lunes, 17 de septiembre de 2012

El eje (II)

De repente, el suelo se volvió blando. El pasillo conducía a una sala completamente acolchada y recubierta con ideogramas, que Ernesto calificó de naturaleza maya o azteca. Siempre le entusiasmaron las culturas ancestrales, por encontrarlas mucho más cercanas al ser humano que las religiones modernas. En el fondo de la sala, de unos 55 metros cuadrados, había un extraño hombre que no dejaba de correr de un lado para otro. Su aspecto, chaparro, con sobrepeso y una más que evidente calvicie, le recordó al actor Danny DeVito. No pudo reprimir la risa y relajarse, obviando por un momento al infortunado niño de la urna. El hombre, ataviado con una camisa de fuerza de color marrón, se detuvo y clavó los ojos en Ernesto:

-¡Cuidado! ¡Cuidado!
-¿Qué?
-Te van a pillar... Si no te mueves rápido te pillarán...

El hombre hizo un paréntesis para esquivar algo que se parecía a una ráfaga de viento.

-¿Cómo?
-Las oportunidades ¡Están por todos lados!

Ernesto estaba totalmente descolocado. Las pequeñas patas del hombre se movían con rapidez, a pequeños saltos, y conseguían con éxito esquivar todo aquello que se le aproximaba. Bueno, que presuntamente se acercaba, porque Ernesto no veía nada en concreto a lo que poder escapar.

-Las oportunidades siempre están al tanto para destruirnos. Llegan, se apropian de nosotros y nos condicionan para siempre...
-¿Y tú eres…?
-Bob.
-Bob ¿Y esto es… tu rancho?
-No, sólo vivo aquí, no cultivo. Es el sitio más seguro del mundo contra las oportunidades...
-¿Vives en el hospital?
-¿Un hospital? No... un hospital es un sitio peligroso... está lleno de oportunidades...de vivir, de morir... es demasiado comprometido... aquí estoy mejor... Y aún así es complicado… El otro día estuve a punto de ser absorbido por una oportunidad. Tuve un momento de debilidad y...

Ernesto se sentó en el suelo y apoyó la espalda contra la pared acolchada. Desorientado, resopló y se regaló unos momentos de silencio, normalizando sus sensaciones y su propia cabeza. Bob seguía a lo suyo, por lo que Ernesto volvió a conectarse a la conversación.

-...Claro que era algo concreto...las oportunidades concretas siempre son más difíciles de eludir que las abstractas...
-¿Cómo?...
-Era una mujer, pasó por aquí y... bueno, era guapa y eso. Quería que la acompañara y reconozco que me hizo dudar... por suerte reaccioné. Era muy especial, como brillante, castaño brillante...
-¿Pasa mucha gente por aquí?
-A veces...tengo mala memoria. Además, después de lo de Paco...
-¿Paco?
-Le convencí para que se quedara y acabó desapareciendo...- Bob señaló un montón de ropa que había en una esquina- Debió de recoger alguna oportunidad a mis espaldas...

A pesar de lo surrealista de la situación, Ernesto se encontraba muy cómodo con aquel tipo. Acostumbrado a lidiar con un mundo que le trataba por loco, agradecía tener la cordura de su lado. Veía el lado divertido de las cosas.

-Me tienes que explicar mejor eso de las oportunidades…
-¡¡Si es obvio!! ¿Por qué soy el único que lo ve? (se detuvo, clavó sus ojos en Ernesto, su tez envejeció súbitamente). Las oportunidades nos entorpecen, nos alienan con el mundo obligándonos a elegir... ¡Me río yo de los que dicen que la libertad está en la elección! Las elecciones nos condicionan, nos borran caminos... van acotándonos hasta que nos reducen a la nada... Libertad lo llaman...
-Elegir no es malo. Nos ayuda a forjarnos, nos hace diferentes... si no eligiéramos… no pasaría nada. Seríamos plantas.
-¡Falacias! La naturaleza, que es lo más perfecto, no elige sus cambios. Suceden en la armonía de los tiempos, lentamente, y sólo así mantienen su perfección... Nosotros llevamos siglos de evolución voluntaria, de elecciones. Cuando creces eliges tus amigos, renegando de millones de personas de tu alrededor. Eliges un trabajo, o un estudio, o un ascenso, o un lugar… pierdes millones de experiencias y conocimientos…
-Al precio de ganar otras.
-¿Ganar? Mira donde hemos llegado: a sistemas que se autoperpetúan por el odio, por la esclavitud, por el dinero...
-Bueno, pero es que el mundo es mucho más complicado que uno mismo... estás tan condicionado a tus elecciones como a las que hacen los demás…
-Yo ya no. He pasado mucho tiempo engañado, cogiendo oportunidades que me llevaban a nuevas oportunidades, que me remitían a otras nuevas... que no llegaban a ningún sitio. Estoy harto. Por eso me quedaré aquí y no volveré a elegir jamás.
-¿Y sabes dónde estamos?
-No. Y eso es lo mejor, limita mucho a la hora de poder elegir. Además, es más seguro.
-¿No tienes idea de nada?
-Nada, nada… La nada no existe, siempre hay algo…
-¿Entonces?
-No sé, creo que esto es una parte del inconsciente, la más cercana a… no lo recuerdo bien. Había algo escrito ahí, pero un mal día lo borré...

La mirada de Bob se atrapó en una parte de la pared, donde los ideogramas estaban recubiertos de sangre reseca.

-Apuesto a que eres una invención de mi cabeza.
-O tú de la mía. Yo me veo bastante más cabal que tú, sin ofender. Tal vez es un inconsciente colectivo, o el infierno, o el purgatorio, o ambas cosas a la vez… qué se yo...
-¿Eso es la salida, no?- Señaló una pequeña abertura en una de las paredes.
-Sí, todo el mundo termina yendo por allí. Pero vamos, yo tampoco me haría muchas ilusiones... -¿De qué?
-De volver.
-¿Volver a donde?
-No sé, a algún sitio querrás volver. Todo el mundo termina queriendo volver. Si no eligieran no tendrían que querer volver hacia atrás. Pero ya te digo, yo nunca pasé del desfiladero.
-Qué desfiladero.
-El del final del túnel. Se oyen susurros, voces, algunos gritos… Decidí no tomar ninguna decisión más y me volví. Y la verdad, me va bastante bien.

