lunes, 19 de enero de 2009

Las desventuras de Paquito España (Vol. III)

La escena confluye entre un gris y un negro: en la ceniza viva de un cigarro que se consume apoyado y la mortuoria de otro que fue cesado con violencia. Si vemos un poco más valoraremos lo bien logradas que están algunas copias: la mesa decimonónica no es más que símil brillante cortesía de Orfebrerías Urbano. Veremos también lo fácil que resulta viajar en el tiempo: a la izquierda, siempre sólo y atormentado, un hombre que si no es Baudelaire es su viva imagen tras el paso de los años, rellena a diario libretas de poesía compulsivamente. Dice que buscando algo. El resto no le desmerece: ojos cansados de relatar guerras, pintores de realidades inconexas, pensadores demasiado abatidos como para discernir ninguna teoría… Eso sí: todo con un olor a cambio, a ideas, a la deformación de lo existente para remoldarlo en matices y escorzos incómodos, en caras menos amables de la verdad. Y no, como usted inteligente lector puede adivinar, aquello no era un soñador París de entre revoluciones. Era una Malasaña decadente y conformista, esclava de su siglo XXI. Huraña sí, pero todavía lo suficientemente despierta como para lanzar alguna que otra daga interesante:

-¿Usted a quién vota?

Paquito España, que hacía tiempo que ya no votaba, sabía a la perfección que partido elegiría en el hipotético caso de que decidiera entrar en lo que él llamaba “la demagogia representativa y su pseudo sufragio universal”. Entusiasta de las discusiones políticas encendidas, conocía bien su postura y como defenderla. Aún así, se le escapó una sonrisa de renuncio, como si no supiera que responder. Y es que se le pasó por la cabeza a Paquito España confesar a sus interlocutores todo el abanico ideológico que recorrió hasta consensuar su postura actual: todo un prisma de devaneos varios y algún que otro borrón para su íntegra pose de tertuliano de café, pacharán y puro, de libérrimo orador sin responsabilidad alguna.

A la tierna edad de ocho años tuvo sus dos primeras revelaciones vitales. La primera y más importante, permanecería intacta y asida a él para el resto de su existencia: Era del Atleti. Esto, que puede parecer circunstancial, te otorga una tendencia natural más cercana al sufrimiento, al peregrinaje, a estar punto de tocar el cielo para resbalar sobre un esputo de sangre que parece estar repartido por todo el haz de la tierra. Aún así, el siempre controvertido equipo madrileño era uno de sus mayores orgullos y lo defendía con vehemencia, aunque carecía de cualquier conocimiento acerca del fútbol: fetichismos absurdos de la clase bohemia aspiracional. La otra revelación, menos prosaica, sí que la mantenía Paquito España en el mayor ostracismo de su conciencia. Por aquella época, Paquito mantenía un constante conflicto con el espacio-tiempo que le había tocado vivir: mientras la realidad se empeñaba en enseñarle a dividir sin decimales, él se refugiaba en mundos de castillos, dragones y princesas. Y de reyes, unas figuras mágicas (por algo descendían de un linaje de dioses a través de los siglos) que le fascinaban y a las que confería un extraño poder celestial. Habían guiado a su pueblo a través de todas las encrucijadas que le iba tendiendo la historia, habían mantenido unida la nación, la habían hecho grande en unos territorios donde nunca se ponía el sol. Sí, señoras y señores, Paquito España era un niño señor monárquico y respetuoso de la tradición oral y escrita, confesor de una ley natural inmutable para todos emanada del altísimo señor de los hombres, dictadora de unas normas y destinos escritos, de la libertad producto del amor verdadero. Siempre le habían enseñado que el mundo se regía por la dualidad del bien y el mal y, aunque ya empezaba a sospechar que la vida y Hollywood no tenían carreras paralelas, estaba claro con quien debía alinearse: si la tradición había permanecido inmutable al paso de los años por algo sería. Eso rezaba la teoría, la práctica revelaba motivaciones mucho más triviales: Paquito había recibido unos meses atrás el sacrosanto sacramento de la comunión, que le reportó una flamante Nes pirata con más de 100 juegos, la mayoría repetidos, pero que supuso su primer contacto con el siempre complejo mundo de la felicidad. Amén de obtener una fe renovada. Y si no me creen pregunten a su padre: les dirá que el bueno de Paquito se cuadraba enfrente del televisor cuando, camino de la Eurocopa, sonaba el himno de su entonces queridísima España.

