblemente paternal por haber tenido que educar tanto a sus padres como a sus hijos. A ellos les habían tocado las migajas, el resultado, que de tan bonito que había quedado pocas ganas había de seguir hacia delante. Las sociedades europeas de finales de siglo habían encontrado un camino hacia el equilibrio e ir para adelante sólo provocaba miedos: no fuera que quebrásemos lo que tantos años de reivindicación y lucha habían conseguido. O tal vez sólo era un sistema férreo de intereses, una red tan bien tejida como el más tupido de los velos. Eso sí, aquella diatriba diaria, por insignificante que fuera, les mantenían en cierta forma vivos. Y encabronados, que es la base de toda resistencia, moral o ilegítima. Seguramente pertenece Paquito España a una generación tan desgraciada que solo anhela sus miedos, por considerarlos más cercanos que la propia vida.

Y como en toda resistencia, fuero capitulando paulatinamente, algunos de manera múltiple, en una concatenación de infinitos ejemplos. Cada error, cada confianza, cada giro inesperado: cualquier rendija era suficiente, por lo que lo difícil era no caer. Paquito recordaba un 18 de Mayo con especial resquemor. Fue un sábado de esos en los que hay pocas ganas de nada por lo que te apuntas solamente a un vuelo raso. Corporalmente se encontraban donde siempre, mientras que su mente, aliñada y acicalada, se hallaba ya debatiendo entre el cielo y el ocaso. La noche era tranquila y el abrigo de su parque era cuanto necesitaban: cuando se cuentan con pocas pretensiones todo más allá del suelo de la luna parece como un lejano cuento. Llegaron pues, puntuales a su cita los gendarmes, que ya en sus andares parecían más crispados que otros días. Con sus ojos de linterna barrieron todo el espacio, vital y aéreo, mientras nuestros amigos observaban piadosos en sus ojillos nublados: como tantas veces el tesoro estaba demasiado lejos, sin la ayuda de un perro no podrían encontrar nada. Les pidieron las identificaciones y, tras el tradicional vacío de bolsillos y casi sexual toqueteo, los policías, sin mediar palabra, empezaron a rellenar sus recetas en papel reciclado. Como si de una rifa se tratase, sólo que todos contaban con premio.

-Pero… ¿Nos van a multar?
-Residuos de botellón.

El gesto fue acompañado con un brusco giro de cabeza que ayudó a nuestros compañeros a enfocar al suelo, donde se hallaba medio enterrada en la arena una bolsa de Risketos, con varias cáscaras de pipas a su alrededor. Lo curioso es que podrían llevar allí años.

-Eso no es nuestro… no, no pueden multarnos por una cosa que no es nuestra.
-Yo creo que sí qué es vuestra.

Siguieron entonces unos momentos de confusión indignada, que cada uno asumió como buenamente pudo. A algunos, como Celestino Domínguez, se les quebró el habla y bloqueó la mente: otro engorroso pago significaba decir adiós a las próximas vacaciones. Otros, como Paquito, se encararon, dejando de un lado la vara del respeto, de la educación y las buenas formas y su contención sólo trataba con lo físico: lo difícil que es a veces autonegarse una hostia.

-Pero, vosotros… no podéis… ¡qué coño! Darme el número de placa. A ver quién cojones…

El cabecilla recogió el papelito de Paquito España y escribió sin inmutarse una clave numérica sobre él. Luego se lo lanzó a Paquito con todo el desprecio que pudo, y éste fue planeando hasta sus pies. En ningún momento se dignó a mirarle a los ojos.

-Jacinto Ortega. Jefe anti-botellón del distrito del Puente de Vallekas. No os vais a librar siempre…

Luego se dieron la vuelta y se fueron, haciendo caso omiso a las protestas que seguían vertiéndose sobre ellos. Esa noche, se apagó el karma y sólo vocearon la indignación y los malos deseos para el prójimo, algo que normalmente sólo estaba reservados para la casta política. Habían caído a la par que lo habían hecho las reglas del juego, quebradas de manera arbitrarias al chaleco del poder. La impotencia es uno de los sentimientos más crueles de todo el abanico emocional y Paquito España lo sintió entonces con toda su fiereza: por dentro notó como su cuerpo se arañaba a sí mismo, como ardía en la rabia de sentirse incapaz de hacer nada.

De las cinco personas que se encontraban allí tres recibieron la sanción a los pocos meses. Sin posibilidad de reclamación, por tratarse de una multa administrativa que carece de dicho derecho, tuvieron que ingresar al todopoderoso Estado cuatrocientos euros por cabeza. Uno de los amnistiados fue Paquito, cuya multa posiblemente se perdió dentro de los jaleos burocráticos, o en el temor de Jacinto Ortega, del que no podía pasar desapercibido lo vejatorio e ilegal de su modus operandi. Aún así, y por solidaridad con el grupo, aquel año siguiente no hubo vacaciones en ninguna villa de frondosas calas; hubo abstinencia, doble dosis de Retiro, además de un brote medio esquizofrénico que nuestros amigos quisieron llamar madero-fobia.


A pesar de la pereza, Paquito España llegó puntual al Lope de Vega, un restaurante situado en la calle con el mismo nombre, como no en el barrio de las letras. Eso le dio cierta seguridad, poder controlar el ambiente con anterioridad, por mucha familiaridad que haya con el sitio, era vital. Se pidió Paquito un Rioja y cogió El País de la barra, haciendo como que leía con disimulo, mientras su mente se congelaba en un stand by de blanco y negro. A los pocos minutos, asomó por la puerta Celia, seguida de un hombre algo pasado de peso, con un futuro avocado a la calvicie y ataviado con una camiseta con el Wall de Pink Floyd inscrita en su pecho, algo sin duda chocante y sorprendente. No por la excelencia musical (que también), si no por su estado físico. Si en algo confluían todos los anteriores novios de su prima era en el atractivo externo, aunque luego en el interior sólo albergaran negruzcas tormentas. De toda la colección destacaban tres. Héctor, un dueño de un pub de moda en Torreuropa; Pedro, un Ingeniero de Telecomunicaciones cum laude en la Politécnica; y Néstor, un cantante de un grupo Transmetal de rápida ascensión y caída. Al primero, algo fatxa, le perdían las mujeres y Celia, tras mucho sufrimiento, comprendió que no era ella mujer compatible con la poligamia. El ingeniero, buena persona pero con una curiosa drogodependencia hacia el trabajo, simplemente llegó a aburrirle: la quinta vez que le puso los cuernos decidió dejarle. Ella había sido muy evidente y él ni si quiera se molestó en sospechar nada, lo que fue una punzada demasiado fuerte en su orgullo. Con Néstor, el menos duradero pero más profundo, el final había sido diferente: socavó su amor una mala combinación de estrella del rock y carretera.