Ernesto sonrió y tendió la mano de Bob.

-¿Tomarme como amigo es una decisión?
-No, es una consecuencia.

La mano terminó en abrazo y Ernesto se apenó de tener que dejar a su nuevo amigo. Teniendo en cuenta las circunstancias, era lo más normal con lo que se había encontrado en las últimas horas. Al arrodillarse, escuchó de nuevo su voz.

-¿Tú crees en dios?
-Fui ateo y comunista durante algún tiempo. Últimamente obvie el tema.
-Es curioso, todo el que pasa por aquí lo hace.

La cueva era estrecha, y sólo permitía el paso a penitentes. No sabía Ernesto si iba o venía, si estaba o había dejado de ser, si era una imagen o algo más concreto. Llegó frente al desfiladero y, aunque el techo se elevaba al cielo, continúo de rodillas, avanzando despacio. Comenzó a escuchar las voces, a sentirlas como suyas, con una extraña sensación de deseo. Había algo en aquellas gargantas que le impelía a saltar, como si el atajo hacia el fin fuera aquel vacío. Se paró a reflexionar y llegó el cansancio. De una forma absoluta, sin matices, como llegan las cosas importantes. No dejo caerse, porque carecía del valor para tal hazaña, porque, como tantas veces, había vuelto a dudar. Sin fuerzas, fue arrastrándose por el desfiladero durante horas, hasta tomar otra vez la negrura, dejando el imán de aquellas voces. Con decisión, pagando un precio: Empezó a brotarle sangre coagulada de la cicatriz del apéndice. Sangre color amarillo intenso.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Mundo prozac


Ansia de despertar
jazmín en tu reverso,
la mecha
de este mundo prozac,
de todos
sus malos cuentos,
de sus promesas
rotas al mar,
de sus futuros
con el agua al cuello;
crecer por crecer
para no pensar
para callar
y seguir mirando ciegos.

Ansia por tomar un rincón
objetor
de la ley y el tiempo;
ansia de mi,
de copar
todos tus celos;
De ser certeza
abrigo,
¡Revuelta
para vivir
en vuelo!
El vértigo
que no tiene prisa
el sol
que flagela
el invierno.

Y hace frío
y hay un ansia
en el que todo lo debemos…
y más bombas,
y más tristeza,
a más patrón
más manda
el miedo…
Y nos dejan
las cadenas
y se llevan
lo que es nuestro…
Me podrán quitar
quien soy
pero nunca
lo que siento
y creo,
si no arde
la paciencia,
es que ya
somos entierro;
si te bajas
esta noche
nos quemamos un Ministerio.

Solos
tu y yo,
en una comuna
de locos cuerdos.
¿Me regalas
una duda?
Para ti
alquimia y sueños.
Caladita a la intuición
que detrás
duerme el aliento,
a sumar cosas bonitas
y anestesia
pa´lo feo;
hay palabras
que se dejan hacer,
que no las jode el viento.

Y la anciana
realidad
que lo pone todo tan lejos,
cada uno hacia su lado
y las calles
al silencio;
el esclavo
vive
en ti
y vive
tan contento…
Si nos caen las mismas ostias
es que son
los mismos dueños.

Te busco,
y te vas…
ciclotimia
de arrebato
al suelo,
del negro
a las nubes
al quizás;
a la sombra
que soy,
al eco.
La libertad,
el esfuerzo,
qué sofisticado es odiar
si no tienes que ver
a los muertos;
y al cambio igual,
soflamas,
mentiras,
mareos,
colores
de una sola voz:
siempre nos vendemos.
Cada bala que se compra
es olvido para el pueblo.

Si no se puede ganar,
luchemos.
La luz germina
en caricias robadas,
en ir
reiniciando verbos,
de soslayo
escalofrío al alma
ojalá
la lluvia clara
seque algún recuerdo.

Canta, baila, sonríe,
llena de luna
los tejados;
Grita,
mucho más amplio,
hasta que les sangre
la vergüenza,
si me niegas,
desacato;
y mañana
nubarrón
y siesta,
y a inventar
por otro lado,
y a perderse
dando vueltas,
seguro,
rendido,
cegado,
la utopía que nos viene,
el mañana
y su verano,
rendirse para quién,
con sólo pensarte
me hallo.

miércoles, 11 de enero de 2012

Delirios

Pongamos que existe un plural
mayestático y distinto,
un quizás
de tal vez
y ojalas…
en anhelo
condicional continuo;
Pongamos
que el derecho a delirar
es igual
al derecho a estar vivo,
que se revaloriza volar,
que no caduca
ser un niño;
Pongamos que viviendo en los demás
somos habitantes de uno mismo.

Pongamos
que no hay un final
que sólo somos vida en el camino,
horizonte transversal,
improvisación,
derribo,
la firma que nunca sale igual
la voz que ve
desde todos los sitios.

Pongamos que ya no vale ganar,
que se condena el beneficio,
que el papel
sólo sirve pa fumar,
para tejer en los libros…
Y deudas
y banderas
a quemar,
al museo del genocidio…
pongamos que hay parón
y marcha atrás:
y damos otro pasito.

Pongamos
que se pasa de moda el miedo,
que sólo hay prima de rebeldía,
que se caen
anillos y complejos
y en su vejez
se derrite la envidia,
y se da
a cada segundo un ministerio
a cada techo
su familia;
a cada fracaso,
mil y un vuelos;
a cada dios,
su despedida.

Pongamos que despertamos
y somos
lo que reza la teoría:
una conciencia a tiempo completo,
un diapasón
en la desidia,
un enhebrar de sueños locos
que corren,
saltan,
tropiezan
y giran,
que van hurgando
pozo a pozo
unos ojillos donde secar las heridas.