Siguió creciendo y siguió la constante: sus primeras pajas las sintió con un profundo orgullo patrio. Además, el aula se iba convirtiendo sucesivamente en jungla y las bestias obligaban a elegir bando, por lo que no valían las medias tintas. Sí, a la edad de doce años, Paquito España se declaró oficialmente fascista, por lo que poseía plenos derechos para poder odiar a todo, incluso a sus semejantes. Daba igual su total desconocimiento sobre aquella palabra y su atroz paso por la historia: a él le parecía lo máximo. Por aquel entonces Paquito echaba las tardes por las calles de su Vallekas natal junto con sus compañeros de colegio, una prole de cabezas semi rapadas y ceniceros que, a ritmo de música electrónica, se dedicaban a increpar y amenazar a todo a aquel que osara, a su juicio, mirarles mal. Los más fornidos y temerarios, los entonces héroes del barrio, incluso se atrevían con el insulto físico, con la cobarde agresión del que se siente rodeado por un ejército de perros rabiosos que llevaban muy mal eso de sólo comer cuando se sale de casa. Paquito España disfrutaba con aquellas exhibiciones de poder y superioridad. Y disfrutaba sobre todo con ser parte activa de algo, aunque con ello dejara de lado y despreciara otras muchas cosas. Se sentía cómodo bajo concepciones políticas que exaltaran la seguridad porque como tantos otros sólo tenía miedo: pánico a lo ajeno, a lo desconocido, a lo que llovía sin provisión. Al fin y al cabo, siempre le habían dicho que de la familia nunca podría salir nada malo. Y aquello era una verdadera familia, un círculo abrigo y cerrado, un hogar itinerante donde nunca te podía pasar nada. Y el enemigo era claro y nítido: extranjeros que venían a robarnos el trabajo, rojos conspiradores (y normalmente muy vagos) que sólo querían socavar la esencia de la patria, parias que preferían quejarse de las injusticias a trabajar… todo un universo de maquiavélicos tarados que intentaba pegarse a ti para contaminarte un poco con sus filigranas de escoria. Con su debilidad. Todo seguía la senda del bien y el mal, sólo que ahora Paquito formaba parte del paramilitar brazo ejecutor: siempre preparado, siempre alerta, sin vacilaciones. Algunos de esos niños, años después, hicieron de su profesión y tumba el miedo.