Celia, que se movía con la cadencia de los dioses, desarboló toda la preparación previa de Paquito con una sonrisa. Por su devoción a ella era incapaz de negarle nada, por lo que todos sus novios habían terminado por caerle bien, aunque con algunos hubiera tenido que realizar algún esfuerzo previo. Al hombre se le veía nervioso, como si aquella fuera a ser la más dura de las reválidas.

-Hola primo. Mira, este es Jorge.

Paquito se levantó y estrecharon sus manos, que de alguna forma le parecieron cálidas. El análisis que hacía de estos primeros segundos era muy positiva: al menos su nombre, circunstancia que consideraba vital en el posterior desarrollo de las personas, no contaba con la doble combinación de vocales “e-o”, acontecimiento que la historia reflejaba de nefasto agüero. Ese tipo de casualidades siempre elevaban el ánimo de un Paquito que, aunque lo negaba, tenía bastante desarrollada la baliza de los azares metafísicos.

La comida comenzó de manera bastante amena, como no podía ser menos por el carácter carismático de su prima, que no cedió palabra durante los primeros veinte minutos. La historia en sus labios cobraba mucha más fuerza de la que ya de por sí tenía. Habían pasado un fin de semana en una casa rural perdida por los Picos de Europa y una nevada les había dejado incomunicados. Ellos, urbanitas, pensaban que allí tendrían comida al menos en formato mini-bar, por lo que esperaban hacer la compra al día siguiente, circunstancia que por motivos meteorológicos nunca sucedió. Sobrevivieron tres días con una bolsa de Doritos, todo el chocolate que el hippie bolso de Celia Castrejana podía albergar y un salvador trozo de lacón rancio que se dejó el anterior usuario en la nevera. Por su puesto, fueron incapaces de prender la chimenea de leña: es imposible que prenda un madero gordo con el fuego de un mechero. Para colmo, la única visita que recibieron en dos días fue la de tres pobres ovejas descarriadas. Que para incomprensión del pobre Jorge terminaron por ser otras bocas que alimentar.

Las carcajadas y el vino fueron transcurriendo de manera natural por lo que Paquito bajó sus propias defensas. Él, bien conocedor de su carácter impulsivo en la conversación exacerbada, se había hecho prometer que no tocaría ciertos temas. Una vez dinamitado el volcán es imposible contener la lava por lo que Paquito había decidido alejarse del volcán lo más posible. Con su mente todavía en la metáfora espetó:

-Y… ¿qué tal en el curro?
-Bien… ahora estoy en la brigada anti-botellón del distrito Moncloa… pero he pedido el traslado, prefiero algo más tranquilo…
-Lo entiendo, a nadie le gusta ser un represor…
-¿Cómo?

Normalmente, la obsesión por un léxico lo más apropiado al sentimiento que quiere establecer con la frase, le hace obviar el hipotético impacto que puede causar tanta exactitud en el lenguaje. En el caso concreto de su prima un cambio en el ceño, entre atónito y fruncido. Intentó reaccionar.

-Es una forma de hablar… lo que te quiero decir es que los chavales tampoco están haciendo nada malo…
-Infringen la ley. Yo no me meto en que esté bien o mal… pero si hay una ley hay que cumplirla ¿no?

La chispa saltó y Paquito España cruzó hacia la línea que más le gusta: el debate aguerrido y profundo, la continua reválida.

-En Irán es legal lapidar a las mujeres. Por lo que según tú apedrearlas es lo correcto.
-Hombre, por dios, no me puedes comparar…
-Comparo porque son dos realidades que, aunque muy diferentes en su fondo chocan de igual manera con sus respectivos contextos. La única diferencia es que ellos tienen la cabeza en el medievo y por lo tanto, sus reivindicaciones tienen aire de época y nos producen más incomprensión. Pero subyace lo mismo: un derecho inalienable es aniquilado.
-¿Derecho qué? Vamos, primo, no jodas anda…

La riña de Celia amilanó un poco los ánimos de Paquito España. El botellón, aunque no lo crean, siempre había sido una de sus debilidades sociales. Lo consideraba, simplemente, la forma más natural de dedicarse a Baco. Al aire libre, sin estruendosas melodías ni malos humos, sumiéndose en la ebriedad de la mano de una buena conversación. Su generación había sido pionera en este tipo de actos, masificados y popularizados algo después como necesario paso previo para su ilegalización. Eso le enorgullecía y sólo contemplaba dos posibles casos para la sanción: aquellos que turbaban el descanso de los demás y aquellos que no se molestaban en recoger la basura generada. Lo había practicado con muchísima asiduidad y sólo la cómoda independencia hacia un hogar propio había conseguido dejarlos de lado. Aún así, en su recuerdo tenía muchos botellones como sus mejores fiestas.

-Pues antes eras bastante aficionada…
-Y lo soy. Pero bueno de ahí a considerarlo un derecho… Además, culpa a los políticos no a él que es un mandao…
-Yo no lo he culpado…
-Pero lo piensas, que te conozco…
-Si a mi tampoco me gusta… ¿Qué te crees que me metí a Poli para esto? Pues no, hombre… pero es lo que hay.
-Es que mi primo tiene problemas con la autoridad, es algo endémico… ¿verdad?
-Tengo problemas con el poder, es incompatible con el ser humano.