Pongamos que todo es posible,
que una verdad
suele sumar varias mentiras;
sí,
seremos un juguete roto,
pero es el mundo quién nos tira….
que se joda,
que nos deje solos,
que se siga mareando en su inmundicia…
Somos hijos de un gran caos,
al noventa y nueve por ciento rendija:
Somos calor,
somos sol,
somos brisa…
El ensayo que parte del error:
la armonía.

¿Y ellos?
Que sigan…
Que pongan el odio,
las murallas,
la ceniza,
que cieguen sus oídos sordos,
que revienten
en su codicia.
Desnudos
en su fe de lobos,
en su vocación caníbal;
Esta soga
somos todos,
un molotov de bienvenida:
el albor
de las candelas,
la suma que siempre multiplica,
la resaca
de la siguiente ola,
la caricia,
el murmullo
que no cesa,
vuestra puta
pesadilla.

Y regalamos horas
lo bonito se fragua al tiempo,
la luz suma color
al olor
del fuego lento,
al candil
de las personas,
de jugar de verso a verbo,
que lindo
es desnudarse
cuando nos vamos sintiendo…
Y qué más da
otra derrota
si ya sabe todo a infierno,
el futuro pa la Historia,
ya nos dirá
si fuimos buenos;
si somos
primavera
o el delirio de un gran sueño.

domingo, 10 de abril de 2011

Las desventuras de Paquito España (Volumen XIX)

Era frío y era noche, pero Paquito España mantenía el cuerpo en un sosegado equilibrio térmico. Ayudaban, claro, tanto el alcohol como la orografía, en escalada continúa desde las Vistillas hasta su pequeño cubículo residencial de la Gran Vía. Subía Paquito como solía hacerlo: ágil, dando independencia y sentido a sus piernas; destripando anécdotas, comportamientos y discusiones, sentando una cátedra de conclusiones que olvidaría algunas horas después. Abstraído y obcecado, no acostumbraba a interactuar con el mundo, aunque ese día decidió tomar la vereda de las excepciones. Al bueno de Paquito no le invitaba el sueño, y sí la vena juguetona. Al pasar por la Plaza del Carmen se espantó al verla empapelada de carteles en contra de la eutanasia, con motivo de una manifestación para el día siguiente, donde más de dos millones de simpatizantes de la vida había rebatirían furiosamente un globo sonda lanzado por el gobierno. No había ley ni proyecto de ella, sólo la típica filtración vía El País y la cadena Ser, para tantear sentimientos y predisposiciones, circunstancia previa obligatoria antes de cualquier debate parlamentario. Esgrimiendo que la vida está por encima de todas las cosas, incluso de los propios hombres, adictos y acólitos de la derecha coparían con su familiar riachuelo la común conexión peatonal entre Cibeles y la Plaza de España. Desde luego, con la fe que se hacen estas cosas: como un adalid de la razón. Paquito se encontraba en la otra cornisa, la extremadamente contraria, y no dudaba de que detrás de sus pomposas frases de campaña sólo escondían otro intento de salvaguardar su caduca moral, ceñida a los valores absolutos. Él creía que la vida sólo pertenecía al hombre, y sólo él debía tener derecho a disponer de ella. Subyugarla a valores políticos o religiosos era maniatarla a la subjetividad, cuando no hay nada más objetivo que sentirse vivo, que manejar los devaneos de tu conciencia. Para Paquito, obligarte a vivir, no suponía más que otra libre interpretación de la cadena perpetua.

Se dispuso pues, a desafiar a su fuerza y a su propio equilibrio, arrancando cartelones mientras su corazón se aceleraba, consecuencia repartida a partes iguales entre el morbo vandálico y su deplorable estado físico. Los dos primeros los eliminó de manera cautelosa, fijando constantemente la vista a ambos lados, no fuera a ser aquello un acto ilegal con la típica consecuencia administrativa: Y, para no variar, no andaba su economía como para estar malgastando euros. Con la tercera se relajó, empezando a ver lo divertido del asunto: por alguna razón tuvo la certeza que en los sueños de aquella noche le tocaría escapar de un ejército de viejas furiosas, clones con el mismo visón y el mismo bote de laca por cabeza. Con la cuarta notó un tirón en la espalda, lo que le llevó de vuelta a la tierra. Paquito se echó la mano a los lumbares, dejando caer un rocoso suspiro, propio de edades cansadas pero que Paquito sonorizaba desde que tenía quince años. A su marcha, ya con el silencio, fue cuando notó la siguiente punción, está vez unos centímetros más arriba. Paquito se quedó helado, maniatado por la gravedad, por la naturaleza de su origen: aquel dolor no venía de dentro.

-Vamos Primo… tira pal cajero y pórtate bien… y aquí no va a pasar nada…

La voz, con cierto arrastre a yonqui, se podía calificar como de quinqui de barrio en su formato estándar. El hombre, que no dejó a Paquito voltearse, señaló una Caixa que se encontraba a escasos metros. Paquito, que era del Santander, valoró sugerirle al atracador un cambio de sucursal, ya que uno de sus principios básicos vitales era “nunca dar un céntimo de más a un banco”, por muy cómodo que fuera. Ya de camino declinó hacerlo: al fin y al cabo llevar aquel trámite con celeridad bien valía una comisión. Paquito estaba asustado, pero lo estaba mucho menos de lo que él mismo hubiera podido visualizar previamente. Nunca le habían atracado y ya eran muchos los años de vagar nocturno por las callejuelas del centro histórico. Se podía decir que se mantenía en un nervioso estado de alerta, pero en cierta forma lo hacía resignado: hay estadísticas para todo, y a cada uno le toca cubrir alguna.

-Solo puedo sacar trescientos…
-Vale con cien. Bueno… ciento cincuenta. Venga, dale.