Más tarde, a los catorce años y tras un verano de silencio, Paquito España decidió convertirse al Comunismo, o al marxismo-leninismo, como el prefería decir él. En tan radical cambio, que ni si quiera se sirvió de un té al pasar por el centro, pudieron influir varios factores: Un suspenso en filosofía que le enseñó a preguntarse por las cosas, unos vecinos senegaleses sobre los que sentía una irrebatable atracción paternal, el cambio de instituto y ambiente, una niña de ojos océano profundo que le llevo de la mano a las kalimotxeras cuevas del rock nacional. Coincidió también con la época en que Paquito España accedía a los libros, siguiendo una biografía de Lenin de novecientas páginas a su anterior lectura, un libro de Los cinco del cual no recordaba ni el nombre. Cuando acabó de leerlo su habitación ya parecía la sala mayor del Kremlin: una bandera de la antigua URSS cubría todo el techo, por lo primero que veía el bueno de Paquito España en cada nuevo día, era esa vieja colección de hoces y martillos. El Ché, Vietnam, la Guerra Civil… Paquito pronto comprendió que se había alineado con el bando perdedor, pero no perdió la constancia. Algunas fluctuaciones económicas y varios intentos de reforma educativa en el país hicieron el resto: había entrado en el siempre excitante mundo de las manifestaciones. En aquellas carreras entre Sevilla y la Puerta del Sol, con pelotas de goma y litronas de Mahou volando en todas direcciones, empezó a entablar conversación con algunos miembros de las Juventudes Comunistas Madrileñas. Tras un par de visitas en su sede de la calle Lavapiés y una excursión de convivencias a Cotos, se convirtió del todo: ya era usuario de carné. Un carné que significó muchas cosas cuando llegó a las manos de Paquito España: significaba estar, con toda clarividencia y objetividad, en el lado de los buenos (ahora de verdad): los que luchaban por el pensamiento, por los sueños, por que todos fuéramos más iguales y más libres, más personas y menos rivales, más poetas y menos guerreros; estaba, ni mas ni menos, dentro del corazón que cambiaba las cosas. Por que había una frase que había hollado en fe para Paquito España: exigir a cada uno según su capacidad, dar según su necesidad. El discurso es largo y suele quedarse a medio camino, pero él sólo tenía ojos para esa grandilocuente frase final. Y esa frase volvió a llenarlo todo: a reemplazar su vieja fe religiosa. La que había perdido de súbito, algo antes, en un despertar cualquiera: posiblemente de domingo. Y, como todas las cosas certeras, fue un proceso indoloro y sencillo, sin arrebatos ni profundas reflexiones. Simplemente Paquito España se levantó un día y se dijo: “No me lo creo”.

Su relación con el PCE siguió los cánones del amor: deslumbramiento, apatía, decepción. Implicado como estaba con la causa, pronto fue nombrado como coordinador de las actividades culturales en el sur de la capital, destacando por la realización de unos talleres de teatro donde versionaban obras en la línea del partido, de autores como Beltor Brecht o Fernando Fernán Gómez. Los talleres, celebrados en un pequeño local del partido en Carabanchel, tuvieron bastante éxito por lo que Paquito España pronto se ganó una buena fama como camarada revolucionario. Fama que se quebró cuando Paquito se empecinó en llevar a cabo un nuevo proyecto: La columna de fuego, firmada por Alberto Ghiraldo a principios de siglo y que sentaba las bases de toda la posterior dramaturgia anarquista. Dicha obra fue censurada por el Comité del Partido y Paquito España, que consideraba que dicha obra contenía un fondo moral de obligada difusión, se enfrentó a sus camaradas de mayor rango, ganando un expediente disciplinario y el cierre temporal del taller. Ante sus quejas, sólo recibía una fría respuesta: “Esta es una organización cerrada que tiene sus normas, recogidas en los estatutos, votadas por todos”. Paquito descubrió entonces una de sus nuevas fobias: las normas, que siempre emanaban del poder. Un poder que siempre se comportaba de una manera censora y arbitraria, daba igual cual fuera su ámbito de comportamiento: el Estado, una empresa, tu partido. Comprendió que las normas siempre tendían hacia el statuo quo, nunca hacia el cambio. Las variaciones sólo conllevaban tras de sí un permutación en quién poseía la vara de poder, que volvía a su engranaje anterior tras una breve etapa de algazara y vuelo. Ahora comprendía por qué todas las excursiones se quedaban a medio camino, en la parte del sueño donde todo es una pesadilla. Una alucinación como la vida misma que se repite una y otra vez: opresiones, asesinatos, calumnias, mentiras: al fin y al cabo nadie quiere compartir un dulce cuando ya ha cruzado el umbral de la boca.