La idea de que el poder corrompe era tomada como un axioma por parte de Paquito España. Sabía que el ser humano es egoísta y acomplejado y que cualquier don de superioridad ante los demás es exhibido con una vehemencia prepotente y cruel. No entendía el por qué, sólo veía los resultados. Y los ejemplos eran muchos, no sólo en aquellos lejanos parques, sino también en mundo real: los déspotas empresarios que prefieren despedir a alguien antes de ceder una milésima su beneficio, el Guardia Jurado que se cree dios ante un soñador mendigo, los artistas que miran con desprecio y olvidan su inicio caído, los cobardes que juegan con el miedo ajeno para esconder un poco el suyo, en tupidas cortinas de envidia y humo. Todo es relativo y nada universal, pero Paquito España tenía como propio que el poder solo ennegrecía y muy pocos eran los que conseguían dignificarlo. O maniatarlo, ya que sus aromas, seductores e impíos, deben crear una adicción tan excelsa y placentera como aquellas cárceles de otoños rotos y anhelos de hachís. No debía de ser fácil y por eso Paquito España acuñaba la incompatibilidad del poder con el ser humano. Hay que ser bien consciente de los límites para no cruzar líneas que no se puedan controlar. Y es que, para Paquito, el poder no era más que otra droga, otro vehículo de falsa sensación de libertad. Sólo que con el poder, a diferencia de los psicotrópicos, se tiende a hacer más daño a los demás que a uno mismo.

Y como con las drogas, ese uso puede ser controlado, liviano, como el de los altivos policías. O puede ser desfasado, imperioso, como los que de verdad mandan. Del poder absoluto sólo puede salir la corrupción absoluta, la enajenación total del concepto moral de ser humano. Si la horizontalidad representa la seguridad de los ojos que se miran frente a frente, la verticalidad sólo suspira dependencia al desequilibrio, la altanera necesidad de unos por mantenerse arriba, y el ahogo de los muchos, por no poder salir de abajo, por vivir colocados a los dictados del tedio y la televisión. El mundo, en su descontrolado vuelo, rota movido por la adicción de unos pocos, por sus maquiavélicas teorías de conservación y expansión, por su miedo propio proyectado al infinito, por ese pequeño filtro que nos abren para que, al menos, podamos respirar.

Paquito desconocía si aquello respondía a una necesidad intrínseca del todo, que se bloquea si no halla sobre él una cabeza. En el fondo, creía que era un mal obsequio de la naturaleza, una pequeña bomba en el alma de cualquier ser vivo, en forma de competitiva necesidad. Pocas razas animales no son guiadas por uno de sus miembros, y el ser humano desde luego no es la excepción. Solamente que su infinita potencialidad bélica hace que las opresiones del liderazgo sean quirúrgicamente efectivas, imposibles de contrarrestar. Convirtiendo la sociedad en un circo novelado con una trama irreversible, adecuadamente aliñado por unos cuentecillos de aventuras propias. Pero una ilusión y al fin al cabo, una grandilocuente dramaturgia donde tus posibilidades suelen estar segmentadas entre la conciencia del espectador y el grado menor de ser el primer Ayudante de dirección. Y con muchísimos matices, materiales y humanos.

Jorge, que buscaba de todo menos un conflicto con su casi cuñado, relajó su rostro.

-Poder… si sólo somos unos currelas...
-Tenéis un cierto poder sobre las personas y una gran parte se aprovecha de ello. No digo todos, claro, tampoco digo que tú lo hagas. No te conozco. Pero sí se de muchos que lo hacen. Se aprovechan de su posición para putearnos de una manera constante. No digo que no sea una forma de combatir las frustraciones, pero hostia…
-Hay compañeros de todo tipo… No sé, a veces también es difícil. Si la gente hiciera las cosas como debe… yo intento ser bastante transigente la verdad… pero bueno, al fin y al cabo gente que putea hay en todos lados, no sólo en la policía… el otro día fui al Ayuntamiento a por un papeles… y madre de dios, cuatro horas que me tuvieron allí de ventana en ventana para decirme que me faltaba la fotocopia compulsada de una cosa que no sé ni lo que es…
-No ya, si así nos va…
-Hay de todo… y para que esto funcione supongo que tiene que haber de todo…
-Y dicen que somos libres… y luego no hacemos más que depender los unos de los otros…
-Todos menos tú, primo… eres el ser más libre que conozco… salvo porque nunca tienes un duro…

Celia sonrío y en efecto alud se llevó toda la lava: el volcán de Paquito España se había quedado sin gas. La comida continúo sin más incidencias y se dilató como marcan los cánones: café, pacharán y puro. Paquito decidió volver a casa paseando, la tarde no era mala y el transitar por el casco antiguo siempre le ayudaba a reflexionar. Empezaba atando conceptos, dándoles una vuelta de perspectiva, esperando un guiño, que solía aparecer tras mutarse un poco en Prometeo: Paquito no hacía otra cosa que ir derribando sus propias teorías. Y cada vez que la bola cae, se enfría, haciéndose más dura y elocuente. Siempre, entre el alba decadente, tiende a cristalizarse con el cerro, a coserse a él. Entonces, cuando ya no puede ser movida, es cuando yace una especie de conclusión. En este caso, al pasar junto a una tienda de chinos, regentada por un surcoreano que hacía llamarse Juan.

“Tiene que haber de todo…”. La frase era de Jorge y no guardaba misticismo alguno, más bien andaba marcado por el tópico y la mediocridad. Pero tras un paso por el barro, Paquito le dio su propia vuelta: tiene que haber adicciones de todo tipo. Desde que se libera como racional, el ser humano se convirtió en adictivo por naturaleza. A su religión, a sus partidas de mus, a sus carreras por el Retiro, a su chatito de orujo. A su fútbol, a sus intrigas policíacas, a sus maquetas de guerras pasadas, a su vuelo con motor de crack. Todas las aficiones degeneran en adicción por el mismo goce que producen. Está en su naturaleza. Por eso el poder engancha y por eso es tan nefasto: solamente es la peor de las drogas, la de efectos más nocivos contra la salud de las personas, justo lo que acusa al cannabis la Ley Corcuera. Y ese vicio, como todos, tiene un vehículo que lo elabora y lo hace posible: un mesías, un libro, una pareja de partido. En este caso nosotros, las personas grises que no salen en los periódicos y que prestan los devenires de sus vidas a unos yonquis calculadores y obscenos. Un vicio sin duda caro y en su máxima pureza también hereditario.
El ser humano necesita proyectarse haciendo cosas que le signifiquen con el resto, que le empujen a ser diferente, que le identifiquen como persona. Esas aficiones pueden llevarte ante lo excelso o ante los pozos del estigio, pero siempre van conformando lo que eres, para los demás y para ti mismo. Jorge eligió ser un policía, pero también un excelente agricultor. Por eso, y tras unos meses de penurias por Leganitos, fue trasladado a Miraflores de la Sierra. Allí fue construyendo su pequeña granja, mientras le daba a Celia la familia que tanto anhelaba. No se separaron nunca, nadie podía ni siquiera imaginarlo. Ella era a lo máximo que podía aspirar él, que sin saberlo le había dado todo cuanto necesitaba: atención y cariño. Para Paquito pronto dejó de ser Jorge, para ser otro primo y entrar en el exclusivo club de personas que dejaría vivas en su reseteo global. Eso sí, ante los grandes públicos se justificaría: Amigos, hasta en el infierno.