Paquito, lamentando su incapacidad para la negociación, marcó los movimientos metódicamente. Amigo íntimo de la torpeza, hizo honor a su leyenda por lo que todos los billetes acabaron derramados por el suelo. La consecuencia de esto fue un mecagoendios polifónico, a lo que reaccionó Paquito echando la rodilla en tierra para restituírselos a su nuevo dueño en un tiempo digno de avatares olímpicos. Fue allí, en contrapicado, donde aquella voz de navaja en mano, tomó forma y rostro. Moreno de rasgos marcados, parecía algo mayor que Paquito. Era una cara familiar, pero es que hay muchos físicos reconocibles y a veces el inconsciente nos va llevando al estereotipo. Y este lo era con creces: camiseta de los Ramones, pelo largo pero poco abundante, barba de quince días, una cuenca ojerosa de millones de años. Al final del proceso Paquito llegó a la conclusión, aunque para ello tuviera que volver al principio. Su cara le resultaba familiar porque podía ponerle nombre: Ernesto Rubiales Robles.

Las vidas Paquito España y Ernesto Rubiales se cruzaron por primera vez a la tierna edad de nueve años, en los pequeños universos de aula y colegio. Sus caminos, en esa pirámide social que son los centros educativos, partían de la misma base, aunque ya entonces sus direcciones marchaban por realidades bien distintas. Paquito, con conflictos internos impropios para su edad se refugiaba hacia adentro, en viñetas garabateadas y pequeños relatos, en esos mundos mágicos de amores e historias complejas que tanto dejan en evidencia al nuestro. Era, digamos, un niño raro, impopular, de esos a los que no da reparo ni mala conciencia pegarle una colleja de vez en cuando. Ernesto representaba todo lo contrario: el éxito. Guapete, extrovertido, con el don más valorable que un hombre puede tener en esos tiempos: aptitudes para el fútbol. La infancia es tan caprichosa que no te sesga por tus capacidades, ni si quiera por tu dinero, todo lo marca una elección: la rapidez con la que te escojan en aquellas filas del principio del recreo. Ambos compartían clase y poco más, al menos hasta décimo curso, donde el azar le impulsó a ser compañeros de prácticas en la asignatura de Químicas, materia, por otra parte, en la que compartían el mismo nivel de interés e ignorancia. A ninguno le hizo gracia caer junto al otro, pero al final el roce le llevo a Paquito a discernir la evidencia: nunca hay dar nada por sentado sin haberle dado el beneficio de la oportunidad.

-¿Nestor?
-No me jodas… ¡¡Francisco Álvarez España!! Ostia puta… (Y Ernesto empezó a descojonarse) Como la canción del Sabina pero en cutre…

Aunque el tiempo se cuantifique con valores tangibles es bien sabida su relatividad, al ser el hombre limitado y subjetivo. Para Néstor, hacía casi quince años desde la última vez que vio a Paquito, muy poco antes de que se mudara a la okupa de Embajadores. Su charla fue cordial y su abrazo sentido, deseándose ambos mucha suerte en sus respectivas búsquedas. De la de Paquito ya sabemos un poco, hablemos pues de cómo fue latiendo la estrella de Ernesto Rubiales Robles.

Durante muchos años, Néstor llevó una vida de famoso sin serlo. Capitán en todas las categorías inferiores del Real Madrid desde su ingreso en juveniles sufría el halago como algo natural, propio de su estirpe guerrera, de sus exhibiciones en el circo. Él lo llevaba con tranquilidad, relamiendo su momento, con la rueda de cara, con una suma constante de récords a todos los niveles, con portadas en la prensa y regalos millonarios exentos de declarar. En apariencia con todo, en realidad con fisuras: las nubes saben bien pero carecen del don de la perspectiva.

Dos días después del abrazo con Paquito, Néstor tomó rumbo a la capital Condal. El F.C. Barcelona pagó su cláusula de rescisión una semana después de que firmara su primer contrato como profesional, ascendiendo el traspaso a 30 millones de euros. Golpe mediático del nuevo presidente blaugrana que quitaba a su eterno rival su mayor baza de futuro. Néstor dio el paso divertido, sabiendo que engrandecía la incipiente leyenda: para vivir en la conciencia colectiva hay que cultivar lo extremo, y lo mismo da el amor o el odio. Se sabía traidor pero no se sentía tal cosa, y es que en su casa lo más sagrado después del Rayito, era el Atleti.

Siguió Néstor su ascenso fulgurante, dejando tras de sí una buena ristra de goles en sus dos primeras temporadas, llegando a debutar incluso con el combinado nacional. Se culminaba su meticuloso proyecto de vida, encauzado al éxito desde sus inicios. Se preparó y se sacrificó como ningún otro, aunque se embelesó de él de la forma más prosaica posible. En su defensa decir que hay que casos donde la evidencia no lo quita un ápice de coherencia al error. Dinero, mujeres, fama, proyección, vida de día que se multiplica de noche, necesidades, vicios, principios e incertidumbres de un ser superior.

Ser un dios debe ser difícil, más aún si sólo eres un triste humano. Néstor fue cayendo poco a poco, primero en sus goles, luego en sus minutos, en sus citas con la prensa. Y luego llegó la rodilla, que una mala tarde decidió partirse para no volver jamás. Con veinticinco años dejó el fútbol, con veintisiete decapitó todas sus ganancias, y con treinta volvió a ser portada en los informativos de Antena 3: era el presunto cabecilla de una banda especializada en butrones.

-Joder… manda cojones… toma anda… que ya me busco a otro…

Néstor devolvió su dinero a Paquito, que lo recogió con una sonrisilla temblorona, a la vez que elevaba al ronco cantautor de Úbeda al status de deidad menor. Lo que vino inmediatamente después, el resorte de respuesta, sólo se puede explicar bajo los influjos de las bebidas espirituosas, especialistas en expandir el alma a niveles de empatía propio de las especies más nobles, como las pasionarias o los perros.

-No sé, si quieres te invito a unas birras… Hay un bareto un par de calles más arriba que…
-¿No tendrás un canutillo?

Y en efecto lo tenía. Paquito España había dejado de fumar con regularidad desde hacía ya bastante tiempo, había abusado tanto del cannabis que sus efectos ya sólo le empujaban hacia la depresión y estatismo vital, y a las noches plomizas que no gozan ni de un solo sueño. Aún así, seguía filtreando con ello de vez en cuando: le permitía atrapar esa perspectiva canalla que la vida no te deja coger. Aquella noche Venancio Urrutia, que además de actor de método era un habilidoso cultivador de marihuana, le había regalado algunas de muestras de su nueva cosecha.