Con el carné roto y casi sin saberlo, Paquito España se había vuelo anarquista, previo peaje a algunas tendencias hacia el suicidio existencial. Paquito había dejado de creer en las formaciones políticas, en el diálogo institucional, en la santa y pura democracia. Por suerte no había pecado: aún le faltaban un par de meses para poder votar. No creía en nada ni en nadie, sólo en un par de conceptos: libertad y solidaridad. En el cambio a través de uno mismo, de sus acciones y pensamientos, de su mente aireada y libre al cielo, de un alma lo suficientemente alejada del desconsuelo como para poder pensar con clarividencia. No creía en los poderes porque ningún poder hacía nada por las personas, no creía en la sociedad porque la veía demasiado viciada como para poder tener algún arrebato de autocrítica. Y sobre todo, no creía y odiaba con una fuerza extraterrena todo aquello relacionado con la Banca internacional y el Mercado de valores: nacemos esclavizados bajo su tela de araña. Sólo creía en las personas, y sólo en un pequeño grupo de ellas, el resto estaban demasiado alienadas (inconscientemente seguía utilizando términos de su época comunista), demasiado cegadas por una cultura de ocio y fin de semana como para poder mirar más allá de la superficie de oro blanco, de las comodidades, de los trajes de corbata y los anillos en la mano: de llorar treinta y un días al mes, de cobrar catorce diezmos al año. Y así, odiando con la misma intensidad que odiaba en su época de púber fascista, abandonó su familiar hogar de sesenta metros cuadrados en Villa de Vallekas para trasladarse a una conocida casa okupa en el también proletario barrio de Embajadores. Al menos, allí le costaba menos conciliar el sueño.

Estuvo allí más de cinco años, aunque los cuatro últimos los hizo por inercia. No es que se esperara otra cosa, es que había perdido su licencia para soñar y ya sólo se dejaba arrastrar por el oleaje, esperando que el universo se le presentara con algo mejor. La casa, autogestionada por los habitantes, era más un templo epicúreo que una sala de pensamiento: sí, había talleres culturales, exposiciones de todo aquello que fuera raro y se pudiera colgar en algún sitio, conciertos, unas infumables asambleas donde se votaban muchas cosas pero nunca se decidía nada. Quitando estas menudencias, la situación allí le recordaba a la de un campamento de refugiados. Marihuana, Ketamina, Crack, MDMA… todo corría con una insultante facilidad tiñendo la realidad de un haz onírico y decadente: la forma de escape más coherente a sus sentimientos. Paquito, que ya había flirteado con las drogas anteriormente, fue perdiéndose poco a poco. Al llegar, dedicaba la mayor parte del día a leer y escribir profundos pensamientos en una libreta con la cara de Alex Crivillé que le había robado a su madre. Era un gran orador, por lo que pronto se hizo muy popular entre los fijos de la casa. Y rápidamente invirtió su tiempo: la prosa fue cediendo al humo de las pipas, que fueron envolviendo cada letra hasta sellarlas de vuelta al cerebro, hasta noquear a Paquito España en un pliegue de sí mismo y hacer de la evasión su voluntad. Aún borrosos, recuerda estos años como una de sus mejores épocas: aquel edificio toleraba la contracorriente, la hacía real. Y era un río hermoso, artificial y vaporoso sí, pero muy bello… Tan cristalino y puro que algunos quisieron llegar hasta su fondo y se ahogaron en él, con sobredosis de vida. Paquito anduvo cerca, vio los secretos del torno, le cogió del brazo una niña…

-¡¡Coño, Paco, dale!! ¿A quien votarías en las próximas elecciones? Que la pregunta no es tan difícil…

La voz profunda y sonriente que devolvió a Paquito España al mundo pertenecía a Venancio Urrutia, un desconocido actor de teatro con el que Paquito compartió andanzas en Embajadores. El chaval, y detonante de la balsámica reminiscencia, era sobrino de Venancio y estudiaba segundo de políticas en la Universidad Complutense de Madrid.

-Si sabes que yo no voto…
-Joder, ni yo… en el hipotético caso que lo hicieses… qué es para un trabajo de clase, coño…
-No sé, viviendo aquí… supongo que a Izquierda Unida.
-¿Por qué?

Carlos, que así se llamaba el Chaval, le estaba haciendo un cuestionario para un estudio práctico de “Estadística aplicada al animal socio-político-cultural I”, una asignatura de enígmatico nombre que hacía temblar al estudiante con sólo nombrarla.

-No sé… supongo que de lo que hay es lo que más se aproxima…
- Y entonces ¿Por qué no lo hace? Votar es un derecho y una obligación para los…

A Paquito se le sulfuró la mirada y se le escapó una tos seca.