martes, 12 de mayo de 2009

Las desventuras de Paquito España (Vol. V)

Aquella noche de 25 de marzo amagó con terminarse pronto. Paquito España había acudido a tomar unas copas a la sala Delover, junto con su inseparable amigo Venancio Urrutia, con el liviano objetivo de ir embriagándose en paralelo con la noche y su magnético manto de medias verdades y atrevimientos equívocos. Acabó pronto, como decíamos, porque aquella noche estaba más condenada a las purificaciones que al jolgorio. El detonante de la discusión no habría sido otra cosa que el dichoso facebook, la celebérrima red de redes sociales y patrón sacrosanto de la global cultura de cercenar la privacidad del ser humano. El bueno de Venancio Urrutia había colgado unas comprometedoras fotos de su último aniversario, donde el pobre Paquito, ataviado con un gorro de paja y un chaleco al más puro estilo de Chuck Norris en los Ranger de Texas, aparecía intimando con una chica asiática con la pelvis congelada hacia la vereda de los paños menores. Dichas imágenes produjeron una concatenación de causa efecto en la ajetreada vida social de Paquito, que vio como sus cientos de contactos se divertían con ingeniosos y audaces comentarios. Porque la geisha venía con trampa: resultó ser una broma pagada en forma de transexual albana, para trauma del pobre Paquito, que al descubrirlo corrió como no la había hecho nunca. Para colmo, Chun-Li, también con cuenta, se las había ingeniado para grabarlo todo y subirlo. Toda una chanza para su muro social.

Entraba pues Paquito en su portal, con un mosqueo efervescente y unas ganas increíbles de enterrar su rabia bajo la almohada: no hay mejor cura para el ayer que despertar mañana. Ya al girar la llave en la cerradura empezó a escuchar unos gritos desaforados de mujer, mezclados por otros de rabia de un hombre. Primero se quedó congelado, no era él hombre de acción y el jaleo se escuchaba demasiado cerca. Se paró y pensó en volver a reencontrarse con Venancio, pero el orgullo el frenó y le empujó a dar unos pasos más hacia la escalera. Al fin y al cabo, aquel era su hogar. Al girar y tomar el primer peldaño, un hombre trajeado se precipitó rodando hacia él, por lo que al pobre Paquito no le quedó otra opción que besar el suelo. Su primera reacción, bien por instinto barriobajero o por ese enfado que no tardaría en olvidar, fue patalear sobre el aquel extraño hombre. Él no respondió, seguramente porque estaba muerto: lo rubricaba un tenedor de cuatro puntas clavado sobre su entrecejo. Paquito se quedó gélido sobre él, con un temblor de alta escala Richter, y un vacío mental impropio de un intelectual de su categoría. El ruido de unos pasos le devolvieron a la realidad y pensó en correr, o teniendo en cuenta su inaptitud para el deporte, en mover sus piernas lo más rápido posible. No pudo y una pequeña figura jadeante llegó junto a él. Medio ensangrentada, con una camisa rosa cruelmente rasgada, con unos ojos celeste que lo copaban todo. Y que tranquilizaron un poco al bueno de Paquito: por lo menos apuntaban tanto miedo como los suyos. También ayudo la familiaridad, el rostro, la infinita sonrisa de Sofía, vecina del primero derecha y una de las fantasías sexuales no resultas en la parte más epicúrea del fértil cerebro de nuestro siempre inquietante Paquito España.

Hay mujeres que tienen una fuerza interior, un imán que reside en sus ojos y que lo rodea todo, un halo de excelsa divinidad que eleva cada detalle en algo necesario. Paquito sabía reconocer bien a esas mujeres que, por alguna razón, siempre terminaban por enamorarle como paso previo a dejarle tirado en la cuneta. Las otras, las que no podían flotar y por tanto caminaban al raso de los hombres, siempre terminaban por cansarle, como paso previo a unos sentimientos de culpabilidad y depresión: a veces lo lleva peor el verdugo que el reo.

La primera vez que vio a Sofía, uno de esos domingos de arrepentimientos y cefaleas, ya supo que era una de esas mujeres condenadas a hacerle daño. La chica, muy enojada, golpeaba de una manera muy temperamental un buzón que negaba abrirse, por lo que Paquito España tiró de horquilla y maña (y de alguna etapa de su vida nada honrosa) para sacarla del problema. Ella sólo sonrío y marchó escaleras arriba, mientras que Paquito se quedó embelesado. No le dijo nada entonces, ni le había dicho nada hasta ahora, sólo se había dedicado a pensar en ella y a trazar un poema, que aunque nunca había escrito, tenía bien claro en su cabeza:

Escucha. No pienses.
Siente.
Ya te borro yo las ojeras…
Tonta… soy yo. ¿No te acuerdas? Siempre he estado aquí,
esperando. De tus sueños…
¡Claro!

Yo es que vivo en tus ojos,
por eso sólo me puedes ver cuando los cierras.

Venga, vente,
quédate conmigo.
Cierra la puerta al mundo, que aquí no hay tormentas…
¿Soy poquilla cosa?
Un granito en la arena…
¡que sí!
Que aquí no llueven piedras…

¡Venga!
Si te vienes te dibujo la primavera,
en un escorcito que la haga digna de ser por ti,
eterna,
que ellos se queden el sol,
que yo te pongo dos velas,
que no hay nada mejor que los pares
para ver entre la niebla.

Sí,
mandarlo todo a la mierda…
solos
y que se joda la tierra y sus infinitas vueltas…
Si ellos no supieron amar
no es culpa nuestra.

Cierra lo ojos,
pequeña,
que aquí te espero yo,
dando forma y color,
donde sólo moran tus quimeras.