Así, los dos antiguos compañeros de aula, fueron en busca de un lugar tranquilo donde sentarse. De camino, como no, se encontraron con nuestros amigos nocturnos de oriente, que matizaron la reunión como sólo ellos saben hacerlo… Ya saben, las noches de Madrid suenan a cerveza a un euro.

Se fueron poniendo el uno al otro al día, con medias verdades y falsas mentiras, al fin y al cabo la fantasía es el mayor activo de esas ambiguas horas. Y como era lógico y normal, y ya en el alumbramiento del segundo duende verde, los derroteros fueron echándose hasta llegar al espacio común: el fracaso.

-Supongo que debe ser complicado, tan joven, con el mundo a tus pies… y de repente… a tomar por culo todo…
-Estás tan arriba que no puedes ver… y no puedes ver porque lo tienes todo. Ahí. Delante tuyo. Lo que jodidamente se te pase por la cabeza… ¿Sabes cuantas tías me he follado?
-Más que yo seguro…
-Mil cuatrocientas noventa y dos.
-¿Eso es físicamente posible?
- He tenido tres Ferraris, dos barcos, un mono vietnamita que bailaba claqué… Todas mis neuras al alcance de una llamada de teléfono.
-La vida que tomamos es la que va condicionando nuestras necesidades… Al menos pudiste disfrutar de ello… ya es más de lo que puede decir la mayoría…
-En mi caso los recuerdos producen más dolor que nostalgia…
-Más triste es lo mío, a veces, a falta de buenos recuerdos, me los invento. A veces imagino cosas, las proyecto, las vivo intensamente en la cabeza… cosas que nunca ocurrieron. Y luego las recuerdo… es extraño, pero esos recuerdos tienen más autenticidad que la mayoría de mis vivencias…
-Joder, en este puto mundo estamos todos como cabras…
-¿Y qué es así lo más heavy que has hecho?
-Una orgía con todo el equipo de informativos de La Sexta de la época…
-¡¿No jodas?!
-Brutal. Todo ser humano tendría que tener derecho vivir esa experiencia al menos una vez en la vida. Por ley. Después de eso, todo lo demás te parece insulso.

Néstor y Paquito continuaron riendo un rato más, de los tiempos pretéritos y de los presentes, de cómo la vida te va conformando un carácter a fuego y ostias, a pequeñas dosis de hiel, al agravio de la realidad comparativa. Paquito y su incontinencia cerebral dieron el paso final al cambio de tono, al desnudo de lo verdaderamente importante.

-Y nos has pensado en… no sé… en otra forma menos ilegítima de conseguir ingresos…
-¿Un curro? Paso. El trabajo es una mierda.
-Supongo que es un mal necesario…
-El trabajo es intrínsecamente malo. Es tan horrible que hasta te pagan por hacerlo… Es la única forma de conseguir su sucio dinero…

Aquella frase elevó a Néstor a un plano superior, por lo menos frente a los culturetas ojos de Paquito España. No sólo porque hubiera utilizado la palabra “intrínsecamente” en un contexto válido, sino por esa demencia orquestada a la razón, por esa locura que de tan loca se hace magnéticamente inevitable.

-Lo que tampoco hace me guste andar atracando a la peña pero… ¿Hay que sacarle partido al barrio, no?
-¡Eso siempre!
-Además, ibas a ser mi última víctima…
-Qué honor…
-Sí. Un último palo para una última gran noche… Montecristo, Chardonnay, Marqués de Villamagna y un pollo asado de tres kilos para intentar honrar a mi madre…
-Curiosa combinación.
-Mira que he comido mierdas, pero nada como el puto pollo asado que hacía mi madre…
-¿Y luego?
-Un último viaje con el mejor corcel de toda la ciudad.

Lo dijo así, jugando, como si fuera otro paseo más, la cosa más insustancial del mundo.

-¿Has probado alguna vez el caballo?
-No. Y no soy precisamente una monja…
-No lo hagas nunca. Es tan jodidamente bueno que el resto de cosas dejan de tener sentido…
-Tal vez necesites ayuda.
-Todos necesitamos ayuda… No me pico desde hace más de dos años… Ya te lo dije: sólo quiero un último viaje.
-Mira, unos amigos míos están montando una función de teatro… comparten espacio con otra gente y necesitan a alguien que les ayude con la escenografía… no pagan mucho pero…
-Para considerarte escritor no eres un tío muy inteligente… Te he dicho que no quiero un puto trabajo. Sólo un último homenaje. Me voy. Se acabó el juego.
-El juego da muchísimo más de sí… no sé, yo al menos aguantaría hasta llegar a las mil quinientas… seguro que te dan un premio o algo…
-No creas, hay demasiado degenerado suelto…Y al final las mujeres sólo valen si las quieres y a mí hace tiempo que se me fueron las ganas de querer a nadie...
-Eso es hasta que…
-Venga Paco… que se está dando muy bien la noche…
-No sé…
-Simplemente quiero terminarlo. Y quiero terminarlo yo. Como no tengo dinero, lo robo. Me da igual. Es parte de la decisión… y en esa decisión ya no hay consecuencias. Libertad en estado puro.
-Y sin posibilidad de arrepentirse.
-Sólo te arrepientes de las decisiones que no pensado antes lo suficiente.
-¿Te arrepientes de vivir?
-Empiezo a arrepentirme de no haberte robado…
-Sólo intento ayudarte…
-Sin ponerte en mi lugar. Es mi decisión porque son mis circunstancias. Y esas solo las conozco yo. Al menos de verdad, por dentro. El resto son especulaciones, teorías, el mismo cuento de siempre: lo que debes ser. Y nunca es lo que debes ser, es lo que eres tú… Porque en el momento que dejas de fiarte de ti, en el momento que dejas de ser tú… ahí estás muerto… viviendo, sí, tal vez de manera muy exitosa, tal vez siendo el puto amo del cotarro… pero en manos de ellos, de lo que debes ser… ¿Y sabes lo que debes ser? Un puto medio… eres un puto medio para que sigan fluyendo sus fines… con tu trabajo, con tu dinero, como debe ser…
-Si toda la gente inconformista se hubiese suicidado nos hubiéramos quedado sin revoluciones…
-Sigues sin entenderlo… porque en tu mente no puedes concebir una decisión así… La cosa no va de revoluciones, sino de tolerancia.

