sábado, 12 de diciembre de 2009

Pies de Foto: ROMA

Roma sabe a resaca, a ciudad cementerio. Sus calles, sus avenidas, sus balcones y sus plazas son tanto de antes como de ahora, integradas en el espacio-tiémpo a un equilibrado cincuenta por ciento. Cosidas, sin choques ni odios, sin segregarse jamás la una de la otra: Roma es pretérito y presente como una misma forma de ver la historia. Y no se queda en lo colosal, en sus mediáticas joyas, aquí cada minúscula piedra es tratada con mimo: todas pudieron ser testigos de algo... ergo todas cobran su pizzo. Se recomienda, por tanto, que se limite a dar sentido a sus piernas: ande y haga camino. Disfrute, fotografíe, olvide el reloj, fume tranquilo. Mire de donde venimos, busque a donde queremos ir. Vea el conjunto pero quédese con el mensaje: esos capiteles en ruinas un día representaron la mayor gloria del mundo.


Hay países que viven hacia adentro y otros que lo hacen hacia afuera, abandonando lo meramente propio para apegarnos a lo común, a lo que es de todos. Cuestiones de carácter y cultura, marcados por nuestra devoción al sol, por la necesidad de cerveza y buena compañía. Unos la encuentran y otros no, porque sin ambos polos nunca habría comparativa: somos una especie que vive en la dialécticas de sus contrarios. Algunos, en cambio, ni la buscan ni la quieren, seguramente bajo el convencimiento de que el ser humano es sinónimo de miseria. La conclusión duele e inhalar sus argumentos un periplo de difícil vuelta, por la arena en los zapatos y por esa bendita objeción en la conciencia. Quizá por ello toman el luto, quizá por eso se emboscan y nos niegan los ojos. Para vestirse de sombra, para ir tirando; si sólo somos uno... hay legítimo derecho al descanso. Lo hacen por vocación y por necesidad, porque somos contradicción y miedo. Porque aunque el negro no posea ni prensa, ni fama, ni color... al toque con la luz es lo más parecido al fuego.


Esto es lo que queda del Coliseo, sus huesos y sus huellas. Padre arquitectónico de los recintos deportivos fue en su origen creado para retransmitir la muerte, en aras del espectáculo y ocio de los más ricos. Un apunte: no se dejen engañar por el aspecto, su modernidad atemoriza. Los Romanos, sin llegar a concebir el concepto de televisión, inventaron uno de sus formatos más célebres: el reality show. Y como el género, fueron moviédose de lo simple a lo complejo, de la cámara fija a los guiones que pasan por varias manos. Sus anfiteatros vieron desde duelos a vida o muerte a complejas recreaciones bélicas, algunas incluso desarrolladas en embarcaciones sobre agua. Todas interpretadas con fiereza, llevadas por sus actores hasta el final: En el Imperio no importaban los medios y sí las consecuencias. Hoy, las cosas han cambiado y en este tipo de recintos las batallas suelen ser simbólicas, aunque siempre haya alguno empeñado en lo contrario. Como la excepción cristiana, ellos aún van cogidos al mito. Pasaron de morir en sus arenas a hacer lo propio con los pobres toros, una especie que estaba en el momento y lugar equivocados. Ya saben: Un trauma mal puesto es simiente de todo tipo de perversiones.


Algunos pobres tienen la desgracia de convivir con los ricos, de tener que ver sus caras todos los días. Ellos vagan y nosotros arrasamos: con nuestras imponentes cámaras, con nuestras sonrisas, con esa extraña sensación de estar viviendo un descanso. Tienen una categoría de mundo bajo sus pies y otra muy distinta en su bolsillo, por lo que son más pobres aún que los que no tienen nada, en la tortura del agravio comparativo. Y no sólo tienen que verlo, están condenados a vivir de ello; del cáracter de sus majestades: de su limosna, clemencia o desprecio. No suelen ofrecer mucho, porque tampoco pueden invertir muy arriba: unas gafas epilépticas, un trípode, una rosa, un mechero, un cd, un gorro a lo Sabina... Este hombre optó por los contenedores de burbujas, porque no hay cliente más piadoso que los niños: Ellos no entienden de calidades, sólo de personas y caprichos. O tal vez vende pompas como metáfora de sus sueños: frágiles, huidizos, condenados a desaparecer.


Esta foto se encuentra ubicada en el Vaticano, que por estadística debería ser el lugar más cercano a Dios en la tierra. Esta es su casa que, en contradicción con la Biblia, no es la de todos. No es bien recibido aquel que muestre su piel al sol, que cometa la obscenidad de rozarla con el aire. La mayoría de la gente piensa que es una medida de contención y buenas formas, por esos complejos sexuales tan apegados al pecado. Yo sospecho que es por ego: demasiadas religiones paganas se pasaron la vida adorando esa estrella, lo que propicia un lógico resquemor competitivo. Más inquietante es lo de los cojos, al fin y al cabo ellos no tienen tanto que agradecer. Supongo que por muy Dios que se sea también se tienen sus manías. Más raro resulta el ambiente, totalmente ajeno a lo predicado, a la austeridad. Se respira gusto por el oro y la grandilocuencia, por las dádivas majestuosas, por la pomposidad palaciega. Así lo reflejan sus precios: mucho más cerca de las nubes que del suelo. Y sus tesoros: posee todo el temario escultórico de Cultura clásica bajo su museo, de un valor económico simplemente incalculable. ¿Y la ética? No se metan en eso, son cosas complicadas, seguramente llevadas por razones de empresa. Por muy místico que seas, todos vivimos exclavizados a los números, a su tentadora hiel, a sus complicados recovecos: balances, ingresos, inversiones, préstamos bancarios, beneficios potenciales. Para sobrevir tantos años, hay que saber optimizar las cuentas.

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