Y ahora, esa etérea princesa, se encontraba por fin frente al bueno de Paquito, en una situación que superaba con creces cualquier proyección abstracta que hubiera podido imaginar. Es curioso, hay historias que ya parecen malditas desde antes de sus inicios, subrayadas por un siempre incómodo sentido común que te pides que te alejes. Ante esto, existen dos tipos de personas: las que capitulan y acceden y las que, como Paquito España, no se fían ni de su conciencia.

-Puedo explicártelo…

Después del infortunado accidente, lo habitual hubiese sido ver a Paquito España huir desaforado, posándose sobre los escalones con la rapidez de algún invertebrado volador sobre pétalos de arena. Lo normal hubiera sido un Paquito chillón y amilanado, que no hubiera recobrado su estado de inconsciencia habitual hasta el deglutir de un par de orfidales. Pero no. Tragó saliva y se concentró, hasta sonrió un poco. La vida le brindaba un poco de acción a lo más puro Tarantino, y no estaba dispuesto a desaprovecharla. Él, hombre de letras y sueños, nunca había experimentado situaciones de adrenalina extrema y riesgo, por mucho que se jactara narrando las chiquerías que cometían de jóvenes en el barrio. Y aquella era una de esas encrucijadas, una de esas películas que nacen marcadas por su pasado real. Que Sofía estuviera allí le sacó de dudas: semejante orquídea no podía formar parte de ningún collar nefasto.

Sin articular palabra empezó a estirar del cadáver hacia arriba por los brazos, mientras Sofía le ayudaba con las piernas. El yaciente, con los ojos abiertos, miraba en una extraña mueca a Paquito, que tornaba la cabeza con disimulo. Aquella expresión, fija e inhumana, ya del todo dominada por la muerte, acompañaría de manera constante su descanso hasta mucho tiempo después. La puerta, entreabierta, tenía la cerradura visiblemente inutilizada por lo que pudieron introducir al sujeto sin mayor problema. Dejaron el cadáver en mitad del salón y, mientras Sofía corría hacia su portátil, un Paquito España oligofrénico empezó a enumerar el plan a seguir.

-Luego me cuentas los detalles. Tenemos que ser rápidos. Uno, limpiar la sangre de la escalera… a ver… ¿Dónde tienes una fregona? Ah… allí… ¿Estás en facebook?

Paquito vio una fregona junto a la puerta de la cocina y empezó a ejecutar la primera fase de un plan que seguía elaborando en su cabeza. Por suerte, las dos y media de la mañana no es una hora muy concurrida, por lo que ningún vecino asomó por los escalones. O en eso confiaba Paquito España que se encontró de bruces con la medieval Señora Rogelia al cruzar los umbrales del primero izquierda.

-Has vomitado en la escalera ¿verdad?
-Señora, yo no…
-Los de vuestra generación no conocéis lo que significa la palabra vergüenza…
-Lo siento, no tengo tiempo... –Paquito siguió hacia el primero derecha, empujando la puerta.
-¿Así que la que ha vomitado a sido esa? Menuda guarra…

Paquito encontró el salón como lo había dejado, pero sin Sofía. El piso, bastante desordenado, parecía propio de una estudiante: los muebles eran de Ikea, la televisión del siglo pasado, las estanterías presentaban unos vacíos intolerables y un póster de El club de la lucha se emergía como el único signo de decoración. Avanzó Paquito por el pasillo hasta ver como Sofía cerraba a toda velocidad una maleta.

-¿A dónde vas?
-A cualquier sitio. Gracias por todo, esto…
-Paco.
-Paco. Muy bien. Pues vete a casa Paco, ya has hecho demasiado…
-Ey… tranquila. Estamos juntos en esto ¿vale? No te voy a dejar sola.
-De verdad, no…
-¿Era tu novio? Porque ahora con lo de los maltratos…
-¿Ese? No jodas… creo que puedo aspirar a más ¿no?

El descaro de la respuesta, la situación, el tono de sus ojos. Paquito España no veía peligro alguno porque sólo tenía ojos para Sofía. Era muy de él enamorarse y hacer extrañas conjeturas en su mente, devenires y encuentros casuales que siempre terminaban en una cálida proyección de parejita en plena catarsis conyugal de peli-manta. Casi nunca daba la alternativa la proyección a la realidad, pero Paquito disfrutaba ensoñándose. Era allí, sin anclajes ni ortigas, ni incómodas comparaciones con el contexto donde se sentía realmente libre. Con Sofía había proyectado ese tipo de imágenes en multitud de ocasiones desde que la conoció, escaso tiempo atrás. Pero aquello superaba enteramente sus a veces alocadas expectativas: si los eventos tienen valor según con la intensidad en las que los vives, esa niña debía de ser su amor verdadero.

-Entonces… ¿es algo como de… mafia?
-¿Mafia? Sí, algo así, más o menos.
-Entonces tenemos que deshacernos del cadáver. Es fácil, sólo tenemos que ir troceando por las articulaciones…
-¡¿Qué?! No voy a trocear a nadie…
-Si no hay cadáver, no hay muerto, es algo básico en esos mundos…
-Haz lo que quieras, yo me piro.

Sofía cogió su maleta y salió de la habitación a toda prisa. Paquito, instintivamente, siguió su curso: la veía tan cerca, que no estaba dispuesto a dejarla escapar fácilmente. De toda aquella extraña situación sólo veía una cosa clara: Aquella niña de aparente coraza de hierro estaba muerta de miedo por lo que no había lugar a dejarla tirada. Al llegar al salón la vio rebuscando en el cadáver, hasta que extrajo una pequeña pistola de la parte trasera de su cinturón. Entonces, como si de una alarma se tratase, el móvil del sujeto comenzó a sonar, por lo que David Bisbal se convirtió, de manera fortuita, en la primera melodía común entre ambos. Él hubiera preferido algo más sofisticado, de alguna época donde la música no fuera tan maltratada como la presente. Aún así, aquella horrorosa honra a Orfeo sería desde entonces su canción, por lo hizo un esfuerzo por memorizar la letra. Se le impidió Sofía, que cogió el celular y colgó. Al hacerlo miró a Paquito y su rostro reveló por primera vez el pánico.

-Van a venir…
-Pues entonces tenemos que irnos.