-Mira chaval… no los voto por… Uno… de hacerlo sería inútil… con la Ley de Ont no les da ni para echarse un mus en el parlamento… y dos… porque no me…
-¡Paco!

Si hay algo que Paquito España odiaba eran los discursos académicos en los labios incorrectos, le enervaban de sobremanera, sacando lo peor de sí mismo. Había perdido la medida con el paso de los años pero, por suerte, el bueno de Venancio sabía contener sus arrebatos intelectuales.

-Que es mi sobrino…
-Sí, claro… Perdona, chaval…
-Ná, tranqui… yo estudio en la universidad, que es la cuna del conocimiento, a mi todas las opiniones me valen –Carlos acompañó su declamación con una amable sonrisa y un gesto ascendente del brazo izquierdo.
-Eso te hace inteligente.
-Y curioso. ¿Según usted como deberían ser las cosas?

A paquito España le sorprendió la osadía del chaval, que logró por un instante frenar la seguridad en sí mismo. Y le llevó a comenzar la diatriba enrocado, a la defensiva.

-Mira vivimos en un mundo absolutamente mediatizado, controlado por unas instituciones políticas y, sobre todo, económicas que nos dicen como debemos vestir, a quien debemos escuchar, como debemos pensar, con que tipo de mujer debemos acostarnos… nos dicen todo… y nos dicen todo porque ellos lo tienen todo… y todo está demasiado bien atado como para poder pensar en que es posible cambiar algo.
-¿Entonces?
-Entonces… nada. Las revoluciones, los sueños, los cambios… son cosas del siglo pasado. Occidente está demasiado engranado como para poder cambiar algo… Mira, ahora mismo el poder real nos queda muy lejos… Hoy en día tu vida está más controlada desde Bruselas que desde la carrera de San Jerónimo… ¿Y que puedes hacer tú desde aquí? Nada. Puedes quejarte, llorar, patalear, escribir alguna carta furibunda algún periódico, si tienes razón hasta juntarás unos cuantos para ir a quejarte al Ministerio… ¿Pero en la práctica? Nada. Puedes cambiar algunas migajas, las cosas de casa… ¿Pero de las cosas verdaderamente importantes? Nada. Pegarte contra Bruselas es como pegarte contra Dios… por mucho que grites nadie va a escucharte… Y si pueden escucharte es que ya eres parte de ellos, por lo que no tendrás ningún interés en cambiar nada. La vida es así: un camino de frustraciones.
-Entonces nos cruzamos de brazos…
-Mira –Paquito esbozó una complaciente sonrisa-. Yo también he sido joven y he querido cambiar el mundo… quién no haya sido comunista, troskista, anarquista, lo que sea… Quien haya sido joven y no haya querido cambiar el mundo… simplemente no tiene alma. Es una piedra… ¿vale? Una puta roca. Lo que pasa es que la realidad al paso de los años termina por darte una colleja y tiendes a relativizar las posibilidades de las cosas. Y ya depende de ti… Puedes elegir el camino de la felicidad, que es vivir tu vida y pasar de todo, o puedes preguntarte por las cosas… pero eso sólo te va a traer frustración y sufrimiento. Así que ahórrate las penurias y sé feliz.
- (Reflexivo) No sé, yo creo que el problema son el tamaño de las sociedades actuales… si consiguiéramos ir hacia pequeñas Comunidades, donde la participación de la gente fuera más directa…
-Claro… si eso está muy bien pero… ¿Tú te crees que es posible volver para atrás… ir hacia sociedades más pequeñas? ¿En amor y solidaridad? Lo siento, pero el ser humano ya se perdió mucho antes de que tú y yo naciéramos.
-Pues yo creo que dándose por vencido no ganamos nada…
-Venga Paco, háblale de la teoría del reseteo a mi sobrino….

Uno de los mayores hobbies de Venancio Urrutia era ver a Paquito España calentarse en algún tipo de discusión, ya fuera elevada o absurda. La cosa tomaba tintes orgásmicos cuando la Teoría del reseteo estaba de por medio.