Paquito bajó la cabeza unos segundos, lo que tardó Néstor en señalarle un cartel de la familiar manifestación del día siguiente.

-Deberías acostarte pronto, sino vas a ir con resaca…

Paquito, sin hablar, lo dijo todo.

-Ah, claro, los que están parapléjicos si tienen derecho a morirse ¿no?

Con la puntilla, a Paquito se le quebró el debate. Se veía venir: estaba excesivamente callado. También le barrió la marea verde, que cayó sobre sus sienes como un mantón plomizo. De una forma sutil, como si un suspiro quebrara de soslayo su pilar maestro, volvió a venirse abajo, a sentirse un enano en un mundo multiplicado por sus formas. Aguantó un poco el silencio, sin reflexión alguna. Luego le tendió los ciento cincuenta euros.

-No robes a nadie. Es mejor que tu viaje sea el regalo de un amigo.

Néstor cogió el dinero y regaló un largo abrazo a Paquito España. Poco más se dijeron, habían llegado al dichoso punto donde sobran las palabras. Continúo Paquito su travesía dando tumbos, con la nebulosa floreciendo en galaxias concéntricas, en agujeros negros. Con un mareo que se incrementó al entrar por casa, que le obligó a salir a la azotea a respirar, a buscar consuelo en el aire.

Ya sea por atracción o por instinto, Paquito comenzó a acercarse despacio hacia la cornisa, en un viaje que se contemplaba a dos en planos complementarios. El primero meramente físico, banal, hacia la calle y el vértigo. El otro, el espiritual, representaba el vértigo mismo: aquella calle era un espejo, cóncavo y reflejo de la erosión del tiempo, de la nitidez de sus ojeras. Y era aún más allá, era por dentro, de él y de todos, de inicios, caminos y absurdas metas: lo frágil de ir viviendo entre sueños es que se rompen cada vez que despiertas. La tinta temblorosa. Línea a línea de su obra, portazos de quizás, a rozar de nuevo las olas, a las mentiras, al instinto, al prozac en la memoria, a tener que vivir dos vidas: una tuya y otra como la de los demás. Al desierto rodeado de gente, de no saber nunca nada. De sentirse atado a sí mismo, de gritar y no parar de tener miedo, de ser un eco prescindible, sombrío y solo.

Paquito mantenía firme la mirada al vacío, por primera vez en la vida no tenía miedo. Dio un paso más y subió sus pies a la cornisa, haciéndose dueño de sí mismo. La brisa era suficiente para sujetarse, lo que le convertía en un sujeto activo y libre. De repente sonrió, dejó caer un par de lágrimas, se pregunto a sí mismo. Recordó momentos, lugares, se paró mil y un segundos en cada persona. Reflexionó sin pensar, se juró valiente y ciego. Sintió a flor porque ya no le quedaba otra cosa más que sentir, cada detalle, cada poro sutil, cada molécula febril, cada paso a delante. Se apagó el sonido, y con él el murmullo que azotaba su mente, el bullicio de la legislación constante, la dulce caricia del silencio. Hasta que sólo fue él y el vacío, inundado de unos ojos… Paquito dio su alma por cerrada y se dejó llevar…



Cuando Paquito España abrió los ojos fue cegado por una inmensa luz blanca, seguida de un desconcertante murmullo. Paquito juntó rápidamente las pestañas, intentando ganar tiempo para analizar su nueva situación. Teniendo en cuenta las circunstancias previas, sin duda debía estar muerto. La luz cegadora y el murmullo confirmaban lo que debía de ser algún tipo de juicio final. Paquito estremeció, volvió a lamer el miedo: a ver como justificaba delante de esos señores toda una vida dedicada al ateísmo. Intentó repetirse el Padrenuestro en su memoria, pero era incapaz de pasar del tercer verso. Al final decidió lanzarse y abrir los ojos: al fin y al cabo dentro del mundo conocido, tampoco podía considerarse una mala persona.

El efecto se repitió al segundo intento, pero esta vez Paquito aguanto la mirada, hasta que el fogonazo fue desvaneciéndose. Y lo que fue quedando poco tenía de divino y mucho de humano: Paquito España se encontraba espatarrado boca arriba sobre la azotea de su casa. Los nuevos datos revelaron una nueva hipótesis: Paquito se quedó dormido y calló para atrás. El chichón que tenía en la cabeza, esta vez sí, de connotaciones bíblicas, dieron el caso por cerrado: no era más que otro domingo arrastrado a la resaca. Los murmullos los descubrió al incorporarse y buscar con la vista una pequeña fuga de su calle con la Gran Vía: los manifestantes avanzaban felices, cantores y reivindicativos.

Tuvieron, claro, su portada de gloria en la cabecera de los informativos. Como veinticuatro horas después la tuvo Ernesto Rubiales Robles, su ya difunto amigo. Destacaron lo del vino y el cava, les pareció divertido. Y aseguraron que su muerte fue motivo de un mal cálculo, de la más aberrante ausencia de reflexión. Paquito cambió a La 2 tranquilo, ya no se enfadaba por esas cosas, como mucho se compadecía un poco de los comunicadores. Al fin y al cabo, y como rezaba un graffiti de la vieja Vallekas: Es fácil hablar de lo que uno no sabe, lo difícil es acertar con el juicio.

martes, 23 de noviembre de 2010

CARTA A LOS REYES MAGOS

Para los dioses
una recesión eterna,
para la tierra
un Delorian sin marcha atrás,
para Occidente
un terrorismo de conciencia,
para Oriente
una plaga de dudas.

Para la banca
la abolición de los números,
para el Estado
el derecho de inmolación,
para las banderas
una capa de gris inflamable,
para los políticos
éxamen de vocación.