Paquito, aún temblando, trasmitía cierta seguridad. De alguna forma, parecía preparado para liderar este tipo de situaciones. Cogió a Sofía de la mano y la guió hacia el exterior de la casa, no sin antes percatarse de que no había nadie en la escalera. Sí se percibió Sofía del movimiento de mirilla del primero izquierda, regalando a la señora Rogelia su dedo en la universal posición de irse a tomar por el culo. Bajaron rápido las escaleras y sin separar sus dedos pulsaron el botón que les daba el acceso al exterior. Exterior en el que duraron poco: Sofía se percató de que dos hombres uniformados se dirigían hacia el portal, por lo que ambos retrocedieron en acto reflejo.

-¿Nos han visto?
-Creo que no… vamos mejor a mi casa... por lo menos ganaremos tiempo.

Así, comenzaron el segundo ascenso que, paradójicamente, ganaba en intensidad al primero. Se puede decir que aquí es donde comenzó a temer Paquito España por su propia existencia. Es curioso lo poco que valoramos la vida y el pánico que nos da cuando nos asomamos a perderla. Paquito siempre había vacilado con que moriría joven, que no le importaba seguir o no respirando, que el mundo, desde que nos apoderamos de él, ya había perdido la magia por vivirse. Sin embargo, ahora cada escalón completado era una burla a la muerte, por lo que Paquito España, amante de las casas antiguas y la horizontalidad, maldecía ahora no vivir en un rascacielos de millones de pisos. Alcanzaron rápido la pequeña buhardilla, mientras Paquito rezaba porque aquellos señores de negro recordaran los viejos cánones de la infancia donde situarse en casa significaba eludir cualquier tipo de peligro.

-Gracias…

En el interior, los ojillos de Sofía por fin brillaron. Hasta entonces se mantuvieron a media luz, como si Paquito no fuera digno de ser iluminado o ella no encontrara en su interior el fulgor necesario para hacerlo. Pero de repente, en su alcoba, aquellos ojillos celeste estallaron. Y proferían la profundidad de lo inalcanzable, de lo más puro y cristalino, como dos amaneceres paralelos en un foso longevo y triste. Paquito, volvió a acariciar su mano, y noto como ella se erizaba, por lo que avanzó unos centímetros más, cruzando la línea de lo admisible. Sofía se mantenía férrea, sin ceder ni una miaja de su espacio vital. Lugar común y compartido, pues tanto su respirar como el de Paquito entraban en contacto con el aire casi unidos, por temperatura y proximidad. Crecido, Paquito dio el giró definitivo, el que sellaba sus labios y unía sus lenguas. Y fue un beso extenso y confitado, como si esas dos bocas ya se hubieran juntado en tantas otras existencias como les hubiera tocado vivir. Cuando la tierra comenzó a rotar de nuevo, los ojillos de Sofía no sólo brillaban, también mostraban absolución.

-Hay cosas de mí que no sabes…
-Me hago a una idea…
-En serio, no te haces a una idea…
-Menos de la muerte, se puede escapar de todo en esta vida…
-Supongo que dependerá de cuanta mierda tengas encima…
-La tierra todavía sigue siendo muy grande…

Sofía, de repente, flotó.

-Guapo, yo…
-Eres prostituta. No pasa nada. Tengo algunos amigos…
-¡¡¡Qué!!! ¡Tú eres gilipollas!

Sofía acompañó el bramido con una contundente bofetada, que dejó a Paquito España en el estado de incomprensión mayor de toda la noche. Y, no nos engañemos, el listón se hallaba bastante alto. Desde hacía un buen rato, sospechaba que Sofía era alguna de esas Sabinianas cenicientas de saldo y esquina. Y de alguna forma, aquello lo atraía a un más. Paquito estaba convencido de que era por su tendencia al paternalismo con las mujeres, pero eso era porque desconocía por completo su subconsciente: Pretty Woman fue la primera experiencia edípica que había proyectado con su madre.

Por suerte o desgracia para él, el perturbador sonido del timbre se entrometió en la contienda. El rostro de Sofía cambió, volviendo a la primigenia mueca de silencio. Paquito, con un gesto, le pidió la pistola y se acercó a la mirilla. Tras ella, la siempre recia y desagradable figura de la señora Rogelia.

-Abrir y explicarme lo que está pasando… o llamo a la policía.

La pareja se miró y accedió a abrirle. Paquito España cogió la psitola y se la escondió en la zona donde el pantalón roza la rabadilla: en caso de accidente prefería perder la parte trasera a la delantera. Cuestión de prioridades.

-Sí, señora Rogelia. Sofía se encontraba mal y ha vomitado en la escalera. Ahora simplemente, le voy a preparar una manzanilla y vamos a hablar un rato…
-Pasen. Están aquí.

La señora Rogelia los había vendido. Paquito detestaba a esa señora, pero nunca la había tomado como un ser vil. Simplemente odiaba sus arcaísmos y su nostalgia, su forma de ver y sentir la vida, más cercana al ascetismo y el ayuno que a los dictados de la primavera. Pero no la consideraba mala, sólo ignorante. Ahora, pasaba a formar parte su particular eje del mal junto con Aznar, Rockefeller y el cantante de La Unión. Los dos hombres de negro agradecieron a la Señora Rogelia y entraron lentamente en el piso. Paquito y Sofía recularon, a la par que volvieron a rozar sus cuerpos. El más alto de los dos sacó una placa que le identificaba como miembros del servicio secreto.

-Chaval, nos la llevamos. Hazme caso, no quieres entrar en esto. Y tú, la has cagado mucho. ¿Sabes cuanto se paga matar a un policía?
-Vosotros sois unos sicarios, no unos policías.
-Sofía… ya sabías donde te metías. Esto ha ido todo lo lejos que tú has querido… Venga, danos el vídeo. No lo empeores más.
-¿Para qué? ¿Para que luego me dé la vuelta y me metáis una bala en la cabeza? Que os den por el culo, hacerlo aquí mismo.
-Hombre no sé, si no es estrictamente necesario…

Paquito España, entre sudores fríos, había empezado a entrar en ebullición. Solía utilizar el humor como mecanismo de defensa, pero esta vez se percató de que su chiste no había hecho ninguna gracia. La situación le superaba y se empezó a preguntar varias cosas. Lo primero y más evidente, si saldría vivo de allí, y si Sofía, su nueva princesita, haría lo mismo. Lo segundo, más de interior y profundo, consistió en un análisis de las casualidades, esos pequeños giros motrices que van entrelazando la vida. Otra noche cualquiera, todavía mantendría a Paquito fuera de su casa, seguramente mendigando alguna última copa junto con su buen amigo Venancio Urrutia. Ahora, se planteaba si volvería a verle y si volvería a catar ese inefable sentimiento de melancolía, whisky e inquebrantables hielos del Mercadona. Sus circunstancias de repente se habían extremado, empujándolo hacia un callejón de dudosa salida. De repente, su rutinario rumbo había virado hacia lo desconocido, hacía esa línea roja que nunca se debería cruzar por prescripción paterno-moral. En algún momento de la Educación Primaria, debería existir alguna materia que ayudase a interpretar los avisos de la conciencia. Porque ella siempre avisa: sólo hay que saber leer sus símbolos. Y a veces, como ocurría ahora, también accedía a reñirte: en este caso con un rasgado hedor que tomaba forma poco a poco. Si el invierno huele a azufre, ese purgatorio lo hacía a madera quemada.

