lunes, 30 de agosto de 2010

La rutina

- “Llegó en una hora, cariño… Nada, lo de siempre, se ha retrasado el cierre…Que va, que va, una tontería… Moratinos que se ha caído de la escalerilla del avión en Cuba… y Arévalo este, que se cree que está en Antena 3, se ha empeñao en darle dos columnas…”

Javier silenció su móvil y abandonó la doble fila. Como cada martes giró a izquierdas en lugar de a derechas, provocando la doble turbación en el microcosmos de su Audi A-8: los alaridos de error en el GPS, la extraña sensación de ahogo que produce el roce del pene con el pantalón vaquero. Javier, como cada martes desde hacía más de diez años, no puso remedio ni a la una, ni a la otra: le gustaba que hubiera una voz censora que a cada instante le recordaba que debía dar la vuelta, y le gustaba sufrir un poco por no hacerlo. Ya saben las del morbo son aguas caprichosas, complementarias a la calma moral.

Como siempre, Javier aparcó en el vado del taller colindante al número siete de la calle Chinchilla. Tras apagar el motor llevó su mano hacia el doble fondo del techo del coche, extrayendo un pequeño juego de llaves, como prefacio a la entrada en la finca. Llegó al quinto piso jadeando, con el estómago volátil y el corazón en llamas; y es que hay cosas que nunca cambian por mucho que te enfrentes a ellas una y otra vez.

Cerró la puerta tras de sí y cogió aire. Por alguna razón, el dióxido de carbono de aquel apartado lugar de 50 metros cuadrados era el único que no se le enquistaba al pecho, que fluía por su cuerpo como una madre lo hace por su casa. Cruzó el escueto pasillo y allí estaba ella, de espaldas, sentada sobre la cama, observando tranquila un mundo que no les pertenecía.

No hubo palabras, entre otras cosas porque nunca las había habido. Javier se sentó junto a ella y comenzó a besarla suavemente sobre el cuello: primero despacito, sin llegar a tocar, rozando; luego en sostenido, absorbiendo, marcando los labios; finalmente liberando saliva y lengua al paso de la boca por el lóbulo derecho. Ella resistía digna los primeros envites: así había sido siempre y así debía ser; y siguiendo el melódico paso del canon establecido, su mano izquierda fue desertando de la conciencia colectiva, llamando a revolución a órganos, músculos y sentidos, liberando a Javier del dolor, de la cárcel de vivir en un pantalón vaquero.

Tras el rescate, comenzó el masaje; la recompensa. Primero ondulante, al tacto de la palma de la mano, con la mirada esquiva en la ventana, al paisaje del más allá. Como cada martes, el encendido de las farolas marcó el final del prólogo, y su cabeza dejó por fin las ataduras del exterior para concentrarse en Javier, en sus bajos fondos. Matando cerebro y excusas, soplando vida a las perversiones: Ya estaba allí la noche con su velo santo de lícita locura.

En ese punto Javier cerraba los ojos y gemía al cielo, alargando su tronco en una autopista de de músculos y huesos; ella, cauta, recorría la senda meticulosamente, con sus debidas paradas y respetos: al ombligo, al pezón, al Everest del cuello. Y para celebrar la barbilla un mordisco: el primer encuentro, el cara a cara de comerse sin perder la noción de los tiempos. Partiendo del roce, del suave matiz de empezar a ser uno. De acomodarse los cuerpos: de tocar, sentir y compartir al milímetro. Calentándose, aumentando el ritmo, eliminando lastre, lanzando con violencia sus cuerpos sobre la cama. Como parte final del rito se miraban un instante, en silencio, con las pulsaciones en ataque de histeria y el corazón medio temblando. No se mediaba palabra porque no hacía falta: hay infinitas formas de decir te quiero.

Y por fin la anarquía, el animal que late dentro. La ansiedad por partir, él eterno deslizar de las bragas. El fulgor del arranque, el chasquido de la primera penetración. El ardor de seguirnos viviendo, de tocar las teclas adecuadas, de hacer del punto débil una compensación. De cagar el reloj y tirarlo en una esquina. De no parar, de innovar, de ser la resaca del mar, la más puta de cada esquina. De soñar en vuelo acrobático sin motor, en perfecta sincronía, tan alto y sucio que si existiera un dios… caería cegado de rodillas. Luego, esclavos de vivir en tiempo, la eclosión, el final, el toque maestro. El orgasmo de ahogarse en un mundo negro y creerlo todo blanco: si sientes sin pensar, es que estás amando.

Y de repente… ¡¡Zas!! La puta realidad. Ostia y vuelta a la rutina, al hacer de siempre, de todos los días. Javier se dejaba caer y se tumbaba absorto boca arriba, sobre el lado derecho de la cama. Ahora el cielo se revelaba desgastado, con una quemazón inquietante junto a la bombilla. Vuelta a los cálculos, a los movimientos. Javier alargaría su mano y extraería de la mesilla un cenicero con un mechero y paquete de mini-puritos en su interior. Se fumaría uno tranquilo, pues cuando lo acabase y tornara su cuerpo, ella ya no estaría ahí.

Pero el azar cuenta y a veces hay un detalle que desvela, que cambia la rutina. Antes de atravesar la puerta, ella se tornó y buscó voz, la encontró a medias:

-Javi… hay que ingresar mañana el dinero para la operación de mamá… al final son tres mil por cabeza y no dos mil…

Javier asintió sin mirar, prendiéndose el puro.

-A primera hora lo tienes… Ojalá el dinero fuera el único problema…

Y es que para colmo, a Moratinos, le pillaron esa noche de travestismo y magna borrachera por la feria de su pueblo.

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