Para las guerras
sexo consentido,
para las empresas
relatividad,
para la competitividad
olvido,
para los libros
educación emocional.

Para el futuro
un shock de utopía,
para las princesas
invisibilidad,
para los reyes
repúblicas mixtas,
para las dictaduras
soledad.

Transtorno bipolar para los dogmas,
para las verdades
media razón,
para las locuras
algún mecenas cuerdo,
para la cordura...
un mordisquito de obsesión.

Para los caminos
mil y una direcciones,
para los sueños
un polvo con la realidad,
una cerveza por las decepciones,
un vino
por volverlo a intentar.

Para las respuestas
un espejo de preguntas,
para los códigos
la libertad del mar,
para las terapias
un pulso de poesia,
para los niños
asilo
en Nunca Jamás.

Para las mentiras
un castigo de cumplimiento,
para las confesiones
un té de luna y hachís,
para los susurros
el calor del silencio,
para los atrevidos
luz
y porvenir.

Para las sonrisas
trabajo de doble turno,
para las lágrimas
baja laboral,
para las crisis
paciencia y futuro,
para la inocencia
ganas de jugar.

Para ser malos
noches oscuras,
para el frío
tranquilidad,
para las miradas
furtivos encuentros,
para el vértigo
ansias de volar.

Para las redadas
fugas imposibles,
para los miedos
algo que agarrar,
para las bajadas
locales grises,
para las subidas
límite de velocidad.

Para respirar...
ritmos más lentos.

Para vivir...
vida nada más.

lunes, 30 de agosto de 2010

La rutina

- “Llegó en una hora, cariño… Nada, lo de siempre, se ha retrasado el cierre…Que va, que va, una tontería… Moratinos que se ha caído de la escalerilla del avión en Cuba… y Arévalo este, que se cree que está en Antena 3, se ha empeñao en darle dos columnas…”

Javier silenció su móvil y abandonó la doble fila. Como cada martes giró a izquierdas en lugar de a derechas, provocando la doble turbación en el microcosmos de su Audi A-8: los alaridos de error en el GPS, la extraña sensación de ahogo que produce el roce del pene con el pantalón vaquero. Javier, como cada martes desde hacía más de diez años, no puso remedio ni a la una, ni a la otra: le gustaba que hubiera una voz censora que a cada instante le recordaba que debía dar la vuelta, y le gustaba sufrir un poco por no hacerlo. Ya saben las del morbo son aguas caprichosas, complementarias a la calma moral.

Como siempre, Javier aparcó en el vado del taller colindante al número siete de la calle Chinchilla. Tras apagar el motor llevó su mano hacia el doble fondo del techo del coche, extrayendo un pequeño juego de llaves, como prefacio a la entrada en la finca. Llegó al quinto piso jadeando, con el estómago volátil y el corazón en llamas; y es que hay cosas que nunca cambian por mucho que te enfrentes a ellas una y otra vez.

Cerró la puerta tras de sí y cogió aire. Por alguna razón, el dióxido de carbono de aquel apartado lugar de 50 metros cuadrados era el único que no se le enquistaba al pecho, que fluía por su cuerpo como una madre lo hace por su casa. Cruzó el escueto pasillo y allí estaba ella, de espaldas, sentada sobre la cama, observando tranquila un mundo que no les pertenecía.

No hubo palabras, entre otras cosas porque nunca las había habido. Javier se sentó junto a ella y comenzó a besarla suavemente sobre el cuello: primero despacito, sin llegar a tocar, rozando; luego en sostenido, absorbiendo, marcando los labios; finalmente liberando saliva y lengua al paso de la boca por el lóbulo derecho. Ella resistía digna los primeros envites: así había sido siempre y así debía ser; y siguiendo el melódico paso del canon establecido, su mano izquierda fue desertando de la conciencia colectiva, llamando a revolución a órganos, músculos y sentidos, liberando a Javier del dolor, de la cárcel de vivir en un pantalón vaquero.

Tras el rescate, comenzó el masaje; la recompensa. Primero ondulante, al tacto de la palma de la mano, con la mirada esquiva en la ventana, al paisaje del más allá. Como cada martes, el encendido de las farolas marcó el final del prólogo, y su cabeza dejó por fin las ataduras del exterior para concentrarse en Javier, en sus bajos fondos. Matando cerebro y excusas, soplando vida a las perversiones: Ya estaba allí la noche con su velo santo de lícita locura.

En ese punto Javier cerraba los ojos y gemía al cielo, alargando su tronco en una autopista de de músculos y huesos; ella, cauta, recorría la senda meticulosamente, con sus debidas paradas y respetos: al ombligo, al pezón, al Everest del cuello. Y para celebrar la barbilla un mordisco: el primer encuentro, el cara a cara de comerse sin perder la noción de los tiempos. Partiendo del roce, del suave matiz de empezar a ser uno. De acomodarse los cuerpos: de tocar, sentir y compartir al milímetro. Calentándose, aumentando el ritmo, eliminando lastre, lanzando con violencia sus cuerpos sobre la cama. Como parte final del rito se miraban un instante, en silencio, con las pulsaciones en ataque de histeria y el corazón medio temblando. No se mediaba palabra porque no hacía falta: hay infinitas formas de decir te quiero.

Y por fin la anarquía, el animal que late dentro. La ansiedad por partir, él eterno deslizar de las bragas. El fulgor del arranque, el chasquido de la primera penetración. El ardor de seguirnos viviendo, de tocar las teclas adecuadas, de hacer del punto débil una compensación. De cagar el reloj y tirarlo en una esquina. De no parar, de innovar, de ser la resaca del mar, la más puta de cada esquina. De soñar en vuelo acrobático sin motor, en perfecta sincronía, tan alto y sucio que si existiera un dios… caería cegado de rodillas. Luego, esclavos de vivir en tiempo, la eclosión, el final, el toque maestro. El orgasmo de ahogarse en un mundo negro y creerlo todo blanco: si sientes sin pensar, es que estás amando.