Uno de los matones de Estado se acercó a Sofía, soltándole un sonoro bofetón en la cara. Ella, indefensa, empezó a lloriquear impotente.

-Me da igual… ¿Sabes? Esto se va a saber… matarme si queréis, pero no vais a impedir nada…
-Qué cojones has hecho… puta zorra.

El matón la volvió a golpear. Paquito intentó entrometerse, pero un empujón de éste llevo sus huesos contra una estantería, clavándose las voluminosas memorias de Santiago Carrillo en su omóplato izquierdo. El otro le hizo un gesto de advertencia: la siguiente tontería se cobraría en la desproporcionalidad.

-Yo… yo… tú no sabes lo que me dijo ese cabrón…
-Zorra… ese cabrón te ha dado todo lo que tienes… eras una puta mierda cuando te encontró… ¿o ya se te ha olvidado?… ¿Qué creías? ¿Qué lo iba a dejar todo por ti? Por favor…

Las lágrimas de Sofía, convertidas en llanto por derecho propio, se liberaron torrencialmente. Paquito la miraba y sufría con ella. Fuera quien fuese ese hombre debería ser horripilante y obsceno: sólo así se podía entender que quisiera alejar de su vida a un ser tan puro. Él ya sólo veía oscuro: estaba implicado, quería estarlo, y la posición de fuerza en su contra era demasiado evidente. Pensó que si la vida le debía algún milagro, éste era un buen momento para cobrarlo. Porque empezaba a sospechar que ni aunque su princesita capitulase daría una oportunidad al cuento.

-Sofía, dales lo que quieren… y estos señores lo olvidan todo… – Uno de los polizones asintió, aunque el gesto denotaba de todo menos confianza- La tierra sigue siendo muy grande…
-No, no, no… se va a pudrir, ese hijo de puta se va a pudrir…
- A la mierda… Vamos.

Uno de los hombres cogió a Sofía del brazo bruscamente y la tiró hacia la puerta. El otro hizo un gesto a Paquito para que se quedase. Al abrirla, se encontraron de bruces con la señora Rogelia, que gritaba asustada.

-¡Fuego! ¡Fuego! ¡Mi casa se está quemando!

Sin saber bien el cómo ni el por qué, sacó Paquito España la pistola y encañonó a los matones, gritándoles que soltarán a Sofía. La Señora Rogelia se desmayó, seguramente porque la sobreexcitación de aquella noche la había superado. Cada uno responde según su capacidades. El resto fueron unos segundos azar y confusiones. Primero vino la explosión en el piso de la vieja: el fuego había alcanzado una bombona de gas defectuosa que la mujer había intentado devolver durante toda la semana. Con ello, vinieron el caos y la anarquía. Luego los disparos, con suerte desigual. La primera bala fue directa al corazón de unos de los matones, que a su vez atravesó la garganta de Sofía. Tiro a tres con un vencedor pues la tercera le rozó la oreja izquierda al bueno de Paquito España, la cuarta nunca llegó a salir del cargador: prefirió inmolarse junto a su cárcel de metal violento, destrozando la cara de su fiel ejecutor. Paquito permanecía inmóvil, todavía con la pistola apuntando al frente. Fue un segundo, dos, tal vez tres. Paquito no había actuado, había reaccionado. Ante la explosión, ante sus instintos, ante las circunstancias: como lo habría hecho cualquiera de sus ídolos del cine negro.

Cuando cayó en la cuenta miró a Sofía, que se retorcía de dolor en el suelo. Su cuello había sido perforado por la bala y sangraba abundantemente. Paquito tapó la herida, mientras argumentaba sin fe alguna con que todo saldría bien. Ella, negaba, maldecía, escupía sangre. No duro mucho más y su último aliento nunca pasará a la diccionario de citas célebres. Solo sonrió y dijo: “Gracias por todo, guapo”.

El humo negro, que de comparsa había pasado a ser protagonista inequívoco, copaba ya gran parte de la habitación. Paquito reaccionó: batido el enemigo, roto el sueño y caída la reina, todavía continuaba el peligro. Cogió su bolso de mano, donde guardaba todas sus pertenencias básicas, y se dispuso a alcanzar la calle. De momento, no le preocupaba el hecho de que hubiera tres cadáveres distribuidos por su salón. Miró a la señora Rogelia, vergonzosamente dudó con dejarla allí. Desde luego, el comportamiento de la mujer aquella noche no había logrado su aprecio. Sin sus interferencias, posiblemente las cosas hubiesen podido tomar otro rumbo. O no. Pero eso ya no podría saberlo. Como nunca podría amar a Sofía, ni cogerla en eterna elipsis de la mano, ni ser su respiro y su miseria. La vida, personificándose en la señora Rogelia, le había robado el espejo en el que mirarse, poco tiempo después de habérselo regalado. Esto, además de cruel, le resultaba moralmente inaceptable. Hay otra visión, más global, que le diría lo contrario: aquella era la historia de amor perfecta. Pero eso no lo podía ver el pobre de Paquito, que aún así cargo en sus hombros a la vieja y afrontó con valentía los espacios comunes. Ahí, entre el humo negro, comenzó, por última vez en la noche, el descenso.