-No, que luego me dices que fomento el terrorismo internacional…
-Si lo estás deseando…
-Bueno… a ver… como empiezo… partimos de la base de que el mundo no tiene visos de tener solución… todo está demasiado controlado y medido para que los ricos sigan amasando y los pobres pagando las consecuencias…¿no? Pues bien, como el horizonte no da posibilidades de cambio, sólo cabría una ruptura radical.
-Un golpe de Estado…
-No a ver… no me entiendes. Un golpe de Estado no es una ruptura radical, es quitar a unos para poner a otros, que tarde o temprano van a terminar comportándose como los primeros. Yo te hablo de un cambio más profundo, de derribar todo a nivel global… De empezar de nuevo e intentar hacerlo mejor…
-Pero dar un golpe a nivel mundial sí que es imposible…
-Olvídate de los golpes. Te hablo de la destrucción de la humanidad tal y como la conoces, de reiniciar la tierra y empezar de nuevo…
-¿Cómo?
-Bombas atómicas. Una gran explosión, un Big-Bang a nuestra medida. Algo que asole la tierra y a lo que sólo puedan sobrevivir unos pocos… ¿Te suena lo del botoncito en la Casa Blanca? Pues por ahí van lo tiros. Todo a tomar por culo y esperar que los que queden tomen el camino correcto…
-Eso es una jodida locura… Y la radiación… ¡si sería imposible vivir en la superficie del planeta!
-Es que te hablo de eso, de volver al inicio, a las cavernas. A un estado primitivo inicial lleno de posibilidades. Y eso sólo puede nacer del caos más absoluto porque para ello nada de lo que hayamos construido y aprendido debe servir. Lo importante ya no será competir, sino sobrevivir. Y hacerlo juntos, de igual a igual. No harán faltas los coches porque nadie tendrá que transportarse a ningún sitio. Ya no será importante el dinero porque no habrá nada que comprar, nadie querrá joyas porque no habrá ninguna fiesta donde exhibirlas… sólo tendremos la oscuridad de las cuevas y un futuro entero por delante…
-¿Y el arte, la cultura… y las buenas personas…?
-Yo me considero una buena persona y estoy dispuesto a sacrificarme por la causa.
-¿Y si no sobrevive nadie?
-Entonces es que no merecemos una segunda oportunidad.

La conversación continuó algunas horas más pero Paquito España no llegó a convencer al aprendiz de político, que se reveló como un conversador de muy alto nivel. Realmente nunca había conseguido convencer a nadie por lo que ya casi nunca exhibía su Teoría del reseteo en público. Nadie le tomaba del todo en serio: ni los que le conocían, ni los que le escuchaban por primera vez. Los primeros pensaban que aquello sólo era producto de una excitación temporal en el noble corazón de Paquito; los segundos que se trataba de un simpático tarado con tendencias al suicidio masivo. Pero sí, Paquito España veía aquello como la única solución posible de cambio. Lo había meditado mucho, hasta se había horrorizado por pensarlo. Al final se había rendido: el mundo era un desequilibrio tan absurdo y manco… que sólo merecía su propia destrucción. Al fin y al cabo, el mundo sólo le pertenecía a unos pocos, al resto sólo nos dejaban pastar por sus valles. Y no iba a mejorar nunca por una sencilla razón: se perdería mucho dinero arreglándolo. Paquito era afortunado: había nacido en los verdes valles y allí, te permiten desde el sueño al recreo, siempre que lo hagas de una manera comedida. Y aún así se sentía como un juguete roto, cansado, sin vocación para enredarse en las ilusiones del juego. Sentía que había intentado cambiar las cosas y sólo había conseguido cambiarse a sí mismo. Hasta convertirse en un sujeto desenfocado y quieto, además fanático del Apocalipsis y nostálgico de la Guerra fría. Porque en su cobarde corazón sólo anhelaba que otros hicieran lo que él tantas veces había pensado y nunca se había atrevido a hacer. Pulsar el maldito botón y mandarlo todo a la mierda.

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