Y de repente… ¡¡Zas!! La puta realidad. Ostia y vuelta a la rutina, al hacer de siempre, de todos los días. Javier se dejaba caer y se tumbaba absorto boca arriba, sobre el lado derecho de la cama. Ahora el cielo se revelaba desgastado, con una quemazón inquietante junto a la bombilla. Vuelta a los cálculos, a los movimientos. Javier alargaría su mano y extraería de la mesilla un cenicero con un mechero y paquete de mini-puritos en su interior. Se fumaría uno tranquilo, pues cuando lo acabase y tornara su cuerpo, ella ya no estaría ahí.

Pero el azar cuenta y a veces hay un detalle que desvela, que cambia la rutina. Antes de atravesar la puerta, ella se tornó y buscó voz, la encontró a medias:

-Javi… hay que ingresar mañana el dinero para la operación de mamá… al final son tres mil por cabeza y no dos mil…

Javier asintió sin mirar, prendiéndose el puro.

-A primera hora lo tienes… Ojalá el dinero fuera el único problema…

Y es que para colmo, a Moratinos, le pillaron esa noche de travestismo y magna borrachera por la feria de su pueblo.

lunes, 5 de julio de 2010

Una historia y un cuento

* A mi tía Nina *

La historia arrancó ya hace tiempo, y tiene como protagonista a una princesa. Una infanta que nació sin reino, en una larga cuesta de castillos de pizarra. Fue la última de un linaje crecido y acunado entre montañas… fue la quinta punta, la que se fue, la que faltaba, la que cierra la figura y forma la estrella, la sonrisa inesperada: No hay nada como un torbellino para darle vidilla a una casa.

La princesa creció acompasada al vals del ganado y sus cencerros, al sabor de la leche mazada, a las generaciones que comparten colegio, a las correrías de monte a través, de las muñecas desgastadas, a los tablaos de la mesa de comer, dos durillos y a levantarse la falda… Aprender a valorar, a no querer de más, a no echar nunca nada en falta; al calor de la leña y al café de puchero, suspiros de filluelas y empanada.

Pero el reino, que pertenecía a otros tiempos, se apagaba… Y los reyes cogieron a la princesa, carretera y manta; adiós al silencio, a la bondad, a las estrellas… el precio del progreso es claudicar, es alienarse a la colmena. Y allí, a pequeños saltos, a base de robar cosquillas y croquetas fue la larva mariposa, mujer la niña princesa... cambiando campos por mercados, cabritos por peces espada; perdiendo mofletes, ganando figura, educando la mirada.

Y lo que tiene ser la pequeña es que puedes jugar a revolucionaria… hacer lo que otros no pudieron, reinventar el pentagrama. Que nos gusta la luna… pues le damos cuerda… y ¡¡a bailarla!!; que no nos vale el nombre, le achicamos letras hasta que nos suene a hada… que vivir es irse reinventando a uno mismo, que hoy es día domingo, y juega la Tentación blanca.

Y todos se metían con ella… pero a la princesa no le importaba. La lluvia de buen gusto, ni moja ni araña, lo que viene y va en la piel, en el corazón escampa. Y decían… “qué se nos hace mayor, que no se nos casa”… y no faltaban candidatos, faltaba que dieran la talla… que llenarán el alma a la princesa, que la embrujaran, siendo el mundo tan pequeño… ¿Por qué nos echamos en falta?

Y la princesa ahí seguía, en su Universidad, batiendo sus alas blancas… viendo pasar otoños e ingenieros, inspirando detrás de la barra… y allí, echándole miraditas de soslayo, un principito estudiaba y estudiaba… y soñaba, entre noches de café, desvelo, números y fórmulas abstractas, con ponerle un reino a la princesa, y ser digno de robarle un beso, y ser el contrapeso eterno que diera equilibrio a su cama.

Él la perseguía y la princesa se escapaba… ya no era la niña que andaba y caía, tenía ya las rodillas magulladas, cada primavera soñar se vuelve más caro, será que florecen las canas. Será que la madurez conlleva desconsuelo, que la chispa se aletarga, que cuesta más creer, que hay un miedo que nos ata, que no nos deja ver aunque se deslice la miel… muy cerquita de la cara.

El príncipe insistía e insistía y la princesa… la princesa se dejaba ¿Un cine? ¿Un vermut? ¿Una sonrisilla con tapa? Rato a rato el mismo aliño, azúcar para dos, a compartir una de magia. Si por algo destacan las certezas es porque nadie las para: El paraíso lo eres tú, no lo es Madrid, nunca lo fue Guadalajara… contigo no lo digo por decir, contigo no sé qué me pasa. Y poco a poco ganando terreno, rebajando las distancias, sin quemar, a fuego lento… me gusta tanto cuando duermes porque luego puedo verte despertar.

No sé si eres tú o si soy yo, que cuanto más lejos me voy es cuando más te echo de menos, es aterrizar y es encontrar el cielo… de repente ya no tengo miedo, será porque estás ahí. Y no parar de reír y de brillar con la mirada, ¿Qué hay un precipicio? Salto si tú saltas… Que no hay pasta para un castillo pero sí la hay para una buhardilla estrellada… la Tierra puede seguir dando sus giros que aquí… no va a pasarnos nada. Y así perdiendo el yo y el tú, ganando en el nosotros… uno más uno no son dos ¡¡uno más uno es uno solo!! Cosidos al corazón, recíprocamente devotos. El principito hinchado de valor, rodilla en tierra y alma en vuelo, le tendió su anillo a la princesa… y a ella derretida y tierna, se le cayó un “Sí, quiero”.

Y es aquí donde acaba la historia porque hoy… hoy empieza el cuento. Y ese os toca escribirlo a vosotros, en el bis a bis de irse haciendo viejo. La canción de seguiros conociendo, de rebelaros a la apatía, de llegar mucho más lejos… un cuento que nunca se acaba, que vive de coleccionar momentos. Mirándoos a los ojos, de igual a igual, el uno para el otro. Saber que hay mucho más… pero que sólo sois vosotros: Dos cositas dándole sentido a este mundo de locos.