Respirar es nuestro esfuerzo más involuntario y natural. Su marcha avanza inexorable y ajena, con la seguridad del trabajo bien hecho. Paquito, de pequeño, tenía pesadillas con que se olvidaba de respirar y se moría, por lo que pasó largas etapas de su infancia totalmente concentrado en inhalar y exhalar de una forma regular. Su madre, a la que nunca contó nada, se limitaba a decir que era un niño callado. Tras el primer choque con la columna de humo, Paquito volvió a sentir esa necesidad de respirar entonces, sólo que ahora el aire se le negaba. Sintió un mareo y se tambaleó: el peso de la señora caía sobre él como una losa. Creyó que allí se acabaría todo y lo creyó porque creía en sus sueños, aunque estos tuvieran el lado oscuro de las pesadillas. El mareo era tal, que Paquito dejó de ser él. Clavó la rodilla en el suelo. Iba a capitular pero no lo hizo: emergió como un resorte. Dejó de pensar y de sentir, como si su cuerpo hubiera pasado al modo irracional de supervivencia. Él no se dio cuenta, pero ni si quiera respiraba, todo él eran unas piernas que tomaron el descenso como su única forma de vida. No era Paquito ya un hombre, era una obsesión por llegar al suelo.

Al llegar al tercero, se encontró con una familia entera, los Gutiérrez, desfilando agitados en pijama y camisón. El vecindario había despertado y la solidaridad hizo que todos comenzaran como locos a tocar los timbres de sus congéneres. Y como suele ser común en estos casos, florecieron algunos héroes, como Herminio Gutiérrez Sánchez, oficial de primera de la construcción y bicampeón de mus en el barrio, que llegó a sacar de la cama con sus propias manos a una pareja de octogenarios.

Poco a poco fueron llegando a la calle, resultando todos ilesos. Excepto Sofía, dos estudiantes universitarios y una pareja gay que se encontraban de viaje de novios en Nueva York, todos los vecinos estaban allí. La señora Rogelia se recuperó satisfactoriamente tras la reanimación pulmonar que le hizo Paquito in situ. Con el aliento ya restablecido le confesó que siempre había pensado que tenía cierto halo de santo. Concretamente le recordaba a San Niceto de Remesania.

Los equipos de emergencia llegaron rápido, pero no pudieron intervenir porque se empezaron a suceder más explosiones dentro del edificio. La casa, muy antigua y mayoritariamente de madera, no contaba con excesivas medidas de seguridad por lo que terminó siendo consumida casi enteramente por las llamas. De la buhardilla de Paquito no quedó nada. Sorprendentemente, el colapso fue una noticia menor en los diarios al día siguiente: un vídeo, que vía facebook se había universalizado en el You tube, cubrió todas las portadas. Mostraba a cierto Cardenal de la Iglesia católica en prácticas nada conservadoras, junto a una princesita de ojos celestes y blanca mirada. Niña, que una vez por perdida, la dieron por difunto, por asesinada. Sin cadáver no hay muerto, pero sí hay base para el odio de los hombres, para la reválida. El Cardenal fue marginado y lo perdió todo, desde el respeto al abrazo de su Iglesia. Pero en su ominoso fondo tenía razón: Sofía nunca murió, vivió todo lo que vivió el corazón de nuestro querido Paquito España.

Pies de Foto: DUBROVNIK

Dubrovnik, acostado al sur de la estirada Croacia, es conocida como la perla del Adriático. Es tranquila y bella, como un perfume de frasco pequeño. Guardada con celo, sus murallas cortan con el mar y sus montañas, repletas de olvidadas minas, hacen lo propio con sus vecinos bosnios. Sus playas no son tales porque carecen del don de la arena: todo allí es imperecedero y atemporal, subyace de la férrea piedra. Va con su carácter rocoso, acostumbrado al constante bombardeo de lágrimas. Pero no se preocupen, nadie allí habla ya de la guerra. Sufriendo, lo han coseguido: Estos nietos de Tito ya caminan en paz, lucen contentos sus banderas, sirven sonrisas de otoño en un clima primavera.


La inocencia deja de ser tal cuando la visten. Por eso este niño es puro y por eso su mirada busca el mar. No le molesta el aire, ni el sol, ni mucho menos las piedras: allí están las atentas piernas de su madre para prevenir tormentas y temores; produciendo sus quimeras. Su ojos desafían al infinito porque pueden hacerlo: con tan poco pasado, solo te queda aferrarte a los devenires futuros. Y ya sean blancos o negros, son exclusivamente suyos, a dividendos partidos con la fortuna y las circustancias. Pero hoy no es mañana y en esa arisca cala nada importa. Todo es tan grande y tan raro, y tan extraño y lejano; que lo más cabal es refugiarse en mundos de castillos, princesas y sueñecillos abstractos.

Tanto en la vida como en el cine, todo se juega en los primeros planos. Ahí no valen excusas, ni faltas de talento: debes darlo todo, sentir la situación y hacerla tuya, juguetar con la cámara, tirarle una sonrisa, aguantarla un segundo más. Debes ser tú mismo, pero también una proyección de lo que quieren que seas. Debes confundir con la mirada travestida de portagonista y comparsa, ser el aguador de las palabras que lleve, por las arrugas de su cara, desde la cuna del paraíso hasta la cepa amarga. Los primeros planos no engañan... Como no lo hace esta ninfa maña, que aún muy lejos de sus bosques, nos escupe un raudal de magia.


En las sociedades modernas, mata más el stress que las bombas. Y lo hace de una forma sostenida e indiscriminada: te va limando, de dentro a fuera, muy despacio; para que lo veas, para que lo sientas, y purgues hasta el último gramo de tus venas en la búsqueda de un digno final. Aquí eso no ocurre, todavía manda la caliza y la piedra, . No es que trabajen despacio, es que todavía no han enconrado el sentido a hacerlo más deprisa. Por eso, y aunque tu patriótica camioneta parezca que no puede andar no se detendrá nunca. O lo hará constantemente. Siempre que algún viejo amigo quiera partirse un minuto contingo : divino don este de conversar.

Si los perros son la fidelidad, la desconfianza es de los gatos. Su idiosincrasia es la individualidad, por lo que no toman la sumisión de buen grado. Aún domesticados, no sólo mantienen su independencia, llegan al enfrentamiento si es necesario. Con sus uñas y sus dientes y unas serías discrepancias sobre el humano concepto de la propiedad. Si Dubrovnik es de alguien, sin duda es de ellos, de los gatos. O al menos suya es la noche, donde campan a sus anchas por las viejas calles, juegueteando a brigada de asalto en pequeña villa marcial. Por el día, mientras no los toques, solos bostezan y callan. Para deleite de fotógrafos e intrepidos viajeros de tierras lejanas.